EL OFICIAL de caminos nos dice que íbamos a 75 millas por hora y el límite en ese tramo de la carretera interestatal número 5 de California es de 70. Soy malo para las matemáticas y además no sé cuántas millas hay en un kilómetro. De cualquier forma yo no venía manejando, pero tampoco mi tío, y mucho menos Ana que venía dormida en el asiento de atrás y se despertó asustada con un policía gringote asomado en la ventana del coche. Mi tío, dueño del auto y sentado frente al volante, logra evitar la multa.
La realidad es que el auto iba manejándose solo, pero eso no debía saberlo el oficial de caminos, no porque sea ilegal sino porque aún resulta difícil de explicar y mencionarlo podría haber enredado una situación muy sencilla. Desconozco el marco legal sobre este tipo de vehículos. Supongo que, de cualquier manera, el castigo tiene que recibirlo la persona que aprieta el botón y se sienta frente al volante. Dudo que para la ley haya mucha diferencia entre un pedal y un botón táctil dentro de una pantalla. Después de unas horas llegamos a San Francisco, donde vamos a encontrarnos con mi otro tío, que no ha vuelto a México desde al año 2000.
NOS ENCONTRAMOS CERCA DEL MUELLE 39. Después de algunos abrazos y presentaciones nos vamos a un bar. Mi tío me cuenta algunos detalles sobre la noche en que decidió probar suerte en California, por invitación de un amigo. Cuando fue a contarle a mi abuela que se iría, ella lo tomó por loco y no le dio importancia al aviso. Salieron de Morelia de madrugada en un coche, con sólo un par de cambios de ropa en la maleta. Tras dos de días de viaje llegaron a un departamento en Huntington Park. Un mes después llamó por teléfono a una madre que pensaba que había muerto. Era 1989. Regresó un par de veces a México durante la primera mitad de la década de los noventa. Luego el control fronterizo se intensificó y pudo pasar una última temporada decembrina en vísperas del cambio de milenio. Ana nota en mi tío algo de mi madre y de algunos de mis hermanos, una inquietud y angustia particular, un rasgo de personalidad y carisma que también tiene ella. En Estados Unidos él se ha dedicado a la construcción y al transporte. Este último fue también el oficio de mi abuelo, estar detrás de un volante.
El coche eléctrico nos lleva de vuelta a Los Ángeles.
A mitad del recorrido siento hambre y espero con ansias la llegada al centro de carga eléctrica donde el coche nos ha indicado que va a detenerse. Cuando está a cinco minutos de la parada, el coche decide reajustar la ruta e ir hasta el siguiente centro de carga disponible. Al llegar vemos que es una estación nueva y no hay ni siquiera una máquina de papitas. Me enojo con el coche. Se acerca el año nuevo y pienso que no puedo postergar más aprender a manejar. Al empezar el año me propuse hacerlo y tras mi primera lección desistí. Ahora sé que un coche puede andar 600 kilómetros por sí sólo pero no puede protegerte del hambre. Me propongo, de nuevo, aprender a manejar.