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R.M. Rilke pensaba que la obra clásica es la que sirve de referencia y activo para debate para las nuevas generaciones, pocas reclaman ese calificativo con la claridad de la obra de Esteve Casanoves. Hoy disfrutamos de un entorno favorable para entender su verdadera aportación al discurso artístico de las últimas dos décadas, sin duda porque son muchas las situaciones y los proyectos que convergen hoy día en cuestiones que ella apunta desde mediados de los años ochenta. Con una trayectoria artística a sus espaldas, y que, desde finales de 1980, alcanzó una asimismo muy bien acogido en España, Francia y Alemania, Casanoves poco a poco se ha vuelto un referente obligado no sólo en las ferias de arte internacional – como en Arco, Madrid; Art Jonction, Cannes, Francia; Feria Internacional de Arte de Houston, USA; la Feria Internacional de Arte de Copenhague, entre muchas otras -, sino también dentro de los museos españoles. No obstante, sus grandes muestras en el Casal Solleric, de Palma de Mallorca; en el Espace Marci Gaymu, de París; en la Gelería P.S- Post Scriptum, de Burgos en la Galería Édition, de Luxemburg, o la muy importante en su carrera que tuvo lugar en el Museo de Arte Moderno de Tarragona, por citar sólo lo más reciente, pueden acreditar, a escala española su labor como un creador de primera línea.

La propuesta estética de Esteve Casanoves está siempre en el límite de distintas disciplinas: idea estructuras para pintar, extraños objetos que adquieren un movimiento sutil, introduce la fotografía con la construcción de objetos que dan un toque poético y mágico al juego del espacio. Toda pieza, por mínima que parezca, sintetiza o recrea la máxima expresión de su sentido creativo. Quizás por ello, como dice Danto la obra de arte es lo que se ve, más algo que no se ve, y que en Casanoves tenemos que captar el espíritu – o el significado- de su lenguaje, donde todo es estático, nada está dos veces en el mismo lugar.

Hay múltiples formas de entender la pintura, la escultura, la fotografía y algunos vídeos de Esteve Casanoves: evocación de signos, movimiento perpetuo, admiración y desafío. Evocación cómplice. Retrocede y gira en imágenes sorprendentes. Cada pieza es una respuesta y es constelación de composiciones. No tienen límites. Sus aberturas y sus resoluciones están contenidas en ellas Al mismo tiempo, predisposición de lenguajes estéticos que sostienen diálogos en el interior

de su pintura: fija miradas y descubre silencios. Apetito visual intocable e incandescente.

¿Cómo explicar el proceso creativo de Casanovas? Trabaja en una mesa de su estudio, construyendo y fotografiando objetos insignificantes: pedazos de hielo, tiras cortadas de cartón, cintas. Utiliza cosas que están a su alcance. Así se agranda el espacio visual construido sobre la mesa, complicando al mismo tiempo, nuestra percepción de lo que son las cosas., lo que es real y lo que se refleja. Este proceso me atrae, confabula y, al mismo tiempo, provoca distancias. Se proyecta como abanico de vibraciones; sensación de masas y formas que significan lenguajes: espacio interminable. Cada proyecto se cierra en sí mismo. Es experiencia poética más que intelectual. La obra abarca la sorpresa y el emblema, como lo harían los alquimistas medievales con la imagen sagrada. Estos influyeron – supongo – de cierta manera en las ideas estéticas de Casanoves.

La pintura, la escultura y la fotografía de Casanoves son objetos y lugares. Se nos presentan, en lo que se refiere a superficies diversas y espacios, como construcciones, propuestas y fabricaciones. Se nos muestran en forma de los detalles menos familiares de espacios que desconocemos. Es una cuestión de exteriores e interiores, de franqueza y contención. Que forman un repertorio diverso de símbolos que reconstruyen un lenguaje. Cada signo designa arquetipos como imágenes inéditas. Quizás el artista ve el universo como contraparte de la pintura. Esta idea viene de Joan Miró, y su expresión más pura y alta está en Antoni Tàpies y Joan Brossa.

A lo largo de los años, Casanoves ha mantenido un diálogo íntimo con los objetos que va creando, una comunicación que no deja de ampliarse u complicarse, no sólo desenvolviéndose en todos los cerramientos que configuran un espacio construido, sino empleando toda suerte de recursos físicos, simbólicos e ilusionísticos. De cierta forma, todo indica que Casanoves piensa y se expresa en una dimensión posvanguardista o posmoderna, para la que ya no hay limitaciones preestablecidas de ningún tipo, ni materiales, ni conceptuales. Ha utilizado, por ejemplo, todo tipo de soportes en las combinaciones más libres, como el látex, el cristal, el hierro, la fotografía y la serigrafía. Así como ha usado la luz y el color desde su tratamiento más abstracto hasta medios simbólicos como la luz dentro de múltiples piezas, que juegan en un proceso de ilusión visual.

