Cuando se narra el choque de las civilizaciones mexica y europea se suele elegir para su representación la audiencia entre Cortés y Moctezuma, y su respectivo desarrollo armado. Es comprensible, hay en ese momento una épica digna de cantos para la eternidad: el acero y los macuahuitl afilados, los escudos y chimalli astillados, batallas heroicas, traiciones y matanzas hacen de este enfrentamiento un material que ha sido estudiado y recreado en crónicas, ensayos y novelas.
Sin embargo, hay otro encuentro poco mencionado, pero no menos cruento, cuando la milicia de los dioses se midió en un coloquio. En 1524, tres años después de la caída de México-Tenochtitlán, dos delegaciones de clérigos de élite entablaron una disputa en torno a la naturaleza del Dios verdadero. Por un lado, doce franciscanos enviados por el Papa Adriano VI; y frente a ellos, doce sumos sacerdotes que habían ejercido el control espiritual del imperio mexica. El único testimonio que se conserva de este debate teológico, fue recreado décadas más tarde por fray Bernardino de Sahagún. El texto se conservó en el Archivo Secreto de la Biblioteca Vaticana; algunos mexicanistas se acercaron a él, como Zelia Nuttall en 1927. Walter Lehmann lo tradujo al alemán en 1949 y Miguel León-Portilla incluyó varios fragmentos en su Filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes de 1956. Sin embargo, no fue sino hasta 1986, cuando éste publicó una edición facsimilar, íntegra, y traducida del náhuatl al español, bajo el nombre de Coloquios y doctrina cristiana.
EN 1524, TRES AÑOS DESPUÉS DE LA CAÍDA DE MÉXICO-TENOCHTITLÁN, DOS DELEGACIONES DE CLÉRIGOS DE ÉLITE ENTABLARON UNA DISPUTA EN TORNO A LA NATURALEZA DEL DIOS VERDADERO.
LA CONTIENDA QUE AHÍ SE DESPLIEGA es excepcional tanto por su nivel intelectual como por sus razones últimas: el conflicto armado había concluido, pero la lucha por miles de almas en el territorio que hoy llamamos México apenas comenzaba. Los veinticuatro clérigos, se diría, no estaban solos, hablaban por los dioses, eran sus vicarios. Justo de eso se trataba: no era un simulacro de batalla donde el perdedor concedería tierras y oro, estaba emplazada su alma, si la entendemos como parte y reflejo de una civilización.

El archivo personal de Poniatowska
Georg Simmel lo infiere en estos términos:
Toda la vitalidad de la cultura depende de que su relación con su Dios transcurra en oscilaciones perpetuas, con vaivenes más leves o más pronunciados hacia Él o desde Él, así como cada individuo en su existencia, encuadrada más estrechamente, despliega y siente toda la fuerza de su religiosidad sólo en su perpetuo latir entre la conducta más cercana a su Dios y la más lejana: desde la bienaventurada intimidad de la fusión con Dios hasta la desesperación del distanciamiento de Él.
Es decir, sobre la mesa está Dios o los dioses, porque como sugiere Simmel son el horizonte frente al cual —o ante cuya ausencia— medimos las distancias —desvíos, claros en el bosque, valles profundos, pantanos y desagües— de nuestras conductas morales, preceptos religiosos, ceremonias sociales y sexuales, juegos y celebraciones, inhumaciones, incineraciones, e incluso las formas de sembrar y cosechar que, en aquella civilización, estaban atadas a mitologías muy precisas; y no menos importante, los sitios a los que iría el tonalli, el aliento vital y destino cosmológico de cada individuo en la tierra, después de su muerte.
Abren el diálogo los franciscanos con traducción simultánea al náhuatl por parte de la Malinche y Gerónimo de Aguilar:
Nosotros somos doce. / El que nos envió / es el gran gobernante en las cosas divinas de la tierra, / allá se encuentra / en el corazón de la gran ciudad, / la que se nombra Roma. / Y a nosotros nos hizo entrega, / hemos traído su autoridad / y también el libro divino. / Allí está, allí se guarda, su reverenciado aliento, su palabra, / del que es el único, verdadero Dios, / del que son los cielos, del que es la tierra, / el dador de la vida, / al que vosotros no habéis conocido.
A lo largo de los siguientes capítulos, los peninsulares describen a este “Dios verdadero”, su gobierno tanto en el cielo como en la tierra, incluyendo “la región de los muertos”, sus bondades y milagros, al tiempo que intentan desacreditar a los dioses mexicas, asegurando que “Ellos son los que mucho afligen a la gente, / y los que en ella ponen suciedad.” Aquí y allá, deslizan vocablos como mictlán, o tloque nahuaque con el fin de habitar un terreno común de ideas.
SÓLO DOS VECES SE ESCUCHA LA ELEGÍA de los sacerdotes mexicas en lo que resta de estos coloquios. Zelia Nuttall sugiere que en los capítulos faltantes tal vez hubiera otras intervenciones del lado mexica, pero que resultaron peligrosos “por perpetuar la memoria de las prácticas idólatras que el Santo Oficio se empeña en desarraigar”.
Nos quedan los capítulos VI y VII —que merecerían transcribirse completos, pero desbordan con mucho los límites de este espacio. Esta endecha por los dioses, las costumbres, y los habitantes de México-Tenochtitlán no tiene parangón en las letras de nuestro país. Trascribo, en la versión de Miguel León-Portilla:
Pero, nosotros,
¿qué es lo que ahora podemos decir?
Aunque obramos como señores,
Somos madres y padres de la gente,
¿acaso aquí, delante de vosotros,
debemos destruir la antigua regla de vida?
¿La que en mucho tuvieron,
nuestros abuelos, nuestras abuelas,
la que mucho ponderaron,
la que mantuvieron con admiración,
los señores, los gobernantes?
¿A dónde en verdad iremos?
Porque somos macehuales,
somos perecederos, somos mortales.
Que no muramos,
que no perezcamos,
aunque nuestros dioses hayan muerto.
Y finalmente, a sabiendas que sus palabras tal vez les costarán la vida. Rechazan al Dios que les ofrecen.
No podemos estar tranquilos,
Y ciertamente no lo seguimos,
eso no lo tenemos por verdad,
aun cuando os ofendamos.
Es bastante ya que hayamos dejado,
que hayamos perdido, que se nos haya quitado,
que se nos haya impedido,
la estera, el sitial, el mando.
Haced con nosotros lo que queráis.
Eso es todo lo que respondemos,
lo que contestamos…
¿Cómo terminan las civilizaciones? Desde luego se trata de procesos históricos que pueden prolongarse décadas, siglos; pero, más allá de los hechos, moran los arquetipos. En ellos descansa el sentido del mundo y si bien lo contingente altera poco su perfil, del mismo modo que el paso de una moneda de mano en mano a lo largo de los años nunca altera su valor, hay momentos simbólicos que representan un quiebre, un cambio de valores irreparable, donde incluso los propios dioses conceden su rendición y se exilian a islas invisibles a esperar en aevum su eterno retorno.

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