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Rafael Rojas

Aquella nación y la nuestra

VIÑETAS LATINOAMERICANAS

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Por:
  • Rafael Rojas

Se cumplen dos siglos de la promulgación del Plan de Iguala, documento fundamental del nacimiento de México como nación moderna. Vale la pena repasar las premisas de aquel pacto entre oficiales realistas e insurgentes, encabezado por Agustín de Iturbide y Vicente Guerrero, para medir con mayor precisión la distancia entre aquella nación y la nuestra.

Las tres garantías que sustentaban el acuerdo y la propuesta de integración de un nuevo ejército eran, en ese orden, la “sagrada religión”, la “independencia del Imperio Mejicano” y la “unión”. Esta última aludía explícitamente al entendimiento entre mexicanos y españoles, aunque excluía, desde luego, a peninsulares opuestos militar y políticamente al nuevo proyecto nacional.

Tan distintiva de la especificidad de la independencia de México, dentro del proceso separatista hispanoamericano, fue aquella ruta transaccional como la forma de gobierno adoptada. Los firmantes de Iguala decían al inicio del documento que la nueva nación se llamaría “Imperio Mejicano”, pero luego hablaban de una “Junta Gubernativa de la América Septentrional”, de un “Reyno” y de un gobierno “monárquico moderado”, cuyo trono sería ofrecido a Fernando VII, rey de España, y en caso de no aceptar, a “otro individuo de la casa Reynante” española.

La “sagrada religión” que adoptaría la nueva nación era la católica, apostólica y romana, “sin tolerancia de otra alguna”. No cualquier religión católica sino la que regía la España absolutista de Fernando VII, que entonces encabezaba el papa Pío VII, quien había coronado a Napoleón como emperador de los franceses. Una iglesia católica que, al momento del Plan de Iguala, participaba del proyecto claramente absolutista de la Santa Alianza y conspiraba contra las nuevas repúblicas americanas.

La “independencia” de la nueva nación era lo suficientemente relativa o flexible como para imaginar la construcción de un nuevo Estado nacional americano, cuyo gobernante fuera el mismo rey de España u otro príncipe borbónico. No era algo inconcebible en aquellos años en que un hermano de Napoleón podía reinar en España o el emperador de Portugal se mudaba a Río de Janeiro.

La “unión” entre españoles y americanos se materializaba por medio de una monarquía que formalmente se declaraba no absolutista. La expresión “monarquía moderada” aludía a la elección de un congreso o parlamento, lo que derivó nada más y nada menos que en la introducción del gobierno representativo en México. La unidad territorial de aquel “imperio” contemplaba una región vastísima que se extendía de Centroamérica a Oregon.

Ninguna de aquellas tres garantías está vigente hoy como premisa de la nacionalidad mexicana. El México actual es un país con la mitad de la extensión territorial de aquel, una densidad demográfica veinte veces mayor, un Estado laico, una sociedad religiosamente diversa, un vínculo prioritario con Estados Unidos y un gobierno republicano.