Colección de ausencias

En este ensayo personal Bibiana Camacho analiza los sentimientos que pueden inspirar los objetos particulares que uno elige para formar parte de la vida cotidiana. También cuenta su experiencia como tianguista de la ciudad y afirma que los tianguis son para ella un gabinete de escombros y un museo vivo de lo espontáneo. “Hallar un objeto que nos remita a nuestros propios y particulares pasados es equivalente a encontrar la huella de una ausencia”.

Colección de ausencias Foto: Especial

No sentí la ausencia, hasta después. Horas antes, por la mañana, cuando señaló mi muñeca preferida, asentí con la cabeza, yo misma la tomé de la cama y se la entregué en las manos. Mamá me preguntó claro y en voz alta si estaba segura. Sin duda, mi llanto posterior resultaba injustificado.

Las monjas, que se hacían acompañar por huérfanos para solicitar ropa y juguetes durante el fin de año, se pasearon por la colonia todavía durante algunos años más, hasta que desaparecieron. Yo solía buscar a aquella niña de ojos espantados y sonrisa tímida, que tan simpática me había parecido como para regalarle mi muñeca preferida. Pero jamás volvió a acompañar a las monjas, siempre cambiaban de criaturas. Le habría preguntado si se sentía protegida, acompañada y escuchada; si sus noches eran más tranquilas, si la soledad era menos profunda.

BIBIANA CAMACHO ı Foto: Especial

Luego me enteraría de que mis padres buscaron una muñeca igual, sin encontrarla. Hace mucho tiempo que olvidé su rostro, ropa y aquello que la hacía tan especial en mis afectos. Sólo recuerdo una terrible sensación de pérdida y añoranza. Para mí, en ese entonces, que entretenía mis largas horas de soledad platicando con mis muñecas, fue como perder a una amiga íntima.

No tengo claro en qué momento empecé a fijarme en las muñecas y muñecos viejos y ajados, para traerlos a casa. Sé que siempre he buscado algo en la mirada, en la confección del vestido, en el deterioro de la porcelana, del sololoy o en el funcionamiento delas extremidades. Tengo muñecas antiguas, de trapo, de porcelana, de plástico, musicales, con tres rostros, con sombreritos y zapatos de piel, con ropa interior de lino ya veces cojas o tuertas. También tengo algunos títeres y una pareja de personajes de la calle hechos de cerámica que se han vuelto inseparables. Entre muchos otros. Habitan en las repisas, dentro de vitrinas, en los libreros, acompañando a autores y autoras que me cuestionan desde un tiempo impreciso de sus vidas creativas.

Los hallazgos suelen ocurrir en los tianguis de chácharas, la mayor parte del tiempo reposan al lado de otros objetos viejos. A veces se adivina que habitaron un hogar estable con pocos sobresaltos: otras veces se nota que llegaron a trompicones. Encuentro fascinante la manera en la que los objetos pierden significado y vínculo para colmarse de otros con un sentido distinto. Una vez que han llegado al tiradero pierden su antigua función. Pienso en mi muñeca regalada, no tengo idea de cuánto tiempo permaneció en el orfanato, tampoco sé si fue compartida, heredada, disputada. Quizás al final, en algún final, terminó en un tianguis; despojada de los significados y afectos adquiridos en el orfanato, para adoptar otros. Cuando salió de la casa de mi infancia, en las manos de aquella niña, desapareció la función de apego y acompañamiento que tuvo para mí.

Las criaturas con las que comparto espacio se han convertido en damas, señores, ninfas, hadas, brujas, y vagabundos de mis sueños. El conjunto que tengo desde hace varios años no es una colección, o en todo caso es una colección irracional, pues no sigue ninguna regla de época, estilo o marca. Justo ahí reside el encanto de un nuevo hallazgo, el ansia por integrar a mi hogar un ejemplar que despierte mi interés obsesivo, gracias a un gesto, un tipo de tela, la confección del atuendo, el cabello o un defecto que me atrae.

