Robert Grainier (Joel Edgerton) es un hombre sencillo, introvertido, sin pasado ni intereses particulares. Quedó huérfano cuando era niño, no sabía cuándo había nacido y no conoció a sus padres. Eventualmente trabajó como leñador y deforestando bosques para poner vías ferroviarias antes de la Primera Guerra Mundial. Vivió 80 años de los cuales pasó una buena parte cargando con el dolor de su tragedia personal y familiar, así como con el malestar y angustia de sentir que había hecho daño a la tierra con su labor de talar bosques. Esta historia se escribe con aserrín y sangre.
Sueños de trenes de Clint Bentley, escrita por él mismo y Greg Kwedar, a partir de la novela de Denis Johnson de 2011, presenta el paso de un hombre por una era de vertiginoso impacto tecnológico en el paisaje así como por brutales transformaciones sociales y políticas discriminatorias estadunidenses. La infancia de Grainier queda marcada tras ser testigo de la violencia de la deportación de un centenar de familias chinas. Años después, un compañero de trabajo asiático es tirado a un precipicio en un acto de odio racial. El protagonista trabaja en la construcción de un puente de madera que eventualmente es sustituido por uno de concreto y acero, lo que es un símbolo del sacrificio y esfuerzo convertidos en obsolescencia e inutilidad.
Grainier encuentra la redención en una mujer, Gladys (Felicity Jones), la única persona con quien puede hablar sin vergüenza y con quien forma una familia y tiene una hija. Con sus modestos recursos construye una cabaña al borde del río Moyie, a un paso del bosque. Pero la armonía y felicidad doméstica no duran, ya que la única forma de sostener a su familia es abandonándola por largos períodos al ir a trabajar como jornalero en sitios remotos donde la tristeza lo va consumiendo. En sus sueños Robert ve el paso amenazante y estruendoso de trenes escupiendo chispas y flamas; estos, junto a fantasmas silenciosos y desafiantes, son inquietantes premoniciones de un espíritu cargado de culpas.
EL ESTILO DE LA CINTA, que combina una narración melancólica en off (en voz de Will Patton), con bellas imágenes (la cinematografía de Adolpho Veloso), con contrastantes y fluidos saltos temporales, recuerda inevitablemente al cine de Terrence Malick. Y si bien imitar la cadencia evocativa, elegíaca y meditativa del director de obras maestras como Badlands (1973), La delgada línea roja (1998) y El árbol de la vida (2011) puede parecer una tarea condenada al fracaso, Bentley logra usar ese tono para crear una obra a la vez bella y dolorosa, una meditación desesperanzada, cargada de sorpresas (con rupturas oníricas que parecen alucinaciones o surrealismo) acerca de una vida simple de brutalidad y soledad, de una historia de amor fracturada y de devastadora depredación humana. Robert está convencido de que sus transgresiones lo persiguen en forma de muerte y desolación. Su penitencia es atroz y lo lleva a pasar un largo periodo convertido en un ermitaño desconsolado y enloquecido viviendo al aire libre. Sin embargo, en su vejez logra encontrar algo parecido a la paz, antes de fallecer en noviembre de 1968.
Esta es una historia de la destrucción de árboles que son imaginados como espíritus de un mundo pasado. La ambición de la explotación de la madera va borrando poco a poco el carácter del territorio. La noción de que los árboles son un recurso inagotable que siempre volverán a crecer es una falacia. Los árboles que son cortados son pérdidas definitivas, vidas que no serán reemplazadas. En la violencia, muerte y devastación vemos ecos del Viejo Oeste, la supervivencia de un mundo cruel y sin ley que va a determinar el orden moral del siglo XX. La destrucción voraz de los bosques primarios de Idaho y el estado de Washington es una muestra del violento apetito depredador del capitalismo, pero también una agresión contra el planeta entero: una guerra desigual entre el hombre y el árbol en la que se experimenta con diabólicas innovaciones tecnológicas de destrucción. Cada generación es más destructora que la anterior. Robert trata inútilmente de usar una sierra eléctrica hasta que un joven lo hace a un lado y se la quita.
ESTA ES UNA HISTORIA DELA DESTRUCCIÓN DE ÁRBOLES QUE SON IMAGINADOS COMO ESPÍRITUS DE UN MUNDO PASADO
PARA CREAR UN VÍNCULO MÍTICO, telúrico, poético y silvestre con la realidad Bentley recurre al texto de Johnson:
Hubo alguna vez pasajes al Viejo Mundo, brechas extrañas, caminos escondidos… das la vuelta y súbitamente te encuentras cara a cara con el gran misterio. El origen de todas las cosas... Aunque ese Viejo Mundo ha desaparecido, está enrollado y guardado en algún lado, aún puedes sentir su eco.
Se podría decir que esto es redundante ya que la imagen debería ser suficiente, pero las palabras funcionan, el ritmo y cadencia de la narración establece un diálogo y contraste por momentos sublime con la cinematografía. La actuación emocionalmente contenida de Edgerton es fundamental y notable por su silencio, sus miradas, gestos y expresiones. La fotografía enfatiza la luz de atardeceres con intensos destellos rojizos en los cielos, fulgores encendidos que evocan incendios celestes y parecen presagios de las flamas que devorarán la tierra. Asimismo, la pista sonora, con ecos minimalistas de Bryce Dessner, es fantástica para acentuar la tensión atmosférica y culmina con una afortunada canción de Nick Cave.
Grainier no sabe o no puede expresar su angustiaante la destrucción. Sin embargo, su compañero Arn Peeples (William Macy), un viejo leñador que ya no tiene la fuerza necesaria para ese trabajo brutal, pero que se ha reinventado como impredecible experto en explosivos, dice que cortar árboles que han estado ahí por quinientos años tiene que perturbar el alma. Él sabe que la herida que su trabajo está dejando en la tierra, enla memoria de los suelos, “en el tejido de un mundo que está intrincadamente cosido”, es indeleble. “No sabemos cómo afecta el diseño de las cosas cada hilo que arrancamos. Somos como niños quitándole las tuercas a la rueda de la fortuna, creyendo que somos dioses”. Años después Claire (Kerry Condon), agrimensora del servicio forestal, le explica a Robert que cada pequeña parte del bosque es esencial para su equilibrio y que esa tierra estuvo bajo un glaciar de un kilómetro de hielo. Robert entiende que todo es transitorio.
El título contrapone la idea del tren como símbolo de transformación,a la inmaterialidad fugaz de los sueños. Estos no son sueños de progreso, sino más bien de las consecuencias de la mecanización. Arn, quien afirmaba que su familia estaba en cualquier lugar donde encontrara sonrisas, cae en un accidente en la “batalla” contra los árboles y tiene una muerte lenta pero sin agonía, en la que puede ver la belleza de todo, invisible para los demás jornaleros. Arn parece descubrir que la naturaleza también agoniza en un mundo pesadillesco de voracidad tecnológica criminal. Esa es la revelación que nos queda y que se aplica a nuestra realidad actual.