LOS NENÚFARES DE MONET
MONET MISMO fue dirigiendo el trabajo: ampliando, aderezando con sus flores su jardín. Le dijo [al escritor francés Marc Elder]: “Mi jardín es una obra lenta. Construimos todo el jardín, yo cavé, planté, sembré, por la tarde, los niños regaban”.
No lo cultivó para crearse un modelo más fácil, pues siguió pintando al aire libre y luchando contra los elementos para ver caer las horas sobre el mundo, como las vio caer sobre la catedral de Rouen, durante la década de los años noventa, y sobre el agua del Sena, desde el amanecer hasta el crepúsculo. Cultivó el jardín para acompañarse de las flores, por el placer de vivir cerca de ellas, con Alice Hoschedé y con los seis hijos de ella, desde que ocuparon la casa de Giverny. [Cuando Marc Elder] le preguntó sobre los nenúfares, Monet explicó cómo había llegado a ellos: consultando libros de flores acuáticas. […] Del hecho de que los nenúfares acabaran siendo el modelo de sus últimos lienzos, dijo: “Me ha llevado tiempo comprender a mis nenúfares […] Los planté por placer. Los cultivé sin soñar con pintarlos […] Un paisaje no te conquista en un día […] Y después de golpe tuve la revelación de las hadas de mi estanque. Cogí mi paleta […] Desde ese momento, apenas he tenido otro modelo”.
Marta Llorente, “Mi jardín es una obra lenta (Claude Monet)”, Entre naturaleza y arquitectura. El remanso del jardín, Acantilado, 2023.
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EL MITO DEL SALVAJE
EL SALVAJE MEDIEVAL presentaba un tipo físico definidamente humano, con características raciales similares a las de la población europea. Un rasgo notable, sin embargo, lo alejaba de la especie humana: tanto los machos como las hembras ostentaban un cuerpo profusamente velludo; su piel era como la de un oso o la de un lobo. El pelo les cubría todo el cuerpo salvo el rostro, las manos, los pies, los codos y las rodillas. […] Las hembras tenían una cabellera extremadamente larga y sus senos estaban desprovistos de pelo. […]
Por lo regular estaban dotados de una fuerza descomunal, sobrehumana; no era raro que llevasen en una sola mano todo un árbol con las raíces al aire. […] En algunos casos el salvaje medieval, para enfatizar sus rasgos animales, era descrito caminando a gatas, como un cuadrúpedo.
El salvaje medieval era un ser que enviaba mensajes; su interacción con el espacio natural y con el clima estaba preñada de señales y significados. Vivía con las bestias muy integrado a la naturaleza boscosa… era el más solitario de los hombres.
[…] El salvaje guarda celosamente un secreto; durante muchos siglos ha sido el guardián de arcanos desconocidos: posee las claves de la tragedia, oculta los misterios del cosmos, sabe escuchar el silencio y puede descifrar el fragor de la naturaleza. El salvaje ha sido creado para responder a las preguntas del hombre civilizado; para enseñarle, en nombre de la unidad del cosmos y de la naturaleza, la sinrazón de su vida; para hacerle sentir trágicamente el terrible peso de su individualidad y su soledad. Permanece en la imaginación colectiva europea para que el hombre occidental pueda vivir sabiendo que hubiera sido mejor no haber nacido o, más bien, para poner en duda cada paso el sentido de su vida.
Roger Bartra, El mito del salvaje, Siglo XXI Editores/ INAH-UNAM, 2022.
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MIRAR CON LAS MANOS
EN UNA ENTREVISTA con Julio Ortega realizada en 2008, el poeta colombiano Cobo Borda le contó esto: Cuando me diagnosticaron esclerosis múltiple mi vida cambió de modo radical. Médicos, clínicas, inyecciones y pastillas: una realidad que no sospechaba. Sin embargo se hablaba de resonancia magnética, potenciales evocados y una pastilla para el dolor, Lyrica. Pero al mismo tiempo, en la somnolencia, o en el insomnio, en la vacilación del escalón que se esfuma o del ojo que se pierde líneas repetidas o invisibles o en las notas a pie
de página, mayor tesón y ahínco. Más ganas de leer. Más placer al escribir. De ahí ese poema en los justos cien ejemplares de un libro ilustrado por el maestro Manuel Hernández y llamado Mirar con las manos. El consuelo del dibujo. La sonrisa de los catorce años de mi hija Paloma desovillando estas preguntas. Iniciando mi autobiografía:
Insomne
El llanto de los niños
El ronquido de los viejos.
