ESGRIMA

Entrevista con Clara Obligado: “Creo que saber enseñar es ver ese destello de luz en el otro”

Clara Obligado, referente indiscutible del microrrelato y la literatura del desarraigo. Foto: Fuente > Isabel Wageman

Le interesa la botánica y la gastronomía, también el bordado y la pintura. En su habitación en el barrio de las letras de Madrid busca el origen de las palabras que entreteje en su escritura. Su ojo sigue el filo de la tijera al recortar lo que es dispensable. Cuando lee el libro de alguna autora cuya prosa la conmueve, no duda en contactarla para invitarle un café. La literatura es el aroma de sus días.

Clara Obligado nació en Buenos Aires en 1950 y es licenciada en Literatura por la Universidad Católica Argentina. En 1978 fundó un Taller de Escritura Creativa y en 2012 ganó el Premio Setenil por El libro de los viajes equivocados, el Premio Juan March Cencillo de Novela Breve en 2015 con la obra Petrarca para viajeros. Desde 1976 vive en Madrid.

Este año fue invitada como Ida Beam Distinguished Visiting Professor a la Universidad de Iowa y conversé con ella sobre sus libros más recientes, la experiencia de dar talleres, su pasión por el microrrelato, y más.

¿Cómo fue la génesis de Un árbol de compañía?

Con la pandemia empecé a tenerle algo de miedo a los árboles porque me dio la impresión de que eran seres que están muy por encima de nosotros y que tenían alguna verdad que yo quería investigar. Hice un acuerdo con Raúl de Tapia, un biólogo que recupera paisajes. Su trabajo consiste en llevar a su origen aquello que estaba destrozado, lo que me parece una filosofía de vida. En octubre de este año publicamos juntos Un árbol de compañía. Está contado desde mi perspectiva, pero aparece su voz. Cuento la historia de él, desde que era un niño de campo hasta convertirse en la persona de hoy, que recupera bosques. Y hace muy poquito fui a su fundación con mis alumnos y plantamos un bosque. El bosque de los libros en Salamanca.

Cada uno escribió un poema y lo puse de abono. Él creó la Fundación Tormes, que garantiza que se cuiden los árboles. La Fundación es un bosque que él recuperó y al que volvió el río, es una cosa preciosa. Tiene 25 años.

¿Nos puedes contar de Exilio?

Lo escribí un poco corriendo porque venía el 50 aniversario del golpe militar en Argentina y yo había estado el año anterior en Buenos Aires y mucha gente me contaba historias de que habían estado presos. Volvía el recuerdo.

Siempre que me cuentan algo pienso que se lo cuentan a un escritor. Si a uno le cuentan, es para que escriba. El libro se me ocurrió estando en Buenos Aires y llamé a mi editor Juan Casamayor: “Juan, tenemos que sacar este libro”. Busqué a un dibujante con el que ya había trabajado, Agustín Comoto, e hicimos un libro ilustrado. Él también es un personaje del exilio.

¿Cómo fue tu viaje a París en 1968?

Salí siendo una niña virgen prácticamente en todos los sentidos. Después de ser estudiante de colegio francés y de clase alta, volví convertida en una revolucionaria. Todo esto en un mes. O sea, no estuve en el abril del 68, pero sí de enero a febrero. Y pesqué un clima de cosas que cuando volví a Argentina pensé: “Yo me he equivocado. Aquí está todo mal. Tengo que cambiar”.

Un año después fue el cordobazo en Argentina y me fui a cosechar algodón con los indígenas. Fue un cambio detrás del otro, un momento en que la cultura estaba en explosión. Era la época de la imaginación al poder y yo me lo tomé a pecho. Volví siendo otra. Me parezco más a la persona que era en febrero del 68 que a la persona quien fui en enero del 68.

¿Qué te llevas de Iowa?

Doy escritura creativa hace cuarenta y pico de años, y ésta es la Meca en escritura creativa, no hay nada más por encima. Empecé poniendo propaganda en los coches. Mis primeros talleres fueron así, buscando, yo era una exiliada en España que estaba buscándose la vida a través de un trabajo honesto, porque ha sido eso.

Es llegar a un lugar donde yo respeto mucho lo que se hace. Tengo alumnas que han estado aquí en la maestría de escritura creativa en español como Sofía Balbuena que acaba de ganar un premio importante. Una experiencia de este tipo puede cambiar el curso de la vida de una joven.

Nunca tuve dos años para escribir, dos meses para escribir, ni siquiera dos días. Por eso, tener información, conocimiento, protección y amigos es algo trascendental en la vida de un escritor. En estos pocos días pienso: “Qué maravilla, todo esto junto, todo esto a la vez.”

¿Qué has aprendido en los talleres que das?

Me ha servido bastante la admiración por el texto ajeno. Ver cómo los demás de pronto tienen un destello de luz. Creo que saber enseñar es ver ese destello de luz en el otro y tirar de ese destello para que arrastre todo lo bueno. Enseñar es un acto de sinceridad muy importante. He aprendido a decir exactamente lo que pienso. De manera amable, porque es mi carácter, pero digo exactamente lo que pienso cuando leo un texto. Es una devolución que es honesta. La otra es aceptar que uno no tiene razón siempre. Que uno puede sentir, percibir o comentar. El que tiene razón es el dueño del texto pero tiene que ser una razón sustentada.

Te gusta la forma fragmentaria porque es comoir en contra del pensamiento patriarcal.

Yo creo que la literatura es forma. Lo que digas lo puedes decir tú, lo puede decir un periodista, un psicólogo, un filósofo y un químico incluso. Pero la forma en que lo decimos los escritores es otra. Creo que la elección de una forma es también elegir una ideología. Si uno quiere pensar un mundo roto no puede escribir novela tipo decimonónica. No tiene ni pies ni cabeza. Sin embargo, sí puede hacer novela fragmentaria.

ME PARECE INTERESANTE COLOCAR DENTRO DE LA NORMALIDAD COSAS QUE SON DISRUPTIVAS

Pienso que en la génesis del fragmento está siempre la microficción.

Desde que el mundo es mundo, hemos contado así. Volver a esa pequeña estructura es romper un poco esta cosa autoritaria de la novela. Lo digo en el buen sentido, soy muy lectora de novelas, pero hay algo en esa forma que es un poquito arcaizante. Es como si tuvieras una verdulería y además de vender verduras, vendes un par de zapatos. Hay algo que uno dice: “¿Qué es esto? ¿Qué es este conjunto extraño?”. Me parece interesante colocar dentro de la normalidad cosas que son disruptivas, que rompen y que te buscan por otro lado.

Yo uso el micro cuando hago ensayo. Pequeñas historias que están engarzadas. Rompen el autoritarismo del ensayo típico. Me interesaba el bordado, por ejemplo. No sé bordar, soy totalmente tosca, pero me atrae la idea de hacerlo. Ahora que reviso mi último libro escrito en el exilio, el bordado aparece. Las madres de mayo y las mujeres en Argentina han bordado un enorme paño con los nombres de los desaparecidos. Una cosa que no tiene nada que ver, aparentemente, como el bordado, es una forma de presentar la dictadura y lo femenino a la vez. Porque cuando tú bordas, pinchas, traspasas y hieres, pero a la vez acompañas y dibujas. Esto sería lo híbrido para mí, aquello que participa de varios medios, que es un poco rana, puede estar en agua y tierra. Y eso me parece que nos representa más como seres humanos modernos.