Decálogo de Memphis

En el Deep South de Estados Unidos que incluye Alabama, Misisipi, Louisiana, Georgia y Carolina del Sur se encuentra el sitio de nacimiento de William Faulkner y su tumba también; el lugar donde Flannery O’Connor escribió cuentos; la casa en la que nació Carson McCullers. Ese viaje literario es en parte el tema de esta crónica de Federico Guzmán Rubio, pero esencialmente la ciudad de Memphis, Tennessee, “un género musical, una canción y un alcohol”.

Decálogo de Memphis Foto: Arte digital > A partir de una fotografía de Beale Street > Belén García > La Razón

TIN ROOF

Un buen bar es una ciudad, pero una ciudad no puede ser un bar. Salvo si se trata de Memphis. Hay otras ciudades que lo intentan. Pienso en Tijuana, pero en Tijuana no nació nada, salvo Tijuana y el margarita, lo que tampoco está tan mal. Pienso en Las Vegas, pero de ella sólo han salido y siguen saliendo algún súbito millonario y turbas de tipos más arruinados de lo que llegaron, nada que valga mucho la pena. Pienso en Nueva Orleans y la cosa se complica, porque tiene el jazz y a Capote, lo que es más de lo que casi cualquier ciudad del mundo puede presumir, pero a Nueva Orleans la mató su merecida fama y ahora es un decorado para spring breakers en busca de carnaval. Y la cosa no acaba allí: Memphis es también un género musical, una canción y un alcohol. En Memphis nació el blues, se escucha permanentemente “Stand by me” en un bucle sonoro capaz de enloquecer al turista más comprometido, y forasteros y locales beben bourbon para olvidar respectivamente de dónde vienen o de dónde no han podido salir. Para su fortuna, Memphis sigue siendo un hoyo pestilente perdido en el Sur de Estados Unidos. No hay nada para ver y nada para hacer, salvo emborracharse con el mismo entusiasmo con el que en Roma se visita la Fontana de Trevi o en Atenas el Partenón, y concluir, ya mareado, que un bar con peste a vómito es también, a su manera, una cumbre de la civilización, tan deprimente y conmovedora como cualquier otra. Cosas de borrachos.

PEOPLES ON BEALE

El propósito es tan infantil como ambicioso: tomarse un trago en cada uno de los bares de Beale Street. Si Memphis es un bar, Beale Street es la barra. Son apenas tres cuadras, peatonales, obviamente, por aquello de que a los borrachos no se les da muy bien cruzar la calle pero sí chocar contra sí mismos. La perfección del decorado está fuera de toda discusión, al igual que se trata de un decorado: las luces de neón en forma de instrumentos musicales que rinden tributo a un pasado cuya turbiedad se deja de lado; los bares que se alternan con las tiendas de souvenirs, aunque la distinción es más bien ociosa, pues el souvenir más típico de Memphis es una buena cruda, y si es de calidad dura dos días enteros; los autos clásicos siempre encerados y posando estáticos, resignados con una tristeza de acero a simbolizar el paso del tiempo y ya no la velocidad; las hordas de turistas gringos que lo mismo podrían estar en Cancún o Los Cabos, alguno incluso en traje de baño, y que aquí, al menos por una vez en la vida, dado que estamos en su territorio —en lo más profundo de él— brindan color local. Además de por un arco turístico también con luces de neón, la zona peatonal y etílica de la calle está delimitada en cada uno de sus extremos por un par de patrullas, con sus torretas encendidas para ellas también contribuir con el escenario. Pero esa escenificación es lo único real y, como tal, atemorizante. Fuera del reflejo de esas luces rojas y amarillas está, literalmente, la oscuridad, y en esos extremos de la calle nadie se hace responsable de los borrachos ni de los sobrios, pues es ya la Memphis real, donde nadie tiene ningún asunto que resolver, salvo que la vida le haya pasado una mala jugada. La diversión y la seguridad están entre un grupo de patrullas y el otro, y todo lo de afuera es simple realidad, a donde, de ser posible, uno nunca se debe aventurar, en ninguna parte y bajo ninguna circunstancia, pero mucho menos en Memphis.

