EL CORRIDO DEL ETERNO RETORNO

El triunfo del alma sobre el cuerpo

El triunfo del alma sobre el cuerpo Foto: Cortesía del autor

De niño tuve un Hombre Nuclear. Era mi juguete favorito. Con su ojo biónico, como Steve Austin. Tenía un lente de aumento al que te asomabas por detrás de su cabeza. Con el uso se fue desconchinflando. Las articulaciones comenzaron a fallarle. Y no por culpa de la artritis. No le daba tregua al pobre. Lo lanzaba desde la azotea, lo aventaba a la corriente del canal, lo amarraba a los perros que correteaban carros. Pero a pesar de lo jodido que estaba por tanto salvar al mundo, seguía siendo el Six Million Dollar Man, chingao. Lo mismo ocurre con Angus Young. Si luce traqueteado es normal. Arrugadón, con sus entradotas y su cabellera encanecida. Ha recorrido millones de kilómetros arriba del escenario. Pero no importa lo rucailo que luzca, a sus 71 años continúa siendo un guitarrista nuclear, chingao. Quizá el más magnético de los guitarristas que hayan musicalizado a la humanidad.

Gracias a la generosidad de mi amiga Walter White, tuve acceso a un boleto para la última noche de AC/DC en Ciudad Godínez. Y al referirme a la última quiero decirlo literal, no sólo a la fecha que cerraba sus tres presentaciones en México. El rumor de que era la gira de despedida de nuestro país cundía entre la rockeriza. Aunque después de lo que ocurrió esa noche, la neta es que a Angus y Cia. no se les ven nada de ganas de jubilarse. Espero no equivocarme, pero creo que queda guitarrista biónico para rato. Y con suerte regresen a este lejano lugar retacado de nopales.

Walter White, La Contadora del Rock y yo habíamos quedado en el Salón París para el tradicional pre. El plan era comer algo, acomodarnos unos buenos tragos y pegarle en metro a la cita con el guitarro del uniforme escolar. Y entonces sucedió: conocí a los Goonies. Con su Sloth Fratelli incluido. Con la diferencia de que, comparado con el original, éste estaba feo. Calvo y con lentes de fondo de botella, mientras que el de la película al menos tiene un mechón rubio. Como escoltada por un grupo de fugados de la Castañeda, Walter White llegó escoltada por un autista que al hablar no podía terminar las oraciones, un chaparrito con el brazo en cabestrillo, un cirrótico calvo de barba y lentes que no para de chupar pese a las amenazas de que cualquier peda puede ser la última, un cabrón que parece el hermano borde de Gary Coleman y el ya mencionado Sloth. Que además de su intenso parecido con el personaje y sus lentes posee una mirada sexual: ya que no ve ni pito. Como es bizco, cuando te habla trata de enfocarte y sus ojos no se ponen de acuerdo ni aunque les piches una caguama.

UNOS DÍAS ANTES HABÍA participado en una mesa de cronistas donde expuse cómo en ocasiones es la historia la que viene a mí. Y ahí estaba la prueba. Ahora ya no me resisto. Sé que existe un Dios de los cronistas. Por qué, quién si no él me manda a una panda de subnormales como los Goonies. Y entonces cómo no escribir sobre el tema. Aunque no les seguí el rastro durante todo el fin de semana (me enteré que se fueron a Xochimilco y luego a La Lagunilla), me bastaron aquellos momentos para que se me quedara grabada para siempre la risa de Sloth Fratelli. ¿Han escuchado que el ejército gringo utilizó música de Metallica para torturar presos de guerra? Lo cual me parece una culerada, existen prácticas menos extremistas. Como los toques en los huevos o la extracción de las muelas con pinzas perras. Bueno, pues yo utilizaría la risa de Sloth para torturar a mis enemigos.

¿HAN ESCUCHADO QUE EL EJÉRCITO GRINGO UTILIZÓ MÚSICA DE METALLICA PARA TORTURAR

PRESOS DE GUERRA?

Pero lo más escabroso es que estos Goonies, a diferencia de los de la película, iban todos en drogas. Y así, nos lanzamos a escuchar a AC/DC.

Quiso la divina providencia que dentro del recinto perdiera a los Goonies. Caminaban muy despacio. Juro por el riff inmortal de Angus que no tuvo nada qué ver con la bolsa de periflais en mi poder. Lo interpreto como otro milagro más del Dios de los cronistas. Era un momento que simplemente tenía que experimentar a solas. Y ahí estaba yo, el cronista de los bajos fondos, bendecido al ritmo de “If You Want Blood (You’ve Got It)”, recapitulando en lo benevolente que había sido conmigo la vida al darle la oportunidad de poder atestiguar el milagro. Porque si bien Angus ya no es un velocista, todavía corre, hace el paso del ganso y se tira al piso para girar como trompo. Y lo más importante, el sonido de su guitarra. Ese sonido que levanta muertos, corrompe inocentes y provoca divorcios. Ese canto se sirena que resuena en los oídos de cada rocker que al escucharlo lo único que quiere es subirle el volumen al estéreo.

DE ESE SONIDO CRUDO se ha hablado y escrito demasiado, de su aparente sencillez, de su estilo directo, pero constatarlo en vivo es para orgasmearse. Sin mamar, si un día Angus diera un recital tocando puros comerciales de la televisión iría a verlo. Aunque él ha dicho que jamás sería solista. Y eso se puede constatar con la formación del actual AC/DC. Aunque ya no está Malcolm, la banda sigue unida, parchada si tú quieres. A veces con refuerzos cachiruleados como Axl Rose o sin Brian Johnson, la vocal que ha hecho posible que la maquinaria siga en funciones.

Y el audio, el temor de temores, estuvo impecable. No hubo fallas. Y desde donde estaba situado sentía a mis oídos chillar de felicidad. La cascada de rolas se desató y como era de suponerse, se discutieron con casi puras rolas de la era Bon Scott. Mi mero mole. Cuando sonó “Shot Down in Flames” me acordé cómo he terroreado a todo mi edificio con esa rola a todo volumen a las cuatro de la madrugada. Con “Shoot To Thrill” pensé en mis años de adolescente adicto a las anfetaminas. Con “High Voltage” me percaté que más que un concierto estaba viendo el triunfo del espíritu sobre la carne. A una banda que había tenido dos bajas significativas: su cantante original y luego al pilar compositivo. Porque, qué si no es el alma lo que hace que esos viejos sacos de pedos, ajados, maltrechos todos desmoronándose, toquen como lo hacen.

El concierto se acabó y me reuní con los Goonies afuera. Me reclamaron, con razón, la bolsa de periflais. Me la busqué y no la tenía en ningún lado. Pensé que se me había caído, pero en la madrugada, cuando llegué a dormir, al quitarme los calzones salió volando. Entonces recordé que me la había puesto ahí al ver a un perro en el filtro. No lo dudé ni un segundo, se trataba de otra maniobra del Dios de los Cronistas. Así que me hice una raya, me serví un whiskacho y puse a sonar “Highway To Hell” en la bocina.

Perdóname jefa, por mi vida heavy.