Entre esas dos músicas se va la vida.
Timbra el suero
pues se cortará el aliento.
La sal en la vena
¿nos concederá de nuevo el sueño?
Las aseadoras han barrido el mundo.
Con mis nervios sin miel
titubeo con paso tímido.
Las madres salen a comprar
pan fresco para sus hijas.
Los muertos sueltan a los vivos.
Los vivos les desean “buenos días”.
Juan Gustavo Cobo Borda, “El hacer poético. Julio Ortega entrevista a Juan Gustavo Cobo Borda”, El olvidado arte de leer, Taurus, 2008.
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EL RÍO
Y SÍ, PARECE QUE ES ASÍ, que te has ido diciendo no sé qué cosa, que te ibas a tirar al Sena, algo por el estilo, una de esas frases de plena noche, mezcladas de sábana y boca pastosa, casi siempre en la oscuridad o con algo de mano o de pie rozando el cuerpo del que apenas escucha, porque hace tanto que apenas te escucho cuando dices cosas así, eso viene del otro lado de mis ojos cerrados, del sueño que otra vez me tira hacia abajo. Entonces está bien, qué me importa si te has ido, si te has ahogado o todavía andas por los muelles mirando el agua, y además no es cierto porque estás aquí dormida y respirando entrecortadamente, pero entonces no te has ido cuando te fuiste en algún momento de la noche antes de que yo me perdiera en el sueño, porque te habías ido diciendo alguna cosa, que te ibas a ahogar en el Sena, o sea que has tenido miedo, has renunciado y de golpe estás ahí casi tocándome, y te mueves ondulando como si algo trabajara suavemente en tu sueño, como si de verdad soñaras que has salido y que después de todo llegaste a los muelles y te tiraste al agua. Así una vez más, para dormir después con la cara empapada de un llanto estúpido, hasta las once de la mañana, la hora en que traen el diario con las noticias de los que se han ahogado de veras.
Julio Cortázar, “El río” en Ceremonias, Seix Barral, 1968.
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EL HÉROE CIVILIZADOR
PROMETEO: No creáis que me callo por [presunción u orgullo,
sino porque preocupa mi alma y la muerde el [verme
de este modo clavado. ¿Quién otro sino yo
otorgó, sin embargo, su poder a estos dioses
jóvenes? Pero de eso no hablo, pues enteradas
de ello estáis; escuchad, en cambio, las [desdichas
de los hombres y cómo torné en seres [conscientes,
aptos para pensar, a quienes eran antes
como niños; lo cual no les aduzco en son
de reproche, mas sólo por mostrar con qué [buena
voluntad se lo di. Miraban al principio,
pero sin ver, y oían, pero sin escuchar,
antes bien, a lo largo de sus vidas mezclaban
todo confusamente como si fuesen sombras
de un ensueño; y tampoco sabían la manera
de hacer casas trabadas con ladrillos ni el arte
de la madera, sino vivían sepultados
en recónditas cuevas sin gozar más del sol
que las hormigas ágiles. Ni signos fidedignos
tenían del invierno, florida primavera
o estío fértil: todo lo hacían al azar
hasta que yo los ortos les mostré de los astros
y el ocaso difícil de discernir y el número,
invención cual ninguna, les descubrí y la [unión
de letras, artificio que es padre de las Musas
y hace que todo pueda recordarse.
Esquilo, “Prometeo encadenado”, Tragedias completas, versión rítmica de Manuel Fernández-Galiano, Planeta, 2000.