Fui a buscarte a Viena, Berggasse 19. Sin tocar el timbre, subí por las escaleras grises, frías, olía a humedad. Pensé que me esperarías en el recibidor, con respuestas certeras, con un ramo de flores moradas que me llenaría de esperanzas. No fue así. Mi desilusión crujió como los pasos sobre los tablones del piso que me llevaron al consultorio del doctor Mente. El viejo diván estaba vacío, pero guardaba las huellas de otros pacientes. Llegué tarde a ti, o demasiado temprano, nunca a la hora correcta. No estabas en las fotografías antiguas, en los manuscritos ni en las figuras arqueológicas. Tampoco en el pequeño espejo colgado junto a la ventana en el que perseguí tu aliento.
Al salir a la calle expulsé un grito ahogado desde el fondo del pecho, altavoz de mi síntoma. No supe en qué idioma llamarte. Alemán, francés, español, todos se mezclaban en pensamientos desordenados, primarios. Mi eterna incoherencia, mi caos interior. Caminé desde Schottenring hacia Innere Stadt, bordeando Ringstrasse. Tropecé con restos de mi pasado y presente, que son lo mismo. No vislumbré un futuro.
Yo era un laberinto sin salida, como la ciudad desconocida. Perdida por dentro y por fuera, en una ruta repetitiva, diferentes rodeos, idéntico resultado. En los museos, tal vez te descubriría sublimado en alguna pintura. Me detuve en mi propio cuerpo, en mi centro abierto, expuesto, obsceno. Infinito. Representado en El origen del mundo, de Coubert. Fijé la vista en esa vagina, era un abismo. No logré hallarte ahí ni en las obras de otros artistas.
HABLÉ CONTIGO EN LA VIDRIERA de una tienda. Te dije cosas sin causa ni razón. Tuve lapsus, más de uno, confundí unas palabras con otras. Ojo por enojo. Pelos por celos. Boca por loca, ausencia por presencia. Cruel por infiel. Fui a la estación del tren. En el vagón saludé gente extraña, les hice un chiste fuera de lugar, como yo me sentía. Nadie entendió, nadie rió. Me bajé antes de llegar a donde iba, que nunca supe lo que era. En cada punto hice una asociación. Libre, por supuesto, como creía ser. Stephansplatz me recordó a una hoja en blanco, lista para ser llenada; una banca era un perro con dos patas; Karlsplatz, mi nombre ajeno; Naschmarkt y el barullo, lo reprimí.
Repetí el trayecto. No quería irme, tampoco quedarme. Mi único deseo, la urgencia por mirarte de frente y hablar. Aluciné. Las fuentes se abrían como un vientre. El parque replicó una escena infantil deformada. Los bordes de los edificios, plumas que reescribían mi historia. Soñé que me arrancabas la lengua y la triturabas, mi castigo por hablar de más y escribir lo que incomoda.
Tropecé con mi doppelgänger. En la otra vi mis pies demasiado grandes, una nariz que no encaja, un párpado caído. Reconocí esa forma de ser tan mía, tan exhibida, que se pone una máscara de narciso cuando debajo tiembla de miedo. Me di por vencida. Acepté, por fin, que vives en el punto exacto donde habito en falta.
En mi próximo viaje te voy a encontrar, maldito inconsciente.
—No te molestes. Yo estoy todo el tiempo adentro de ti.
*Pecadora de ilusiones.