HUMANIDAD MÍNIMA

Se desvanecen dentro de nosotros los domingos grises

Se desvanecen dentro de nosotros los domingos grises
Se desvanecen dentro de nosotros los domingos grises Foto: Cortesía del autor

Busco vidrierías abiertas en domingo. Me he levantado temprano y me he puesto ropa fresca. Amenaza la lluvia y toda la noche hubo corrientes de viento que agitaban las puertas. Huele a que ya viene. Será que en domingo los olores están más presentes; el de la ropa por lavar, la fruta madura, el agua estancada de las flores que sobreviven después de dos fines de semana en un pequeño frasco de figura hexagonal. No podremos reemplazarlas esta semana, porque estoy ocupado y busco vidrierías abiertas.

Cerca del mercado hay locales donde venden refacciones, tuberías y piezas para baños, material para instalaciones eléctricas, espejos y lavaderos de piedra. En una calle paralela hay un tianguis de lámparas, muebles, ceniceros y recuerdos de viaje; hay cristal cortado y botaneros de vidrio como el que tenían mis abuelos en el centro de una mesa de caoba, y se venden también mesas como aquellas de su casa, con cuatro ventanas en su superficie de cristales. Tenía miedo a veces de romperlas, porque antes las cosas eran muy pesadas y los vidrios siempre han sido frágiles.

Camino por ambas calles y pregunto por el local que estoy buscando. Ya sé que tengo en el celular un mapa, pero también sé que las puertas a las que ese mapa me dirige están cerradas. Entonces pregunto en varios mostradores, porque puede ser que en ese mapa no estén todos los negocios y tal vez los que falten sí puedan brindarme servicio hoy. Veo a uno de mis vecinos bajar de su camioneta, nos saludamos a la distancia. Agradezco que no se acerque porque no quiero hablar ni escuchar nada sobre el estruendo que nos despertó a todos en la madrugada y que ocurrió en mi departamento.

SON LOS DOMINGOS GRISES y se desvanecen dentro de nosotros escribió António Lobo Antunes. En este día somos más proclives a recordar las fotos sobre los muebles, el terciopelo azul de los sillones que tenían una pequeña falda cerca en la parte más baja, los muñequitos de porcelana que decoran los nichos y el polvo que se acumula en esos huecos. Busco vidrierías abiertas en domingo y no hay ninguna. Vuelvo a casa y en el portal del edificio me encuentro a Fernando, el encargado del recibidor. Me nota desencajado y le digo que no encontré vidrierías abiertas. Durante la madrugada estuve con él, recogiendo y barriendo los pequeños trozos de la hoja que se estrelló en el suelo. Barrimos en silencio y metimos los pedazos en una caja. Fernando me da un número de teléfono. Subo a casa, marco y espero que contesten viendo el hueco donde hay que poner un cristal nuevo. Voy al otro balcón del departamento y veo que una flor de lavanda se ha colado entre dos hojas de vidrio. Detrás de ellas el púrpura de sus pétalos se desvanece. Es domingo y me contestan el teléfono en la vidriería.