Sábado 17.04.2021 - 00:46

Avatar del Guillermo Hurtado

Guillermo Hurtado

México-Roma-Tenochtitlan

TEATRO DE SOMBRAS

Guillermo Hurtado
Guillermo Hurtado
Por:
  • Guillermo Hurtado

Cuando se estrenó la película Roma de Alfonso Cuarón, el título de la obra provocó algunos equívocos. Hubo quienes pensaron que el film trataba sobre Roma, capital de Italia o incluso sobre la antigua Roma, capital del imperio. Como sabemos, la película lleva ese nombre por una colonia chilanga. Sin embargo, el vínculo simbólico entre Ciudad de México y la Roma de Italia es mucho más antiguo y más profundo que el que se gestó por la genial película de Cuarón.

Algunos dicen que Buenos Aires es el París de América Latina. Puede ser. Si uno continuara con las comparaciones, sin duda que Ciudad de México calificaría como la Roma del continente. México fue capital imperial, sitio simbólico del poder, centro del mundo que la rodeaba. La analogía entre México y Roma es antigua. Francisco Xavier Clavijero la trazaba en su Historia antigua de México de 1781, pero, en realidad, la idea está presente, de una manera o de otra, desde la conquista. Clavijero escribió una historia del México precortesiano en la que los aztecas cumplen el mismo papel que los romanos en la historia de Europa. Ya desde un siglo atrás, Carlos de Sigüenza y Góngora había elevado la historia de los antiguos mexicanos como una lección moral y política para los virreyes en su Teatro de virtudes políticas que constituyen a un Príncipe, de 1680. 

Al igual que la Roma contemporánea, el México de hoy preserva con celo las ruinas de sus edificios imperiales. El propósito es que el visitante quede asombrado por la antigüedad y la dignidad de esos vestigios de pasadas glorias.  

Por último, hay que señalar otra coincidencia entre México y Roma: son ciudades santas de acuerdo con la religión católica. México es el sitio del suceso más importante de la historia sagrada de América: la aparición de la Virgen de Guadalupe en 1531. La Basílica del Tepeyac es el equivalente continental de la Basílica de San Pedro. No fue un gesto menor que Juan Pablo II hubiera mandado construir una capilla a la Virgen de Guadalupe en el subsuelo de la basílica romana, a pocos metros de la tumba de San Pedro.  

Todo esto viene a cuento por los irritantes intentos del Gobierno para recuperar el nombre de Tenochtitlan para referirse a la capital del país o, por lo menos, al área que hoy conocemos como Centro Histórico. La palabra “México” tiene un resplandor que ya quisiera cualquier otra ciudad de América. No necesita que se le añada ningún sufijo para que gane antigüedad y nobleza. Me parece que es perder el tiempo estarle “buscando tres pies al gato” y pretender que con la recuperación de la palabra “Tenochtitlan” ganaremos algo perdido. La tarea está por otro lado: trabajar con disciplina y decisión para resolver los graves problemas que aquejan a nuestra magnífica urbe.