RUM BOOGIE CAFÉ

Felizmente predecibles, vinimos al Deep South en un viaje literario. Rowan Oak —la casa de Faulkner— estaba cerrada, la desviación para Andalusia Farm —donde Flannery O’Connor escribió sus cuentos— era demasiado extensa, y hasta meses después nos enteramos de que podía visitarse la casa natal de Carson McCullers en Columbus. Pero rociamos la tumba de Faulkner en Oxford con algunos chispazos de bourbon, caminamos por la encantadora Savannah donde O’Connor pasó sus primeros años y en el barrio francés de Nueva Orleans recordamos alguna obra de Tennessee Williams. Más allá de la peregrinación a sitios concretos, hicimos el debido esfuerzo para sentirnos en medio del gótico sureño durante todo el viaje, entre plantaciones y mansiones sacadas del set de Lo que el viento se llevó —que no pudimos conocer porque las entradas eran demasiado caras— y nos cuidamos tan bien de los vampiros en los pantanos de Louisiana que decidimos no visitarlos por falta de tiempo. Ante todo, el nuestro era un viaje literario a través de la geografía leída, y llegados a este punto da bastante igual lo que se mire porque uno se las ingenia para mirar lo que leyó. Por si fuera poco, ya en Memphis, a la literatura había que agregar la música, en formato de cóver, no sólo en lo que respecta a una balada de blues, sino a una ciudad entera que se esmeraba en lo imposible: crear una versión digna de la original. Y luego estábamos nosotros, cuarentones desesperados por imitar a los jóvenes que fueron, en medio de una escenografía perversamente diseñada para ello. Una mentira dentro de otra mentira dentro de otra mentira. Y como bien lo sabe el barroco —y el Deep South es fatalmente barroco por caribeño—, la forma más directa de llegar a una verdad es a través de una larga serie de mentiras irrefutables.

Rum Boogie Café ı Foto: Especial
EN MEMPHIS, A LA LITERATURA HABÍA QUE AGREGAR LA MÚSICA, EN FORMATO DE CÓVER, NO SÓLOEN LO QUE RESPECTA A UNA BALADA DE BLUES, SINO A UNA CIUDAD ENTERA QUE SE ESMERABA EN LO IMPOSIBLE: CREAR UNA VERSIÓN DIGNA DE LA ORIGINAL.

CLUB HANDY

Sólo tenemos una noche en Memphis, lo que vuelve a la ebriedad más perentoria. Por una vez beberemos de verdad como si no hubiera mañana, porque no lo habrá, al menos para nosotros, en Memphis. Lo que no tomemos esta noche no lo tomaremos nunca, mientras escuchamos viejas canciones de blues que ni siquiera conocemos y estemos ya hartos de escuchar las tres o cuatro que sí conocemos, empezando por “Stand by me”, aunque no nos atrevamos a confesarlo. Estamos en la barra Gabriela y yo. En nuestros dieciséis años como pareja habremos bebido juntos en cientos de bares, y nuestro plan es aumentar esta noche la lista en al menos una decena. Ya no somos, claro, los de antes: bebemos con más cautela, acechados por el pasado que puede salir a flote, el presente que se puede salir de control y el futuro inmediato con una terrible jaqueca como única certeza. Pero si Memphis celebra un pasado glorioso del que no queda nada con el estruendo de tres canciones simultáneas en algún punto de Beale Street, nosotros podemos hacer lo mismo: fingir que todavía sabemos cómo irnos de parranda, sentirnos por una última noche criaturas de la noche y comportarnos en un bar como en nuestro entorno natural. Es patético y es maravilloso. La calidad de las bandas y, sobre todo, la voz de los vocalistas en cualquiera de los bares es asombrosa. El alcohol, tristemente, es pésimo. Empezamos tomando cerveza de barril que nos sirven en vasos de plástico, como en fiesta universitaria. Después cambiamos a Jack Daniel’s, a precio de oro, para recibirlo también en un vaso de plástico. Así nada puede saber bien. Un whiskey a precio de oro en vaso de plástico, quizás ése sea el mejor resumen deBeale Street. Pero al cuarto trago eso ya poco importa y brindamos, una vez más, por nosotros, y aunque no se escuche el choque de cristal de los vasos conseguimos un instante verdadero.

Club Handy ı Foto: Especial

CLUB 152

Desconfío de la música. La música te hace sentir que todo está bien, que todo va a estar bien. Y no es verdad. Todo se está jodiendo todo el tiempo. La música está hecha para mentirnos a nosotros mismos, para hacernos creer que existe la armonía, para identificarnos con una serie de sonidos que no significan nada salvo lo que queramos que signifiquen. El alcohol es igual, pero al menos no esconde sus peligros. En el Club 152 —o quizás fue en el Juke Joint o en Rum Boogie, qué más da— escuchamos a una vocalista que canta para nosotros. No conozco la canción y no entiendo la letra, así que dice lo que quiero que diga. La voz me recuerda a la abrasante desesperación de Nina Simone. Estoy en Tennessee, ya no muy lejos del delta del Misisipi, así que tenía que conseguir una voz que me recordara a la de Nina Simone. Eso es lo que logran la música, el alcohol y el turismo: forzar al mundo a moldearse a nuestras expectativas. Por primera vez en la noche veo a un par de tipos bebiendo solos en la barra, concentrados en su trago. A pesar del plástico, el whiskey brilla en el vaso: un fuego diminuto dispuesto a iluminar y a quemar hasta el último segundo. Hazme caso: si encuentras un consuelo en la música y si bebes solo y no haces sino mirar al vaso directamente a los ojos, ponte en guardia. Es hora de huir o de regresar.

