Paul Ricoeur nació en 1913, en la ciudad de Valence, en el seno de una familia que pertenecía a la minoría protestante de Francia. Su padre murió en la Primera Guerra Mundial, cuando el niño tenía dos años; fue educado por su tía con una pequeña pensión asignada a los huérfanos de la guerra.
Paul mostró una notable afición por los libros y alcanzó grandes niveles académicos en la Universidad de la Sorbona, en los años de entreguerras. Sus posturas filosóficas reunían muchos intereses, pero podemos entenderlas como la búsqueda de una tesis pacifista dentro del espectro que va del cristianismo revolucionario a la izquierda anárquico-sindicalista. Ricoeur buscaba una filosofía interesada en saber cómo construimos la convicción de ser personas conscientes, capaces de elegir entre diferentes escenarios frente a un dilema moral.
Tal y como sucedió con otros pensadores europeos, la Segunda Guerra Mundial conmocionó la vida y el pensamiento de Ricoeur. En 1939 se unió al ejército francés para luchar contra los nazis. Durante la invasión alemana, en 1940, su unidad fue capturada, y debió pasar cinco años en un campo de detención. Aunque Ricoeur no dejó testimonios extensos sobre esta etapa de su vida (como resultado de un pudor autobiográfico), sabemos que, junto a otros intelectuales detenidos en el campo, organizó actividades académicas de gran rigor, a tal grado, que el gobierno francés interino acreditó al campo de detención como una institución capaz de emitir títulos universitarios.
Tras su experiencia en el campo de concentración, Ricoeur escribió un libro, Lo voluntario y lo involuntario, que hace un abordaje inicial del problema del libre albedrío. Exploró de manera obsesiva la fenomenología de la voluntad, hasta llegar a la pregunta: ¿cómo entender la voluntad de hacer el mal? Este problema fue el punto de partida para su siguiente proyecto filosófico: Finitud y culpabilidad. Allí estudió con mayor detalle la simbología del mal: el problema del pecado y la culpa, tal y como llega a nosotros desde las antiguas tradiciones mitológicas que dan origen a la cultura occidental. En algún sentido, se trata de una tentativa filosófica para reconocer la historia cultural detrás de nuestro concepto occidental de libertad moral. ¿Cómo nos comportamos al estar frente a un dilema moral? ¿Hasta qué grado somos libres de elegir un camino frente a un conflicto, en el cual nos vemos obligados a tolerar el displacer, o a posponer el placer para evitar el mal?
Desde el punto de partida de Ricoeur, el ser humano es capaz de alcanzar un conocimiento auténtico de sí mismo, y sólo entonces accede a una experiencia de libertad; ésta no surge como un don gratuito o como el resultado automático de su constitución biológica o social. Se requiere un trabajo de reflexión para analizar la trayectoria del individuo, para rastrear las huellas o los signos dispersos que ha dejado por el mundo: en la vida de los otros, en su paso por instituciones y ambientes sociales. Solamente la responsabilidad frente a la evidencia de nuestros actos, creativos o destructivos, nos da conciencia de la libertad, a través de una distancia temporal donde ya no somos simplemente lo que creemos ser, sino lo que revelan las marcas que hemos dejado en el mundo.
Los condicionamientos sociales y biológicos generan autómatas. El albedrío, a este nivel, no es realmente libre: se trata, según Ricoeur, de un “siervo arbitrio”. La conciencia de sí es capaz de hacernos pasar de la esclavitud psicológica a la libertad, pero esto sólo sucede con el desarrollo de una conciencia reflexiva.
"Exploró de manera obsesiva la fenomenología de la voluntad, hasta llegar a la pregunta: ¿cómo entender la voluntad de hacer el mal?”.
La conciencia, dice Ricoeur, no es algo dado: se trata de una tarea. La tarea de buscar los signos que hemos dejado inscritos en el mundo, para evaluarlos en correspondencia con nuestro autoconcepto y nuestros valores.
Ricoeur nos dice que las fuentes del conocimiento y la libertad se configuran mediante una tríada: en primer lugar, la conducta voluntaria requiere el Eros; el filósofo recurre a la figura mitológica del amor para referirse al deseo: por ejemplo, nuestros deseos sexuales, económicos, de status social, de una mejor jerarquía en las relaciones de poder, pero también el deseo de juego: el gozo del autoconocimiento, pero sobre todo el gozo de las relaciones interpersonales creativas, construidas con un espíritu lúdico.
De acuerdo con Roger Bartra, en su ensayo Cerebro y libertad, la superación de la conducta automatizada y la gestión del libre albedrío se funda en el ejercicio del juego. Pero el deseo es insuficiente para darnos una experiencia auténtica de conciencia y libertad. Se requiere otro concepto, tomado del trabajo filosófico de Baruch Spinoza: es el conatus, el esfuerzo. En palabras de Ricoeur: “esfuerzo y deseo son las dos caras de la posición del Sí en la primera verdad: Yo soy”. En nuestras propias palabras: la conquista de la autonomía no sucede solamente como resultado del anhelo; el deseo es necesario, pero se requiere esfuerzo, y la identidad personal se construye mediante la retroalimentación de estos dos atributos de la personalidad. “Este esfuerzo es un deseo, porque jamás se satisface; pero este deseo es un esfuerzo, porque es la posición afirmativa de un ser singular y no simplemente una falta de ser”.
El esfuerzo nos da un lugar en el mundo. El mundo no nos ofrece en forma automática la gratificación de nuestros anhelos y apetitos. La frustración anticipada de nuestro deseo sucede porque hay, en todo momento, una tercera figura filosófica: se trata del asunto al que Sigmund Freud llamó “principio de realidad”. Ricoeur le llama Ananké, a partir de la mitología griega, en donde Lo Real era concebido como una diosa. Entre los griegos, Ananké era la personificación de lo inevitable. Escribe Ricoeur: “Ananké vendría a ser el símbolo de la desilusión. Es la ausencia de relaciones entre las leyes de la naturaleza y nuestros deseos”.
En efecto, lo Real es la muralla recalcitrante contra la cual se enfrenta nuestro deseo, y que nos obliga a desarrollar el esfuerzo y la inteligencia: el examen permanente de cualquier tentativa de libertad.