El arte de Casanoves es ritmo. Es, por definirlo así, una visión poética. Como decía, el universo es movimiento, y cada movimiento genera sentidos, vive en constante vibración, en permanente equilibrio. En Casanoves, todo cambio es consecuencia de la pintura, no de mera investigación precientífica. En su obra la

superficie es la carne del proceso estilístico. Las imágenes, por decirlo así, se hacen con los medios que utiliza. O bien, dada que estos medios visuales y el espacio son uno, en la obra de Casanoves, el propio espacio es imagen. Descubrimiento metafórico, la gran sorpresa del lenguaje que es la pintura. Y así, la atracción por la materia es cambio, exploración, secreto. La materia es sonido, la imagen es signo. Cada elemento es una totalidad, no lo definen, lo descubren.

El arte es libertad- dice el artista -, el tema es pretexto, la forma habla, traductora de significados, de ahí su pureza pictórica. Desde esta perspectiva podemos entender claramente la obra de este artista. Su proyecto estético se aleja de la figuración: evoca en contraposición signos abstractos. Mundo que se manifiesta inédito: estructura, arquitectura, ritmo, forma. Dualidad enigmática que converge entre antagónicos impulsos. Gravitación y levitación. Nada es verbal sino plástico.

Esteve Casanoves investiga las texturas, la densidad de la materia, los espacios, los colores. Pintura que sobrepone la materia ante todo. “ Un buen hallazgo – decía Baudelaire – es la simple consecuencia de un buen razonamiento del que a veces se han saltado los pasos intermedios, lo mismo que una falta es la consecuencia de un falso principio”. Casanoves no parece interesado en cuestiones como “la verdad de los materiales”, y no tiene prejuicios contra la ornamentación o el uso flagrante de efectos decorativos. El empleo de materiales dispares – que en algunos casos son lo que aparenta y en otros no- es acumulativo, heterodoxo e impuro. Casanoves extrema la pintura, la fotografía, la escultura: la materia se vuelve vitalidad, energía. Si el espacio es ritmo, la materia es forma; algunas obras de Casanoves me recuerdan a René Char, como Valéry me descubre a Sigmar Polke, a Vito Acconci, a Francesc Torres, a Gina Pane, a Yves Klein, a Peter Campus, a Bill Viola.

El dibujo en la pintura – y en la totalidad de su obra- de Casanoves es sintético, quizás como decía Joseph Beuys es el esqueleto de todo lo visual. En inglés, el término draw, dibujar, explica el acto creativo de los antiguos artistas de Chevigny. Dibujar significa trazar, marcar, delimitar en superficies. Pero también significa “extraer” – draw out-. Una vez más, el significado ofrece una doble posibilidad, y Casanoves sugiere en cada una de sus piezas que el dibujo tenga un equilibrio central en cada una de sus piezas. Se trata de representar encontrando las formas que emergen del espacio a través del acto que provocan las imágenes. Volúmenes planos, compactos, relación entre espacio y forma. El espacio es convergencia, monumentalidad que siempre va más allá; la forma es propiedad sensible, suspendida en entidades, magnetismo poético: constelación de símbolos. La unión de estos dos elementos es parte clave en la obra de Casanoves. En esto consiste la fascinación de su proceso pictórico. Mi intuición es que la las obras deben

experimentarse como caminos a través del espacio y el espacio como el medio de nuestra sorpresa. Quizá deba decir: irradiación espiritual.

La poesía se atreve a decir en la modestia lo que ninguna otra voz se atreve a confiar al sanguinario Tiempo. Ayuda también al instinto en perdición. En este movimiento, adviene que un vocablo desnudado se dé vuelta en el viento de la palabra.

Parafraseando estas líneas de René Char, imagino los cuadros de Casanoves como aventura estética: confrontación y encuentro. Su creación es crítica y su lenguaje, poética. Celebración abstracta. Delirio de la razón. Evoca un mundo, no sólo centra y controla al sanguinario tiempo, como dice Char, sino por su canibalismo monstruoso con que delinea formas.

