Pánico al Torito (noche de papás tristes)

EL CORRIDO DEL ETERNO RETORNO

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. Foto: Fuente > Michelle Martínez Ayala

Una de mis mayores traumas es El Torito. De nombre oficial Centro de Sanciones Administrativas y de Integración Social de la Ciudad de México.

Eran las 10 de la noche, piloteaba mi nave. Era mi taxi un Volkswagen del año 68. Ah cabrón, ah cabrón, me jugó chueco la maldita nacoteca de mi inconsciente.

Volveré a empezar.

Eran las 10 de la noche, metí mis patitas en las babuchas, caminaba hacia la cocina para servirme un vaso de leche con chocomilk cuando sonó mi teléfono. Era Mariana H. Llamó para informarme que se la llevaban a El Torito. Que no me preocupara si no respondía los whats. Pensé que era broma, pero enseguida recibí un mensaje con un video de la Eich montada en la patrulla con la cabellera ondeando a causa del viento. Dios siempre les da sus peores batallas a sus mejores guerreras, pensé.

Mariana es fuerte. Y aguantó el fin de semana en la cárcel. Pero no pude dejar de sentirme mal por ella. Sé lo que implican esas vacaciones pagadas por el Estado. Un par de semanas antes me había tocado a mí. Es una experiencia que sólo le puedes desear a tus enemigos. Me fui a dormir y tuve pesadillas con el tambo. Desperté varias veces en la madrugada. Me prometí a mí mismo que jamás volvería a conducir con aliento alcohólico. Que pasara lo que pasara, jamás me volvería a agarrar el operativo.

Hasta que…

THE NATIONAL SE PRESENTABA ESA NOCHE en el Palacio de los Rebounds. Mi fiel escudera, La Contadora del Rock, no pudo desafanarse de su novio tóxico el SAT, así que me tuve que rifar solo al toquín. La última vez que vi ao vivo a los Sad Dads fue antes de la pandemia. La emoción me hormigueaba en el cuerpo como si trajera alto el ácido úrico. Me habían regalado varias de las mejores noches de mi perra existencia, y quería comprobar que mi amor hacia ellos seguía intacto. Y saber si la banda continuaba siendo esa máquina de desbordar emotividad.

Esta misión va a requerir de toda mi entereza, me dije, y para darme el valor necesario, me embutí una costra gigante de arrachera en La Chula. Después de eructar tragos de michelada le marqué a mi amiga la Michelle. Y oh suerte de los dioses de la carne roja, estaba a una estación de metro. La alcancé y nos lanzamos juntos a la cita más importante del mes. A chupar a la salud de Matt Berninger. Aviso parroquial: el boleto me lo invitó mi cuate Daniel Fragoso, a quien en retribución le compré una playera y no ha pasado a recogerla.

No me importa ir al cine solo, pero a los conciertos prefiero ir acompañado. Es mejor compartir las emociones con los cuates. Lo chido de toparme a la Michelle es que dentro del Palacio la aguantaba su novio el Misael. Y traía coche. O sea, el raite de vuelta a la civilización. Más música para mis oídos. Me salvaba

de la monserga de solucionar mi regreso. Todo era perfecto, lo único que desentonaba era la maldita agrura que me produjo la costra. Sentí la corbata de acidez al primer trago de chela. Y yo sin un mísero omeprazol en la cartera.

Por alguna razón nunca he podido conectar con The War on Drugs. Su primer disco me pareció bueno a secas, no me clavé como otros, un anuncio de que se convertirían en una bandota. Pero en el segundo no ocurrió eso y me perdieron. Siempre que alguien me dice que le recuerdan a Dire Straits, una foca bebé muere de inanición. Es el peor argumento del mundo. Compararlos con el gran Mark Knopfler. Sé que muchos no comparten mis opiniones. Pero cuando quieran nos vemos en la plancha del Zócalo para partirnos la madre.

Mientras de The War on Drugs tocaban, me entretuve haciendo cálculos mentales sobre cuántas veces he estado preso. Dicen que en la cárcel y en el hospital se conocen a los verdaderos amigos. Pero yo no he conocido a un solo cabrón que me cayera bien allá dentro. Puro malandro. Y los peores, guardias y celadores. Y los putos polis que me han arrestado no se quedan atrás. Sólo alguien como el loco de Fogwill puede alegrarse de que lo enchironen. En esas estaba cuando el show de los War terminó y me fui por otra cerveza.

MINUTOS DESPUÉS, CON SU LOOK DE OFICINISTA cansado, Berninger se paró en medio del escenario. Mi alma descansó cuando constaté que la setlist no estaba hecha de puras rolas de los últimos tres discos. Tras algo de material nuevo, abrieron fuego con “Bloodbuzz Ohio”. Siguieron con “The System Only Dreams in Total Darkness”. La ausencia por pandemia no había causado estragos. La banda sonaba impoluta. Acaso un poco más alcohólica. Acaso un poco más Sad Dads. Pero con la capacidad intacta de seguir callando bocas.

En determinado momento, Matt comenzó a hacer la pantomima de que montaba un caballo. Era el anuncio de “Bring On the Dancing Horses” de Echo & The Bunnymen. El único cóver que regalaron esa noche. En “Mr. November” se bajó del escenario e hizo su tradicional paseo entre el público. La virgencita nos lo conserve muchos años. Cerraron con Vanderlyle Crybaby Geeks, acompañados por los miembros de The War On Drugs. El show había terminado y era hora de marcharse a casa. Y fue lo que hicimos, pero con los corazones henchidos de la voz de Matt Never Sober Berninger.

Nos subimos al carro y Misael amablemente se ofreció dejarme en la puerta del edificio. Si me hubieran tirado en Insurgentes me habría parecido más que perfecto. Giró a la izquierda en Xola y de repente, como suelen ser las emboscadas, nos salió al paso un retén de la tira. A la derecha tenían parqueados varios carros en espera de la grúa. La sangre se me fue a las nalgas. Yo no iba manejando, pero clarito vi en mi mente el titular de la sección policiaca: Profesor de Psicología de la UNAM falta a clases por caer en El Torito.

Se me bajó la peda a la velocidad de la luz. No era yo el que caería preso, cierto. Pero sabía todo lo que eso significaba. Que la Michelle y yo nos habríamos tenido que lanzar a los tribunales. Nos darían las seis de la mañana tratando de comprar un amparo. Y el pobre del Misael estaría chupando barrote tres días por mi culpa. Pero entonces ocurrió la magia. Todavía sigo sin comprender qué paso. Si es que acaso estamos muertos. O por qué el agente no nos hizo la parada. Tenía en la mano la maquinita esa chingada pa que le soples. Pero dejó pasar al Misael sin hacerle el test.

De la que nos salvamos. Si fue un milagro, sin duda hay que achacárselo a los Sad Dads. Que nos mandaron blindados después de endulzarnos los oídos con sus rolas tristes.

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