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Pedro Sánchez Rodríguez

Parásitos y calamares

FRENTE AL VÉRTIGO

Pedro Sánchez Rodríguez
Pedro Sánchez Rodríguez 
*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
Por:
  • Pedro Sánchez Rodríguez

En los últimos años, las producciones cinematográficas sudcoreanas han dado de qué hablar. Dos de sus grandes referentes, que han tenido un gran impacto mundial, han sido la ganadora al premio Óscar a la Mejor Película, Parásitos, y la recientemente estrenada serie El juego del calamar. Se trata de producciones centradas en un tema que es universal y que aqueja particularmente a América Latina y a México: la desigualdad.

Corea del Sur, es uno de los cuatro tigres asiáticos y es parte de la OCDE, el llamado club de los países ricos. Es la décima economía más importante del mundo, su esperanza de vida está entre las más altas del globo, y la mitad de su población tiene educación superior. Sin embargo, a pesar de décadas de un crecimiento económico envidiable, actualmente su economía se ha estancado generando efectos adversos en la movilidad social de su población, afectando principalmente a los más jóvenes y sus oportunidades de obtener un buen empleo.

A pesar de ser un caso de éxito económico y de la política neoliberal, Corea del Sur es uno de los países más desiguales de la OCDE, sólo lo superan Chile, México y Estados Unidos. Esto, sumado a una población sobre calificada para los empleos disponibles y la competencia que ello implica se ha reflejado en que la tasa de mortalidad por suicidio por cada 100,000 habitantes se ubique en la cuarta más alta del mundo (28.6).

Otro enorme detalle, es que la península de Corea está dividida en dos: una dictadura totalitaria marxista-leninista que es Corea del Norte y una democracia multipartidista que es Corea del Sur. La narrativa occidental siempre ha puesto los ojos en las violaciones de derechos humanos y la precariedad con la que vive la población en Corea del Norte, pero lo que hacen producciones como Parásitos o El juego del calamar es abonar a un debate universal: el fracaso del sistema capitalista y la democracia occidental para garantizar el bienestar y la dignidad de su población.

Tan sólo en los últimos meses, observamos las imágenes de personas huyendo del talibán en Afganistán cayendo de un avión estadounidense despegando, pero también miles de migrantes centroamericanos se aventuran a cruzar a Estados Unidos sabiendo que en el camino la gran mayoría de las mujeres son abusadas sexualmente en México y que en muchas ocasiones su destino es un campo de exterminio. La gran relevancia de ambas producciones tiene que ver con que plantean situaciones en las cuales personas que viven en regímenes miembros de la ONU y la OCDE, democráticos y capitalistas, se ven obligadas ante la incertidumbre, la falta de oportunidades y el mal pronóstico que ensombrece sus vidas, a tomar decisiones que las sobajan en su calidad de personas y las pone en evidente riesgo de muerte.