A Yuridia Tamayo por descubrirme el paraíso anverso  de la fotografía

El laberinto estético y poético de  Nan Goldin (Washington DC, 1953), se ha convertido en un referente  “clásico” de la  fotografía contemporánea; convertida hoy en escenario de descubrimientos privados y celebración pública de una sólida carrera internacional sostenida a pulso y labrada con  un seductor sentido del lenguaje, fruto del oficio, pero sobre todo  del instinto. Nan Goldin  empezó a tomar fotografías de sus compañeros de colegio a los 16 años, tras el suicidio de su hermana. En 1972 ingresó en la School of the Museum of Fine Arts de Boston, donde conoció al primero de sus personajes habituales, David Armstrong, fotógrafo y las dedicadas  a las  drag queen de Boston de los años setenta. En 1978 se traslada a Nueva York y comienza a trabajar en color, al tiempo que prepara  la serio de fotografías La balada de la dependencia sexual ( 1982- 1995), con la que se dio a conocer en todo Estados Unidos.Después sus citas con los más prestigiosos circuitos de arte de Europa y Norteamérica    – Whitney Museum de Nueva York, el Centro Georges Pompidou de París, la Whitechapel Gallery de Londres, la Fundación Serralves de Oporto, el  Castello de Rivoli en Turín, el  Castillo Ujazdowski en Varsovia, el Museo Reina Sofía de Madrid, La Fundación La Caixa de Barcelona – situaron su trabajo en un lugar preeminente en el campo, hoy cada vez más expandido, de la fotografía contemporánea. Porque para Nan Goldin, la fotografía no es sólo algo exterior dado a la apreciación, sino una especie de piel que lo mismo puede tener una vida interior que transformar  la imagen tomada. Su obra  también explota la versatilidad de sus temas, o dicho con sus propias palabras,  “como cada imagen puede mentir, no sólo al artista, sino también al espectador”.

Recuerdo con asombro  su exposición  El patio del diablo, que presento en el Palacio de Velázquez de Madrid en 2002, donde exhibió 350 fotografías. Su título, procede de una fotografía de 1999 de uno de sus compañeros de trayecto vital en un lugar así llamado en Death Valley, California, pero parece sugerir un escenario metafórico (una dimensión que asoma sorpresivamente en sus últimas series) en el que se dan cita el juego y el drama, la alegría de vivir y el peso de un destino maldito. Imágenes de sus amigos en la cama, vistiéndose, en la bañera, con sus amantes o masturbándose”. De aquella vez, recuerda   Gondin y me dice años después  en el Círculo de Bellas de Madrid: “Creo que mi trabajo se centra en el estar aquí ahora, es decir, vivir y retratar el tiempo que me esta tocando vivir. Mi mejor amigo David Armstrong, afirma que lo profundo en mi trabajo  es que presenta las cosas como son. Esto es, la aceptación completa de lo que veo, sin tratar de transformarlo, sino dejarlo todo como esta”.La obra de Goldin provoca  en momentos asombro, desconcierto e incertidumbre y otras veces rechazo, pero no se le puede negar  su condición de precursora de toda una tendencia en la fotografía contemporánea. Cuando a finales de los 60 comenzó a fotografiar a sus compañeros de colegio y, sobre todo, cuando ya en Nueva York, en los 70 y los 80, se sumergió en el mundo de la noche, de la droga y de los comportamientos sexuales no convencionales, estaba formulando un ideario y una estética que han sido adoptados después por multitud de artistas bien conocidos hoy, como Richard Billingham, Wolfgang Tillmans o Alberto García-Alix. Claro que ella misma contaba con referentes: el underground americano de los 60, sobre todo el de las películas de Andy Warhol y John Waters, o la obra fotográfica de Larry Clark, cuyo primer libro, Tulsa, apareció en 1971, fecha igualmente de los primeros trabajos de Nobuyoshi Araki,con quien colaboró en Tokio Love.

