Animal en guerra. António Lobo Antunes (1942-2026)

La obra del escritor portugués António Lobo Antunes ocupa un lugar de primera línea en la literatura iberoamericana. Prosista extraordinario, algunos libros de su vasta obra literaria perdurarán en el ánimo de los lectores que lo han seguido a través de los años. En Buenas noches a las cosas de aquí abajo, Tratado de las pasiones del alma o La última puerta antes de la noche, (Random House, 2025), late el corazón de un escritor único que exploró como pocos la condición humana.

Animal en guerra. António Lobo Antunes (1942-2026) Foto: Cortesía de Moramay Herrera

In memoriam António Lobo Antunes, que en un paseo por el Centro Histórico me dijo: Sólo le falta el mar.

Las consecuencias de la muerte de Dios aún nos siguen impactando. Nietzsche sabía que lanzar al despeñadero a ese último gran ídolo, nos obligaría a una consciencia radical de lo civil donde otras certezas debían inmolarse. La verdadera fortaleza del Dionisos de Nietzsche consistía en que su sentido del ser no era la preservación acrítica e intemporal de su persona, sino la necesidad de aprender a moverse en órdenes provisionales.

Sin aspavientos, António Lobo Antunes llevó a cabo buena parte de la demolición de otros ídolos contemporáneos, y una y otra vez nos sometió, sin ambages, a la evidencia de que no hay un plan divino para nosotros, y que no somos el centro de la creación sino una mera conjetura del universo.

A lo largo de unos cincuenta años, Lobo Antunes ha venido publicando obras fundamentales para la literatura de Portugal, europea y universal como Exhortación a los cocodrilos, Conocimiento del infierno, Manual de inquisidores, y Comisión de las lágrimas, entre tantas otras piezas. Las novelas de Lobo Antunes van abriéndose paso entre las certezas que damos por hecho como el amor filial o el amor de pareja, ideas como la revolución o el nacionalismo, para revelarnos los procesos, los resortes de estas elaboradas ilusiones. La existencia de sus personajes, con sus particulares miserias, que son las de todos nosotros, no les impiden verse a sí mismos y a los demás, para descubrir en esas viejas ficciones la falta o el engaño.

Profeta sin vaticinios, António Lobo Antunes es un místico del vacío, no del nihilismo que adora la nada, sino de un vacío que contempla, que mira, no para unirse al Gran Todo o encontrar armonía con el cosmos, ni siquiera para hallar algo dentro de sí mismo, sino que mira como quien se despide, para ver nuestro lugar en el mundo tal cual es, sin idealismo ni esperanza, sabiendo que lo mismo la paz, la felicidad o la tristeza son sólo intervalos en la vida de la mente.

O quizás debiera decir no tanto en la vida de la mente, sino en las voces de la mente. Porque sus personajes son voces en un lector esquizofrénico que le hablan, lo increpan, y en el fondo lo juzgan. Sus personajes son un retrato coral de la condición humana que nos enseña que es posible vivir sin consuelo metafísico, que no tienen empacho en poner en duda su propio pensamiento y ofrecer a discusión sus intuiciones más queridas, y cuya intención no es cambiar el mundo, ni siquiera comprenderlo —pues la naturaleza no habla con nosotros, acaso ni siquiera sabe que existimos— sino simplemente dejarlo estar.

Pareciera que Lobo Antunes quiere llevar a sus últimas consecuencias, la sugerencia radical del filósofo Peter Sloterdijk que dice: Nuestro apego a lo temporal debe perecer hasta que todo se haya transformado en cenizas y saber. Lobo Antunes nos exige que demos ese paso hasta las últimas liberaciones, entender que no hay redención humana posible porque no hay necesidad de redención, y que cada vez que la humanidad nos quiera integrar a un “gran plan” social o metafísico debemos estar en condiciones de desarmar sus prejuicios por más que ello nos deje a la intemperie, reconociéndonos como aquello que en verdad somos, un animal en guerra consigo mismo para siempre.

---

Llega un momento en que me llamo António Lobo Antunes y llamarme António Lobo Antunes, no tiene sentido, ¿quién es ése?, ¿quién ha sido? escribía verdad, qué escribía, creció en una casa con una acacia, un día desapareció, no volvió, debe de estar en cualquier sitio, no importa, llega un momento en que no llega nada, sólo su cuerpo, lo que fue su cuerpo, en un pasillo de hospital, de camino a la sala de operaciones o algo así, a lo mejor tan lleno de sufrimiento que ni se fija en el sufrimiento, no lo cojan de la mano, no hablen con él, déjenlo, en qué pensará, qué deseará, llega un momento, señoras y señores, en que la muerte no es una persona de la familia, esa pariente no muy cercana a la que se invita cuando sobra un sitio a la mesa, llega un momento en que nosotros somos esa pariente en un extremo del mantel, nosotros que nos marchamos antes que los demás

—No se preocupen, no se preocupen

Tercer libro de crónicas, Debolsillo, 2019.