Recuerdo a una mujer andrajosa que desplegaba su hogar justo enla esquina de mi viejo domicilio, en Bucareli. Canosa y de sonrisa ingenua, solía fijar con alambre muñecas viejas en los barrotes de la jardinera. Aparecía cuando la luz del crepúsculo iluminaba la ciudad y desaparecía al amanecer. Cuando regresaba del trabajo, la miraba a lo lejos, mientras preparaba el lecho donde pasaría la noche. Cuando pasaba frente a ella la saludaba y ella respondía entusiasmada. Un día la encontré llorando y me dijo que no entendía por qué se burlaban de ella, si era digna de amabilidad como cualquiera. No atiné más que a darle la razón. Días después, extrañada de no verla ocupar su lugar, me enteraría que unos desconocidos la habían matado. Me pregunté obsesiva e incansablemente durante varias noches por qué alguien querría matar a una mujer indefensa, sola, vulnerable. Luego me pregunté por sus muñecas, no por su destino, sino por la razón de que las hubiera elegido como compañía. Y recordé la mía, esa que regalé y, por tanto, perdí.

EN ALGúN TIEMPO UNO DE MIS EMPLEOS fue dedicarme a elaborar un catálogo de obra de un reconocido pintor ya fallecido. Debía no sólo identificar las obras, también trazar el árbol genealógico de las mismas, lo cual representó una labor sin fin, con sentimientos de frustración hasta que comprendí que los espacios vacíos de la historia también son parte de ella, dicen algo, comunican, señalan. Algunas obras habían sido adquiridas directamente en el estudio del pintor, otras en subastas y galerías, pero el origen de muchas de ellas era incierto y nebuloso. Porque la historia de los objetos habla de la historia de una sociedad, de una época, de una sensibilidad, de una búsqueda, de una obsesión. La historia con mayúscula suele pasar de largo estos, aparentemente, pequeños detalles, pero cuando uno se detiene a dialogar con los objetos y a conocer su historia con minúscula, el objeto adquiere otra dimensión.

En diferentes etapas de mi vida he sido vendedora en un tianguis. Heocupado un espacio en la calle para exponer mercancía y esperar a la persona indicada, la que atiende al llamado del objeto. Colonias Roma, Tránsito y Centro, justo en la Lagunilla, el corazón, durante algún tiempo, de los coleccionistas. De modo que alterno mi personalidad de buscadora de tesoros con la de ofertante. Observo, paseo, compro y vendo. Me sorprende la metamorfosis que se opera cada vez. Los objetos cambian, no necesariamente porque se vendan, sino porque los paseantes les otorgan nuevos significados, los enriquecen o los despojan de emociones, y eso les adjudica un valor económico. Resulta fácil percibir el brillo en los ojos, la nostalgia en el gesto y el deseo de poseer un pedazo de la historia propia o ajena, más que el objeto en sí. Cuando una muñeca, títere o criatura me atrae, intento disimular mi entusiasmo ante el vendedor, sin estar segura de lograrlo.

El tianguis es, ante todo, un archivo caótico, impersonal y profundamente evocativo. Hallar un objeto que nos remita a nuestros propios y particulares pasados, es equivalente a encontrar la huella de una ausencia. Los recuerdos son nebulosos y difusos, pero un objeto, una melodía o un olor tienen el poder de remitirnos a un momento de felicidad o tristeza. Esos instantes no se prolongan en el tiempo, son breves, poderosos, regidos por apegos; por eso, de manera orgánica, vuelven a nuestro espectro sensorial con los estímulos adecuados. Pasa el tiempo y los objetos desaparecen, son reemplazados, regalados, desechados, y el objeto que nos era tan preciado se esfuma, casi sin darnos cuenta. Por eso, el espacio temporal que se crea entre el objeto del pasado y el del encuentro es tan importante, pues no sabemos nada de su vida durante ese periodo, pero en cuanto lo intuimos, nos atrae con contundencia. Y ahí está la historia.

