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Leonardo Núñez González

El populista millennial

EL ESPEJO

Leonardo Núñez González
Leonardo Núñez GonzálezLa Razón de México
Por:
  • Leonardo Núñez González

El populismo no es un monopolio de las generaciones más longevas. El discurso populista puede encontrarse y triunfar en todas las latitudes y en la boca de cualquier persona. El mejor ejemplo de ello es Nayib Bukele, el presidente de El Salvador, que, con su discurso populista, combinado con una gran estrategia de comunicación política y acciones de clientelismo electoral, ha logrado hacerse de todo el poder en su país y eliminar cualquier posible oposición a su voluntad.

Para que el populismo florezca, se necesita que haya un grupo importante de personas que sea seducida por un discurso que prometa soluciones sencillas ante las múltiples fallas de un sistema político, económico o social. En el caso de El Salvador, así como en muchos otros países de América Latina, ha existido una decepción con la democracia y su imposibilidad de resolver de manera inmediata muchos de los problemas más agobiantes de una nación. Esto puede verse en que, por ejemplo, en el último levantamiento de Latinobarómetro en El Salvador, 54% de las personas estaba de acuerdo en la siguiente frase: “A la gente como uno, nos da lo mismo un régimen democrático que uno no democrático” (anotemos de paso que en México esa respuesta está respaldada por 45% de la población).

Bukele, con sus 39 años de edad, conquistó la política de El Salvador a través de un nuevo partido político, llamado Nuevas Ideas, que desbancó al histórico Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, el partido en el que Bukele militaba hasta 2017. La imagen del político fundador de esta agrupación política era algo absolutamente disonante con las figuras de la política histórica de El Salvador, pues con su juventud y su agresiva campaña publicitaria, apalancada en su intenso uso de las redes sociales, logró articular un mensaje de efectividad para atender los problemas de violencia, inseguridad y desigualdad que los gobiernos anteriores no habían logrado resolver. El resultado fue una apabullante victoria en 2019, en la que obtuvo el 53% de los votos, superando por 20 puntos al segundo lugar.

La intensa actividad del nuevo presidente rápidamente chocó con los débiles, pero existentes diques institucionales que se habían logrado construir en la joven democracia salvadoreña, por lo que su discurso y acciones se enfocaron en señalar a los opositores que se interponían en su voluntad para actuar. Esta tensión llegó al extremo en que Bukele tomó el edificio del poder legislativo junto con un grupo de militares para obligar a los diputados a que aprobaran un préstamo para el gobierno que supuestamente sería utilizado para financiar un plan de seguridad en contra de las pandillas salvadoreñas. Esta clase de movimientos, junto con intensas campañas para entregar bienes y recursos para crear clientelas electorales, ayudó a crear una imagen de Bukele como un político de acción dispuesto a atropellar a quien se pusiera frente a su voluntad. Los resultados fueron palpables, pues en las elecciones del mes pasado obtuvo el 66% de los votos, con lo que su movimiento ahora tiene todo el poder para reformar y hacer la voluntad presidencial. Con todo el poder, no habrá contrapesos a su voluntad. El populista millennial tiene cancha abierta.