Había sido la posada del trabajo. Perdí el conocimiento después de ocho cervezas en menos de dos horas. No recordaba casi nada. Sólo algunos flashazos. Al menos no tenía mensajes de despido ni amenazas demuerte. Me habían contado que traté de bailar con la bandida culpable de mi borrachera. Mi amnesia, en realidad, cuidaba de mi pena: no recordaba ni una mierda.
Era la reacción a tres días de alcohol, prostíbulos asiáticos, hierba de dispensario y algunas rayas. Iba roto, y cuando te topas con alguna bandida igual de rota, te rompen más. Quisiera decir que ella fue Kintsugi, pero no fue así. No existe el amor propio y cualquier sustancia, persona o emoción, llena el vacío de forma momentánea. Después vuelves y te das cuenta de que no ha pasado nada: sigues justo donde mismo. A la espera de un mensaje que te suelte dopamina, idealizas lo más fácil y corriente. Colocándole una máscara falsa de amor.
Ella se había ido a vivir con el tipo. Y a mí me tocaba verlos por la estación en las mañanas. Después de haber recorrido cada sentimiento de su piel morena. Como muchos lo habían hecho antes. En mi cabeza resonaba una conversación ebria con mi amigo chileno:
—Concha de tu madre, weón, es una adicta a la pija y tú la trataste como a una niña de casa.
—En el fondo tiene buen corazón.
—Weón, nunca dejó al culeado ése. Te utilizó para su juego perverso de hacerle daño a él.
—Al menos él la tiene. Aquí, como siempre, el perdedor soy yo.
—Sí, weón, mientras se tira a quien se le hincha la hueá. Como dicen ustedes los mexicanos, si serás “pendejo”.
—Así es, padrino. Actué desde la puta herida, y lo que pensé que era conexión era intensidad vacía.
—Tantos libros, tanta calle, y caíste… ¿cómo pudiste ser tan ciego, tú que según ves tanto?
Me apodan el alemán. Por ojetes. Si algo no soy es güero. Vine a Vancouver a trabajar como milusos de cocina. Un empleo agotador, aquí todos somos carne de prostíbulo.
EN UN LOCAL DE TATUAJES en Chinatown, desde el sexto piso vi llegar una camioneta con mercancía: bolsas, zapatos, vestidos, cinturones... Louis Vuitton y Dolce & Gabbana. Dos blancos con pinta de hijos de la anarquía manejaban el comercio. En menos de diez minutos quedó todo limpio y aquí no pasó nada.
—Vienen todos los jueves a la misma hora —me dijo el tatuador mientras enrollaba un billete de cinco dólares para inhalar desde un extremo—. Roban en las tiendas caras por la noche. Tienen permiso de los Ángeles del Infierno. Todo está en cien dólares. ¿Qué, güey, no quieres? Es sin corte.
La cara se me durmió y el estómago se me limpió. Pura crema directa del cuadro. Eso y el whisky hicieron que olvidara a dónde iba. Cuando recuperé la conciencia estaba en la esquina de Hastings y Main. Basura útil e inútil por el piso. Olor a tabaco, alcohol y orines. Me incorporé. Ya no tenía llaves ni audífonos. Entraba en dos horas al trabajo y seguía ebrio. En un bolsillo encontré la bolsa de polvo que no era mía, medio porro y un chicle a la mitad. Las torres parecían indiferentes. Los carros, interminables. Alguien a lo lejos gritaba desesperado. Quizás por el fentanilo, la locura o porque el tiempo aplasta y desespera.
Prendí el porro. Me tranquilicé. Comencé a imaginarla bailando en algún antro con un desconocido. Se iría con él. El alma no está con quien debe, y al karma le importa un carajo la justicia.
Entonces llegó la posada. Iba destruido desde el principio. Unos buches de Jack Daniel’s Honey en la estación del tren habían prendido el cerro. Varios porros y el revoltijo de malas decisiones e ideas atrofiadas.
PRENDÍ EL PORRO. ME TRANQUILICÉ. COMENCÉ A IMAGINARLA BAILANDO EN ALGÚN ANTRO CON UN DESCONOCIDO. SE IRÍA CON ÉL. EL ALMA NO ESTÁ CON QUIEN DEBE.
Recordaba las caras de mis compañeros juzgándome. Amanecí en el sillón de un amigo. Me dijo que ella me había cuidado toda la noche. Mierda, otra vez el inconsciente buscando migajas de cariño en bandidas comunes. Mandé mensajes de disculpa y salí a la calle. Seguía pedo.
El local de masajes está camino a casa. Había salido el sol y algo había salido de mi sistema. Todo era más claro. La habitación de luces rojas: cama de masajes, sábanas viejas, olor a látex, limpiador de piso y lavanda del vaporizador. Cuadros de mujeres desnudas. Una bañera pequeña en una esquina. Muchas toallas.
Las chicas pasaron una a una; se veían frescas. Elegí a una asiática de cabello o peluca rubia. Para ellas ver a un joven es como un regalo. Te tratan bien, al menos por unos minutos. Hizo su trabajo rápido, con la experiencia de años. Después usó el traductor de su celular:
—¿Por qué vienes aquí, cariño? Eres joven y no estás feo. ¿Tienes problemas?
—Unos cuantos, nada grave.
—Veo pasar perdedores todos los días. Tú no tienes esa energía, hermoso. Quiérete. Consigue una niña decente. Este es el infierno, precioso. No vuelvas aquí.
Me dio un beso de aliento podrido: algo dentro estaba muerto, a pesar de su figura estética. Tez de mármol, abdomen marcado, senos firmes y delicados, pequeñas estrías en las caderas.
Ahí estaba de nuevo: terapeado por un demonio que me miraba con ternura. Mis amigos no me soportaban. En el restaurante no me soportaban. Yo tampoco me soportaba. El frío de Canadá me hacía sentir deseo de cariño, de atención. Una pizca de calor de alguna linda bandida rota me había llevado a la desesperación y aún faltaban muchos meses para que el maldito frío desapareciera. Y por el momento no podía regresar a casa. No me alcanzaba el dinero para volver a México. Pero sí para regresar al burdel el siguiente sábado. Aunque me corrieran. Como corren de este país a los que se les caduca el permiso.
El archivo personal de Poniatowska