“LOS RECUERDOS SON NEBULOSOS Y DIFUSOS, PERO UN OBJETO, UNA MELODÍA O UN OLOR TIENEN EL PODER DE REMITIRNOS A UN MOMENTODE FELICIDAD O TRISTEZA. ESOS INSTANTESNO SE PROLONGAN EN EL TIEMPO, SON BREVES

Mis hallazgos, personificados en criaturas peculiares, representan una enciclopedia de mis ausencias, de mis añoranzas, de mi historia, y cómo la recuerdo. Cada vez que un objeto me llama, lo confino dentro en una gama de posibilidades que cobra sentido en mi casa, donde le busco un lugar. Tres muñecas han hallado un rincón en mi cama, tres seres híbridos en mi sillón de lectura, muchos en una vitrina que parece un condominio y otros repartidos en libreros, repisas y lugares improbables. He logrado hacinarlos entre libros cuadros y macetas.

El tianguis ofrece un conjunto de diálogos interiores, ausencias y añoranzas, imposible de organizar, hasta que los curiosos se llevan a casa objetos que cumplirán un propósito personal: libros de medicina, ilustraciones de moda, frascos de botica, marfiles, porcelanas, textiles, cerámicas, capelos, etcétera. Objetos que saciarán momentáneamente ausencias permanentes, porque las personas que coleccionan, tienen siempre un deseo incumplido, según Walter Benjamin.

EN MI EXPERIENCIA PERSONAL, los libros ocupan otro lugar. No compro novedades, a menos que estén facturados a mano y tengan un cuidado no sólo en su edición, también curatorial. Hay editoriales atentas al contenido y también al contenedor, porque ambos aspectos comunican, fascinan y enamoran. Dice Walter Benjamin que una de las pocas maneras que los seres humanos tenemos de organizar el caos es la colección y la biblioteca. Pero yo no estoy tan segura, mi casa es un caos de libros y de muñecos y muñecas, títeres y objetos peculiares, que desde mi punto de vista crean una armonía. Estoy segura de que una colección es por naturaleza desordenada, caótica, sorpresiva y estimulante. Además, presiento cierta intimidad entre las vidas contenidas en las páginas de los libros y la narrativa palpitante de los muñecos.

Me gusta creer que los objetos comunican cosas, no sólo un fragmento de su propia historia, sino una parte dela nuestra. Recuerdo una anécdota que me confió un librero del centro, especializado en historia. Durante años y por necesidad extrema, un poeta malogrado se había dedicado a vender los valiosos libros de su biblioteca, pero con el tiempo, no quedaba casi nada de ella. Un día llegó a verlo con una caja cuyo contenido no auguraba nada valioso. El librero aceptó la caja y le dio algún dinero, más por ayudarlo que por un interés comercial. Pasaron días y cuando decidió revisar el contenido, se topó con un libro de texto de quinto de primaria; la portada lo remitió a su infancia. Lo abrió por pura nostalgia y descubrió su propio nombre trazado con la caligrafía de su madre. Era el libro que había usado durante un año escolar hacía mucho tiempo, en un lugar remoto que no era la Ciudad de México. ¿Cómo fue el viaje de ese libro para encontrar, años y kilómetros después, a su primer lector?, ¿perteneció a otros niños?, ¿en cuántas casas cumplió su cometido educativo? Justo en ese tramo de desconcierto está la historia. Los objetos, después detodo, siempre tienen la capacidad de reafirmar la conciencia de una persona, la conciencia de nuestra propia biografía.

Colección de ausencias ı Foto: Especial

Afirma Benjamin también que el fantasma del vacío vive en la colección. Yo agregaría que la habita, la recorre y la disfruta. Una colección de objetos viejos nos permite mirar un fragmento del pasado sin saber lo que representó para otros propietarios en cierto momento de la historia. Como el libro de texto ajado y desencuadernado, hallado en una caja maltratada, sin valor comercial. Del mismo modo, una novela, un libro de cuentos, poesía o ensayo dicen más de lo que se advierte en la tipografía; también hablan del autor, de una época, de una manera de experimentar y crear.

Reconozco la escasa funcionalidad de mis muñecas, pero resalto su participación en mi escenario cotidiano, en el teatro de mi destino. Estoy segura de los espíritus que las habitan, no porque cobren vida, sino porque yo misma vivo de alguna manera en cada una de ellas. Por eso nuestro vínculo es tan estrecho. Percibo el pasado que reside en su interior sin entenderlo del todo, pero procuro captar los diversos matices de sus existencias y las compañías de las que gozaron en tiempos remotos. Quizá la añoranza permanente de la muñeca que regalé se deba a que quisiera recuperar la emoción de tenerla cerca, la confidencia, la magia que ocurría cuando hablaba con ella. Quizá la mirada triste y espantada de la niña que se la llevó, no sea sino el reflejo de mis propios ojos de infancia y tal vez aún los de ahora.