BLUES HALL JUKE JOINT

Éste es uno de los pocos bares que reconozco en las fotos de Google, lo que ignoro si habla bien o mal de él y de mí. Una noche de juerga no es tal si se recuerda a la perfección. Si hubo algo memorable en ella, habrá que ir reconstruyéndolo a base de fogonazos, versiones de los involucrados, recuerdos fugaces que aparecen y desaparecen caprichosamente, siempre transformados. Esa noche nos quedaba claro que todos los bares eran idénticos y diferentísimos, y claro que nos propusimos averiguar cuál era nuestro preferido para tomar la última copa en él, sintiéndonos, por un triste segundo trago, parroquianos de toda la vida. Venturosamente, no lo logramos. En todos había música en vivo, fotos autocelebratorias, LPs firmados, algún instrumento con placa informativa para hacer sentir que el sitio es mítico y cobrar la cerveza a precio de leyenda, mingitorios que no se lavan desdela última vez que W. C. Handy orinó en ellos y turistas venidos de todas partes de Estados Unidos, incapaces de ver cómo su país extermina lo más auténtico y valioso de sí mismo para convertirlo en una recreación dolarizable, a grado tal que el simulacro es su aportación más genuina a la historia universal de la cultura. Escribo esto mientras recorro Beale Street en Google Maps, en mi propia simulación íntima, y dudo en qué bar realmente entramos y cuál me parece conocido simplemente porque, por una cuestión de principios, todo antro siempre me parecerá un lugar familiar. Claro que no hice el ridículo de ir de bar en bar con mi libreta de notas, tomando apuntes de lo que me parecía más significativo, cometiendo la vulgaridad de intentar convertir esa noche en literatura mientras ocurría. El alcohol y la música son para la vida; se escribe en silencio, con un vaso de agua. Y considero un triunfo que esta crónica no le haga justicia a esa noche.

Blues Hall Juke Joint ı Foto: Especial

BLUES CITY BAND BOX CAFE

A principios de los sesenta, Gabriel García Márquez vivía en Nueva York, donde trabajaba como corresponsal de Prensa Latina. Por dificultades profesionales, decidió trasladarse a vivir a la Ciudad de México, donde empezaría una vez más una nueva vida y escribiría al fin su gran novela. Lo lógico hubiera sido tomar un avión y listo, pero el escritor decidió emprender el trayecto en auto, junto con su familia, con un objetivo explícito: recorrer el Deep South y ver con sus propios ojos el condado de Yoknapatawpha, que sólo existía en las novelas de su admirado Faulkner. Se sabe que si había algo que le gustaba a García Márquez era hablar de sí mismo y mitificar su pasado, al que llenaba de medias verdades y mentiras descaradas para volverlo legendario. De otros viajes escribió hasta libros enteros, sin embargo, del Sur nunca contó absolutamente nada, ni una sola palabra. ¿Por qué decidió García Márquez mantener como un secreto ese viaje tan anhelado? Sólo el Sur lo sabe.

