Empecé a leer Koljós de Emmanuel Carrère tras la provocación de un reseñista que la juzgó “una soporífera enciclopedia familiar tan impresionante en alcurnia como falta de emoción”. Es fácil que una retahíla de ofensas genere suspicacia, no por tratarse de un libro de Carrère —que, como cualquier escritor, puede tropezar—, sino porque tanta hiel y tan pocos argumentos sugieren, cuando menos, confundir ingenio con crítica. Pero a veces vale la pena caer en provocaciones.
Esa “enciclopedia familiar” dista de ser aburrida cuando menos por un siglo de emocionante y conflictiva historia europea. No sólo porque hay pocas familias como la de Carrère —con príncipes rusos, barones bálticos, un regicida del zar Pablo I, una residencia veraniega de los Médici, un colaboracionista desaparecido, la primera presidente de Georgia, un paje en la corte de Iván El Terrible, y la muerte de una madre extraordinaria, tenaz y autoritaria que catapulta la decisión de escribir el libro: Heléne Carrère d’Encausse, intelectual de primera fila, secretaria vitalicia de la Academia Francesa, especialista en la Unión Soviética, cuya influencia y expertise la llevaron a los despachos de Chirac, Sarkozy y Vladimir Putin, y a recibir tantas condecoraciones como tiene disponibles Europa—. Sino también porque es un libro que ata a la complejidad de la verdadera literatura buena parte de la historia de los grandes conflictos ideológicos de los siglos XX y XXI. Y si esto resultara poco, hay algo más importante: Koljós logra lo único indispensable en la literatura: contar una buena historia con maestría.
Carrère peregrina, con agilidad y destreza destacadas, de la Rusia zarista a la guerra en Ucrania. Recorre Moscú, Constantinopla, Tiflis, Berlín, Burdeos, Kiev y París, sin perder el centro del relato: la historia de una familia tras el exilio ruso; una historia llena de desa-venencias, amor, rencor y abandono, que no elude contradicciones; sin complacencias ni tapujos; un homenaje a una madre dura y memorable y a un padre más bien discreto pero ambicioso; un álbum familiar insaciable y arriesgado; una historia que es, a su vez, sólo suya, y de Europa.
EL LIBRO ESTÁ HECHO de memorias, lecturas, reflexiones personales, cavilaciones sobre el oficio de escribir, crónicas de viajes, análisis político y literario —Dostoievski, Tolstoi, Nabokov…—, charlas y recuerdos que entrelazan lo personal y lo histórico, la grandeza y la indefensión, el dinamismo y la calma.
Carrère despliega historias como relámpagos: narraciones breves de extraordinarios eventos que condensan el significado de una vida. Sus truenos resuenan varias veces a lo largo de la novela, con imágenes que deslumbran por su contundencia y fugacidad. Momentos que unen esa dimensión vertical de la vida —la historia de su estirpe— con la fuerza de Historia con H mayúscula. Pienso en el momento en el que la escritora Nina Berbérova, tras años de exilio sin noticias de su familia, descubre en la pantalla de un cine a su padre, actuando como el banquero enemigo del pueblo en Octubre de Eisenstein; y de quien años después, Berbérova sabría que ese economista judío que se había quedado en su patria apenas sobrevivía como actor de papeles que le valían insultos en la calle, antes de que se le perdiera la pista en las purgas estalinistas.
CARRÈRE DESPLIEGA HISTORIAS COMO RELÁMPAGOS: NARRACIONES BREVES DE EXTRAORDINARIOS EVENTOS QUE CONDENSANEL SIGNIFICADO DE UNA VIDA
O en las fotografías de “los retornados”, aquellos rusos exiliados a los que Stalin les prometió amnistía para sólo encontrarse a su regreso en el puerto de Odesa con la NKVD. Los que no habían vuelto a su tierra se sorprendían de recibir evasivas noticias de los retornados que en sus cartas:
dejaban caer frases en código con la esperanza de que al otro lado, en Francia, entenderían que había que leer lo contrario a lo que estaba escrito [...] Otros más previsores, más desconfiados ya habían establecido esos códigos de antemano. En la foto que os mandaremos, si salimos de pie es que todo va bien. Sentados: desconfiad. Sentados, sidet, en ruso, significa también cumplir condena. En la foto, los tres miembros de la familia salían sentados.
Cuando esa tormenta eléctrica amaina, Carrère reflexiona con calma y honestidad sobre el perdón entre padres e hijos; sobre aquellos secretos por siempre ocultos de nuestros antepasados; sobre los pendientes y los deberes con los muertos; sobre cómo los padres narran sus propias historias y las de sus familias, sobre lo que callan y lo que preferirían olvidar; indagaciones sobre los descubrimientos que implican contar de nuevo la propia historia, que es siempre también, la de otros y que, por lo tanto, su relato modifica prejuicios, relaciones, identidades; lo que permite, en el mejor de los casos, reimaginar, aceptar, perdonar:
Oscar Wilde escribió esta frase, tan bonita, tan justa: ‘Los hijos empiezan queriendo a sus padres; cuando se hacen mayores, los juzgan; y a veces los perdonan’. Ocurre lo mismo a la inversa: los padres también salen airosos si, antes de morir, tienen la oportunidad de perdonar a sus hijos.
Cuando escampa, después de 300 páginas de peripecias e interrogantes, Carrère nos muestra con delicadeza los instantes más vulnerables de su familia, momentos en los que esperan con solemnidad, miedo o quietud, la muerte. Entonces expone detalles cotidianos, los excedentes de una vida: la cama de la madre antes de morir; una conversación tramposa entre dos esposos que no volverán a verse; un hombre que se despide de su hermana agónica tras años de disputa y restaura el amor con un susurro en su lengua materna; un último koljós, conmovedor pero sin cursilerías, un juego en el umbral de la muerte, un abrazo familiar definitivo.