SE APROXIMA el festival CBGB 2026 con Patti Smith, Sex Pistols y Circle Jerks, entre otros. Este año se cumplen dos décadas desde que cerró el legendario bar musical por la gentrificación. También se cumplen 30 años que pisé su baño, célebre porque tenías que aguantar la respiración al entrar. Fue durante un viaje a Nueva York con el suizo loco Beat en 1996, un mes para hacer su reportaje sobre adolescentes embarazadas en Harlem y el Bronx, mientras yo trabajaba en uno de los hoteles en Manhattan. Al final del día buscábamos el gusano dorado bajo la tierra de la Manzana. Con el Village Voice a la mano descubrimos los antros de rock en aquella época terminal de Torres Gemelas y underground: el Continental, el Knitting Factory, el Coney Island High y la Meca del punk americano, el Country Bluegrass Blues. Todos desaparecidos.
Nos quedamos en el Carlton Arms Hotel de la calle 25, famoso porque recibe artistas del mundo que pagan su estancia con trabajo. Todo era arte, desde la entrada custodiada por el gato blanco Satanás, hasta la última habitación. Después del trajín y de la pizza diaria —sin repetir pizzería—, nos jalábamos con un jíter de Greenwich y la hierba del Washington Square Park en nuestro cuarte # 8, antes de salir a la excursión nocturna. Al CBGB fuimos tres veces, pero la primera impresión es la buena. Bajamos caminando por la 3ª Avenida hasta el barrio y la calle Bowery. Allí, en el 315, cruzamos la mítica entrada señalada con sus siglas bikers creadas por Gaut: CBGB omfug. A un lado tenían una pizzería, tienda de discos y merch; al otro, una galería de arte.
PERO NOSOTROS ÍBAMOS A TOMAR CERVEZA Rolling Rock en un maratón de garage, punk y heavy metal con siete grupos en acción: Ape, The Ton-Ups, Crotch, Torn, Shocktapuss, Whorgasm y Special Head. Sonaba durísimo. Era mucho más pequeño de lo que imaginaba, sin lugar para sentarse, retacado de personal que iba y venía dependiendo del grupo. Era negro, las paredes y el techo, el mobiliario y la barra, todo cubierto por un collage de fotos, calcas, flayers, graffitis, autógrafos, mensajes, recortes, dibujos y postales. Cualquiera podía escribir algo y percibir el olor a rock: sudor, cigarro, cerveza, marihuana, madera con brea, güisqui & vómito.
Entonces realicé mi fantasía de orinar en aquel baño histórico. Ya habían colocado tres mingitorios, dos tazas ydos lavabos, trataban de conservar los muros originales y se podía respirar sin miedo a infecciones. Pero nada me quitaría la emoción de firmarles la porcelana e imaginar que Dee Dee Ramone tiraba el mastique al lado. Dios bendiga a Hilly Kristal, a su esposa Karen y a su perro Jonathan por abrir este santuario de blues y country en 1973, porque terminó siendo la incubadora del punk. Beat y yo estábamos ahí para rendirle un tributo a nuestros héroes.
Fue un encerrón sudoroso y borregueado de música maciza desde la entraña de Nueva York. Terminamos con una pizza punk del tamaño de nuestro monchis y otras rondas de Rolling Rock antes de caminar al Carlton Arms. Noche de Please kill me.
El archivo personal de Poniatowska