En la obra de Casanoves la abstracción es conjunción de la memoria, del azar. También es limitación. Sin embargo, la fuerza creativa está presente en todas sus etapas, y no ha dejado de madurar en las últimas tres décadas. El espacio plástico es un campo de batalla; la forma transgrede, transforma. Cada cuadro es distinto, unidos por la mediación del artista. La composición se vuelve forma sonora. El color se ha vuelto cómplice y esa afinidad es metamorfosis. Continuidad es cambio. Está más allá del cuadro. Lo que importa es la riqueza de revelaciones que encierran las superficies pintadas. Siguiendo el camino de algunas piezas, que han marcado mi camino, como en las pinturas Quinze paraules,2000; Desordre de pensament eteri, 2000; Mixtura, 2002, o en Estrast de llum, 2002. Estas obras producen la sensación de que hemos recorrido un camino junto al artista, paso a paso. Sea cual sea la interpretación de estas piezas, el tema de fondo de la obra de Casanoves se basa en la estructura: la estructura de la que nace la composición y a la que luego revierten, los colores, el dibujo, las texturas en las que podemos indagar la resolución de sus materiales. Es un concepto de la materia que surge de la búsqueda personal, y no de la apropiación de ciertos principios conceptuales del arte contemporáneo.

Es esta forma de elocuencia la que fuerza Esteve Casanoves insertándose en la doblez que todo objeto esconde, que es físico, sin duda, porque un objeto separa y comunica diversos espacios, pero también es un “signo” indescifrable y, como tal, fuente de reflejos, transparencias, imágenes y símbolos. La fotografía, la pintura o la escultura, por otra parte, cubren, pero también nos descubren su propia materialidad de significados, pues podemos trastocar su naturaleza. Esta es la lección que proporciona Casanoves: que un objeto construido por y para el hombre

no reduce su capacidad a la utilidad que comporta, sino que constituye una experiencia, una vivencia, una revelación, y por que no, un acontecimiento inédito.

El arte de Casanoves es trampa visual para penetrar lo inimaginable: aire, tierra, tiempo, memoria. En ello radica que sea calificada de laberíntica. Los laberintos están diseñados para engañar y confundir. El placer de un laberinto es el placer de perdernos y de reencontrar el camino. Lo que nos interesa como espectadores es hacer nuestro propio recorrido por la obra, y en ese laberinto tenemos que evocar, convocar y tropezar por la geometría del espacio y de los objetos. Los cuadros y las esculturas de Casanoves no atrapan el tiempo, mucho menos lo delimitan: la forma se vuelve ritmo, eco de vibraciones. Del aire al silencio: mutación y variación que construye el campo de batalla. Todo es dual. Apetito universal: Picasso, Klee, Matta, Miró, Willem de Kooning, Sol LeWitt, Gary Hill, Dan Grahan traducen la sensibilidad del mundo. Es cierto que, como dice Hegel, “cada individuo es hijo de su tiempo”, y por distante que Casanoves pueda estar lejano de ellos, tanto geográficamente como en conceptos, él pudo buscar su propio universo histórico.

Espacio presentido en cada imagen. La diferencia con su pasado es significante. Casanoves está revelando una imagen estética inédita, cierto, no niega la tradición. Explora el gesto en la pincelada brutal, en la construcción de objetos, en los límites de una escultura, en la destrucción y construcción de formas fotográficas. Sus objetos o estructuras aparecen entonces como objetos derivados de la sociedad industrial, consumista y tecnológica y, a la vez, de la escenografía pobre. Metamorfoseados, alterados, reproducidos, reciclados y ensamblados, estos nuevos objetos obedecen a la matriz lingüística de Marcel Duchamp,, matriz que los artistas norteamericanos intersecan con las poéticas minimalistas y warholianas, y los europeos con las de Joseph Beuys. Su mundo es un espacio de convergencias. Equilibrio arquitectónico. Por esto, Casanoves, descifra su propio movimiento. En este sentido, su discurso estético es operación alquímica que encierra su mundo interior: la obra de arte.

En esta intersección diversa que hace frente a la norteamericana, la neobjetística europea tienda a generar un máximo conocimiento espiritual y material sobre el arte, incentivando el uso combinatorio de diversos materiales y sistemas lingüísticos, poniendo énfasis en los conceptos de subjetividad e ironía, una ironía que hunde sus raíces en el espesor de la memoria individual, y en cierto sentido, colectiva. La memoria adopta así múltiples travestimos que acaban construyendo una nueva realidad.

Hace unos años, cuando por vez primero descubrí su obra me desconcertó. No era la clase de obra a la que respondía mi escritura en esos años. Era, por otra parte,

una estética que me entusiasmaba para identificarme en un futuro. En el momento en que vi sus esculturas, fotografías, pinturas y objetos comprendí que se encontraban detenidas en ese pequeño o gran espacio de ideas encontradas que me atraían del arte de los noventas. Aunque he de ser franco, y decir que, el arte no puede traducirse en palabras.