Julio Trujillo

El colmillo de Juana Inés

ENTREPARÉNTESIS

*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
Por:
  • Julio Trujillo

No deja de admirarme (los clásicos así son) la sagacidad retórica con que Sor Juana se defendió de la amonestación que le dirigiera el obispo de Puebla, Manuel Fernández de Santa Cruz (travestido como Sor Filotea de la Cruz), por haberse dedicado más a la literatura profana que a la sagrada. Lo que hace la maravillosa monja en su Respuesta a Sor Filotea es decir sin decir, hacerse menos para hacerse más, enmascarar su vastísima cultura con protestas de ignorancia y, en fin, como la fierecilla domada de Shakespeare, domar al domador sin que éste se entere bien a bien de que ha sido vencido por una inteligencia superior.

Para empezar, Sor Juana dice que preferiría dejarlo todo al silencio, pero que es necesario “ponerle algún breve rótulo para que se entienda lo que se pretende que el silencio diga”. Es como hablar callando… Y ese “breve rótulo” es su legendaria respuesta, que más crece en nuestra admiración mientras más se empequeñece su autora. Quien puede ver los arcanos de Dios, nos cuenta Sor Juana, “no dice lo que vio, pero dice que no lo puede decir”, para que se entienda que callar “no es no haber qué decir, sino no caber en las voces lo mucho que hay que decir”. Ese es su recurso: la sustracción que, en realidad, multiplica. Y “lo mucho que hay que decir” es su propia vida, la hermosa defensa de su vocación de estudiosa.

Sor Juana, con todas las fórmulas del respeto y siempre dirigiéndose a la doctísima “Sor Filotea”, dice que no ha escrito casi nada por gusto, sino por obligación, y que su verdadera vocación es la lectura (el alud de citas con que se despacha, casi todas de los Padres de la Iglesia, vuelve irrisoria la acusación de que ignora los textos sacros). “Yo nunca he escrito sino violentada y forzada y sólo por dar gusto a otros; no sólo sin complacencia sino con positiva repugnancia, porque nunca he juzgado de mí que tenga el caudal de letras e ingenio que pide la obligación de quien escribe…”, dice la dueña de un caudal de letras e ingenio pocas veces visto, y de paso confiesa que al escribir por encargo ella también se ha enmascarado, formando parte de un dramatis personae muy del siglo XVII.

La monja (que aprendió a leer a los tres años de edad y a los seis ya estudiaba gramática) jamás adopta el discurso de la víctima, sólo describe las circunstancias en que, contra la corriente, amasó su cultura. Por más que la censuraran, por más que intentaran contenerla, ella estaba siempre estudiando. Por ejemplo, en la cocina, donde un simple huevo frito la lleva a la especulación y al aprendizaje. “¿Qué podemos saber las mujeres sino filosofías de cocina?”, se pregunta, y agrega: “Si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito”. Tremenda.

Incontenible, camaleónica, hiperlúcida, Sor Juana se cubre tras los velos de la modestia, la paradoja, el oxímoron, la negación y una amplia gama de recursos retóricos no para engrandecerse sino para exigir, con suavidad, su derecho al conocimiento. La última de las ironías es que niega ser una escritora con un texto portentoso, el mismo en el que escribe que no escribe. Largo, afiladísimo el colmillo de Juana Inés.