B.B. KING’S BLUES CLUB

Miento al afirmar que no hay nada para ver en Memphis. En el número 3764 de Elvis Presley Boulevard está Graceland, su residencia, y en el número 450 de Mulberry Street está el Lorraine Motel, donde Martin Luther King fue asesinado, lo que no fue mérito suficiente para darle su nombre a esa calle del centro. La mansión que construyó Elvis, en la que murió por una sobredosis de calmantes y golosinas, es uno de los ejemplos más destacados del kitsch estadunidense, lo que no es poca cosa: un menjurje de terciopelo rojo, lentejuelas azules, lavabos de oro, cuero blanco, osos de peluche, columnas dóricas, alfombras en el techo y aviones en la cochera que condensan la más auténtica superficialidad. El Lorraine, por su parte, tiene la virtud de parecer el modelo en el que se basaron los miles de moteles que ofrecen un hogar de paso para los viajeros estadunidenses, y el hecho de que el reverendo King haya sido asesinado allí no me parece una casualidad: la vida es una estancia de una sola noche que se paga por adelantado, propicia para los amores prohibidos y, si uno tiene mucha suerte, con televisión y aire acondicionado. Elvis Presley y Martin Luther King, Martin Luther King y Elvis Presley: en esas dos figuras bien puede verse un resumen del espíritu gringo. El juego da para mucho, y los paralelismos y las contraposiciones que pueden hacerse son innumerables. Me quedo con que el hombre que representa el sueño americano y la posibilidad de triunfar viniendo de ninguna parte murió en su mansión con bares y barras en cada rincón sin nadie con quien tomarse un trago, mientras que el hombre que representa la lucha por la justicia fue asesinado en un motel de mala muerte en el que se hospedaba para sumarse a la huelga de los basureros negros de la ciudad. Estamos en Memphis, así que tiene que haber música: las últimas palabras de Martin Luther King estuvieron dedicadas a un músico que tocaría esa noche, a quien le pidió que interpretara “Precious Lord, Take My Hand” de la forma más hermosa que pudiera, y si Graceland tiene una ventaja indiscutible es que es el único sitio de Memphis donde uno tiene la certeza de que no escuchará “Stand by me”, todo lo contrario del B.B. King’s Blues Club.

B.B. King's Blues Club ı Foto: Especial

KING JERRY LAWLER’S HALL OF FAME BAR & GRILLE

Como en tantas barras, había un espejo enorme que nos reflejaba mientras platicábamos. Estábamos obligados a vernos. Seguíamos bebiendo, por más que el cuerpo ya no quisiera recibir alcohol, pero resistíamos. Ambos presentíamos lo que nos esperaba a la mañana siguiente: una cruda desmesurada y un largo viaje en carretera hasta Natchez, a lo largo del Misisipi, en el tramo final del río. Dejamos nuestra copa a medias, lo que fue una derrota pero también la señal de que planeábamos seguir camino. Esa noche no dejamos de conversar y de reírnos, y sin embargo nunca dijimos lo que ambos sabíamos. Algo terminaba y algo empezaba, y eso siempre está bien. A su manera, Memphis seguía siendo Memphis, y lamentarse por que no fuera la de hace setenta años no dejaba de ser idiota.

King Jerry Lawler's Hall Of Fame Bar & Grille ı Foto: Especial
CÓMO CAMBIA EL SIGNIFICADO DE UNA CANCIÓN.SI LA LEYENDA DICE LA VERDAD, EL BLUES SURGIÓEN LAS PLANTACIONES DE ALGODÓN, ENTRE LOS ESCLAVOS, COMO UN LAMENTO POR LA TIERRA QUE HABÍAN PERDIDO Y POR EL INFIERNO QUE HABÍAN GANADO A CAMBIO.

THE ABSINTHE ROOM

Era enero, hacía frío, a la noche no le quedaba mucho para seguir siéndolo y por primera vez desde que llegamos Beale Street lucía casi sola. Entramos a uno de los pocos bares que seguían abiertos. Para nuestra sorpresa, estaba casi vacío, y un músico tocaba la guitarra y cantaba para dos mujeres completamente alcoholizadas que lo festejaban en la barra, de manera excesiva, con una mezcla de misericordia y admiración. El turismo al fin se había quitado el maquillaje y mostraba su verdadero rostro de sordidez. Bebíamos por obligación —a eso habíamos ido— y ya con un poco de nostalgia, pues sabíamos que ésa sería una de nuestras últimas juergas. Las dos mujeres salieron tambaleándose, a saber si abrazadas o sosteniéndose, en caso de que sean actos distintos. Gabriela y yo éramos los últimos clientes de la noche, y el músico no parecía inmutarse y seguía tocando para nadie. Cómo cambia el significado de una canción. Si la leyenda dice la verdad, el blues surgió en las plantaciones de algodón, entre los esclavos, como un lamento por la tierra que habían perdido y por el infierno que habían ganado a cambio. Esa noche un músico negro, descendiente de esos esclavos, entonaba esas mismas melodías para contentar a un puñado de trasnochadores hambrientos de autenticidad. La noche estaba a punto de acabar y a la vez parecía no tener fin. Pedimos la cuenta y nos marchamos, y el músico seguía tocando y cantando.

The Absinthe Room ı Foto: Especial

Lo último que recuerdo haber pensado es que la música sólo es verdadera cuando no se toca para nadie, y nosotros también nos marchamos abrazados, con la esperanza de que ese músico siguiera tocando por siempre, a pesar de los turistas, del bullicio de Beale Street y de nosotros. Hay un instante en la noche, imperceptible y fugaz, cuando Memphis canta para ella, sólo para ella misma.