Adolescencia, cuando una serie parece el mundo

La reciente miniserie televisiva Adolescencia, creada por Jack Thorne y Stephen Graham y dirigida por Philip Barantini de tan sólo cuatro episodios, ha causado revuelo y polémica entre espectadores y críticos de cine por la singularidad no del tema —un asesino adolescente—, sino por el tratamiento de un episodio cuyos motivos quedan sin aclararse abiertamente y que cambia la vida a todos los que rodean al personaje principal, protagonizado por Owen Cooper

Jamie (Owen Cooper) y Briony (Erin Doherty) durante el capítulo tres de la serie de Netflix Adolescencia, 2025 Foto: Fuente > IMDb

El arte siempre ha logrado arrancar a las sociedades de su inercia diaria y ocuparla por pequeños momentos. Si antes eso lo lograba la pintura y el teatro, durante casi todo el siglo XX lo hizo el cine. Desde los setentas hasta hoy, la televisión fue tomando ese lugar. No ha reclamado su sitio en esa lista arcaica que enumera las formas artísticas, pero desde hace tiempo no es necesario esperar a que alguien valide una obra para poder clasificarla como arte. Esto que ha permitido los productos artísticos más vacuos y bobos, también allanó el camino para que la televisión dejara de ser un lugar de entretenimiento y se convirtiera en una forma más de hacer arte. Después de The Sopranos o The Wire, a nadie sorprende que la televisión lo lograra. Esa etapa de oro se extinguió hace tiempo, en parte porque Netflix se ha comido casi todo el pastel.

Lo extraño y contradictorio es que también en Netflix es donde, cada año, se intentan crear obras que alcancen la calidad de la televisión que creó Breaking Bad o Mad Men.

EL FENÓMENO DEL MOMENTO es Adolescencia, una miniserie inglesa protagonizada, creada y producida por el actor Stephen Graham. La historia es sencilla y perturbadora: el joven Jamie Miller es arrestado en casa de sus padres, lo acusan de asesinato y la policía tiene pruebas. La acusación es real, el adolescente de 13 años mató a puñaladas a Katie Leonard, una compañera de escuela.

El nudo narrativo es débil. No estamos aquí frente a la típica serie policiaca en donde es necesario develar las razones de los motivos del asesino. No hay una vuelta de tuerca en donde el padre de Jamie sea quien mueve los hilos. Es una historia tan común que debería producir más inquietud que todas las películas de terror. Sí, un adolescente puede ser asesino sólo porque sí. Nadie está exento.

Adolescencia no es la realidad como tal, sino una versión de ella. No estamos ante la vida diaria, sino ante un pequeño pedazo de ella narrado para atrapar al televidente

El asunto es que Adolescencia cumple con las exigencias básicas de toda tragedia. Esa que nos alimenta desde la antigüedad y que sigue funcionando en un grado tan elemental que resulta casi imposible rendirse ante la desgracia ajena. Esta sensación proviene de la ya muy revisada forma en que fue filmada. Que cada capítulo esté hecho con un solo plano secuencia la hace técnicamente impecable, pero eso no es suficiente para que una serie destaque entre el mar de entretenimiento que nos avasalla a diario.

El efecto de los planos secuencia en cada capítulo de la miniserie en realidad produce una sensación de estar más frente a una obra de teatro que frente a una serie. Pero es más una serie que una obra de teatro porque su lenguaje es televisivo. Esta doble personalidad, produce una inquietud en el espectador: la realidad de lo que vemos no es real.

Este es el perfecto engaño de la obra. Pareciera realismo puro, casi un documental, pero es una obra de teatro, una historia planeada para imitar lo real. Una de las perspectivas estéticas más viejas y efectivas. Adolescencia no es la realidad como tal, sino una versión de ella. No estamos ante la vida diaria, sino ante un pequeño pedazo de ella narrado para atrapar al televidente.

Existen comentarios sobre la miniserie que destacan, por un lado, que detrás de todo hay una necesidad moral por ideologizar a los espectadores. Comentarios que perciben a sus personajes como una forma de crear miedo hacia la clase trabajadora, y comentarios sobre el hecho de que al elegir actores blancos se busca, de una forma extraña, blanquear historias donde los asesinos son negros. También se dice que la intención de la miniserie por sostener un tipo de realismo es confundir a los espectadores para que crean que están frente a la realidad. Ambas posiciones me parecen equivocadas. Como afirmé al principio, el arte pone una lupa sobre algún tema y el público se enfoca en eso. Es lo que sucede con las series de Netflix. Ni la academia ni los críticos decidimos sobre qué debe hablarse. Son los artistas y sus obras quienes lo hacen. Pensar que esta serie muestra una perspectiva real, también es erróneo. Lo verdadero es que las historias se cuentan para desplazar la realidad.

LA FASCINACIÓN QUE HA DESPERTADO Adolescencia tiene que ver con la sencillez de su argumento y el acercamiento a la psicología de los personajes. Y, supongo yo, porque es una serie masculina, en donde los hombres podemos encontrar características de los personajes que funcionan como espejo mientras las mujeres se adentran en el pensamiento de los hombres desde una distancia segura.

Al final, existen dos verdades en la serie que parecen inobjetables. La primera es que el bullying destruye, no importa si hay quienes afirman que se volvieron más duros gracias a la burla de sus compañeros. El bullying destruye y el que viven los adolescentes de hoy es todavía más complicado de identificar.

La segunda es que, a pesar de todo, hay esperanza, y está representada en el final del segundo capítulo, cuando el detective Luke Bascombe decide dejar de lado su trabajo por ese día y convivir con su hijo. Esa es la nota optimista de la serie, pero pareciera que a

nadie le interesa recalcarlo.


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