“ Cuando empecé – dice Gondin- a los 17 años yo deseaba ser fotógrafa de moda. De  esos años son las fotos en blanco y negro de las  grag queens  con las que vivía en ese tiempo. Una búsqueda del glamour de las películas de los años treinta y cuarenta que me gustaban,  me obsesionaba con esas vestidos y ese aire sofisticado. Por otra parte, mi intención no era desenmascarar a las grag queens,  como otros intentan, sino simplemente demostrar que eran parte de mi vida. Nunca las vi  como hombres  vestidos de mujer, para mí pertenecen  simplemente a otro sexo. Son como son y de ellos siento que aprendí mucho del mundo., y creo que esa es la esencia principal de mis fotos de travestidos y transexuales”.El trabajo que le permitió el salto a la fama en 1989, The ballad of sexual dependency 1978, le valió críticas por un supuesto voayeurismo, pero los baños y habitaciones lúgubres con parejas,  la violencia sexual – en su propio rostro -, el alcohol, la droga y el sida, además de ser un retrato íntimo de la noche de los setenta y ochenta, revelan una estudiada composición. Ambientes rancios en las que la gran expresividad de los perfiles se ve remarcada por el uso de la luz y el color. Naranjas, rojos, fríos azulados enfatizan el drama de sus amigos, personajes marginales cubiertos con un velo de sensibilidad.  Hay que agregar y recordar, son sorpresa y admiración  las imágenes de adolescentes maltratados por la vida se enfrentan bellas escenas como la legendaria Guido on the Dock donde un hombre mira a la laguna veneciana a través de una niebla espesa y azulada. No se puede dudar de la sinceridad de Goldin. Todos los emplazamientos y lugares que retrata, los tugurios que frecuenta, las amistadas que presenta, siempre orgullosa, son parte activa de su biografía. Goldin se desnuda ante nosotros para enseñarnos la realidad de su mundo. Un mundo dulcemente trágico, cruel, pero emocionante.

“ A los personajes de mis fotos – afirma Goldin – les pido permiso para fotografiarlos, pero en general simplemente son cosas que suceden  como te decía, pasan delante de mí. Por ejemplo, la serie de fotos   La balada  de la dependencia sexual  y otras anteriores fueron hechos en un loft que tengo en Nueva York, el cual habitamos más de diez gentes, y era un lugar donde pasaba mucha gente cada día. No teníamos barreras, fueron fotos hechas a finales de los setenta. Fue una época muy  salvaje, pero muy creativa.  Mi loft era un lugar de “culto” y reunión para muchos, no tenía sentido preguntar, pues fotografiaba de forma natural. La gente cogía  frente a mí de forma natural, se paseaba desnuda o se inyectaba como lo más natural del mundo”

Desde  finales de los años setenta y hasta hoy, la fotografía se ha convertido en una forma de vida para Nan Goldin. No sólo en los años difíciles, de vida turbia y sin casi dinero, sino también ahora en la que los paisajes, las parejas heterosexuales felices o los bebés son los protagonistas. Podría pensarse que el resultado de esta “afición” no pasa de ser un álbum personal y subjetivo, pero la fuerza de los fotogramas, el tratamiento de luz y color, así como la temática finalmente universal – las relaciones sociales – las convierten en verdaderos iconos de una época.El recorrido por la obra completa de Goldin, que podría ser agotador, se interrumpe con  la proyección de diapositivas acompañada de música escogida por la artista (desde ópera a punk) La balada de la dependencia sexual, obra clave en su carrera presentada por primera vez en el Mudd Club de Nueva York en 1979, que ha retomado y mejorado con Latido del corazón, acompañada de la escalofriante voz de Bjürk, que se han convertido  en  obras fuera de serie, y claves de la historia del arte de la segunda mitad del siglo XX. Ambas las pude ver en el Centro  Georges Pompidou de París, y, posteriormente, en  el  Palacio Velázquez de Madrid. Quizá una de sus mejores series  recientes es Sida, con la  que recuerda a dos queridos amigos fallecidos: Gilles y la actriz y escritora Cookie Mueller. Ha fotografiado a los mismos personajes, sus amigos, durante más de treinta años, y ha dibujado con ello el retrato de una generación de inconformistas, marginales y almas rotas. El año 1988 marca un giro importante. Su dependencia de las drogas le llevó a una clínica de desintoxicación y allí se replanteó su trabajo, que resurgió más sereno, menos urgente, más luminoso y sobre todo más ambicioso artísticamente. En los últimos años abundan los contemplativos retratos individuales, las naturalezas muertas y los paisajes silenciosos, como símbolo de crisis y regeneración.

Como parte de su historia, en los últimos años sus instantáneas parecen haberse recubierto de cierta dulzura. Pero los niños y parejas que recogen siguen indagando en las emociones humanas, su desarrollo e interrelación. La vida de Goldin ha cambiado, pero el ojo crítico que fija el ambiente sigue manteniendo la misma agudeza y realizando el mismo trabajo impactante: ” Jamás manipulo una sesión de fotografía, siempre llevo mi cámara conmigo. Fotografiar la vida es como excavar en el peligro. Mi motivación no ha cambiado en treinta años: rendir homenaje a la belleza de la gente que me rodea”.