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A veces identifico a las personas que descubren en el gabinete de escombros del tianguis un objeto que activa su memoria y la posibilidad de lo vivido; con frecuencia se lo llevan, aunque su utilidad sea nula y su estética esté pasada de moda. Puede ser que represente una ausencia, algo que se ha desvanecido con el transcurrir del tiempo, pero que fue testigo y cómplice de una realidad evanescente. Los objetos también pueden plantearnos preguntas sobre el pasado que resurgen en el presente y nos interrogan de maneras distintas porque nosotros mismos ya somos otros. Así, devienen documentos de una experiencia vivida que reaparece como potencia y suceso en nuestras emociones, y confirman que cada uno de ellos representa un archivo que nunca se sabe cómo será leído con el paso del tiempo.

Por esa razón el tianguis me parece fascinante, pues sin duda es un museo vivo de lo espontáneo, un museo inesperado y decadente que exhibe y pone a la venta un rizoma de objetos, con su correspondiente carga afectiva y sus contradicciones. Objetos que sostienen una vida cuando el contexto desaparece, objetos que sólo importan por su belleza, objetos nostálgicos, objetos incómodos, objetos amados y odiados al mismo tiempo, objetos testigo afirman la existencia de alguien. Algunos objetos se ocultan hasta que alguien los nota.

“LOS OBJETOS TAMBIÉN PUEDEN PLANTEARNOS PREGUNTAS SOBRE EL PASADO QUE RESURGEN EN EL PRESENTE Y NOS INTERROGANDE MANERAS DISTINTAS PORQUE NOSOTROS MISMOS YA SOMOS OTROS

En una ocasión encontré en un puesto fragmentos de una vida familiar: fotos de vacaciones, eventos especiales, vida cotidiana; cuadernos de apuntes escolares, credenciales, cartas, etcétera. Ante este tipo de hallazgo resulta inevitable preguntarse el motivo por el cual esos recuerdos dejaron de cumplir una función emotiva suficiente como para resguardarlos. Quizá deshacerse de ellos sea una manera de seguir adelante. Tal vez ya no quede nadie para quien resulten significativos y entrañables. Así, la lectura histórica nos queda a nosotros, algunos espectadores, que interesados o no por los objetos, reconocemos la carga vital que todavía palpita. Y también como espectadores asignamos valores a la colmena vibrante que representa un puesto de tianguis: ob-jetos alterados, incompletos, incómodos, abandonados, desarraigados, de supervivencia, de continuidad, decontrabando, objetos que retornan, cifrados entrelíneas. Aquí la historia no es la acumulación del pasado ni la proyección del futuro, sino la fuerza de lo inacabado, que sólo la sensibilidad y el pensamiento nos pueden transmitir. Mientras observaba esos fragmentos de vidas pasadas, me pregunté, ¿a dónde van los afectos, las emociones y los sentimientos que nos atan al mundo y a los seres queridos, con los cuales hemos construido nuestra vida, cuando sólo queda el objeto que los representa?

El historiador Carlo Ginzburg llamó método indiciario a aquel que desplaza lo que supuestamente es esencial hacia lo marginal, a lo supuestamente superfluo, a lo dese-chable. El detalle que se creía prescindible permitiría encontrar la verdad. Se trata de mover la posibilidad de una verdad a otros terrenos más escurridizos, más difíciles de explorar, menos evidentes. A esto se agregaría la transformación de la verdad misma, que pierde cada vez más su carácter objetivo y estable.

Me concentro en las fotografías viejas cada vez que las encuentro y, sobre todo, cuando es evidente que pertenecen a un mismo núcleo familiar procuro aplicar el método indiciario de Ginzburg y me concentro en la búsqueda de detalles, en lo marginal que no es tan evidente: posturas ocultas, peinados fuera de lugar, planos disimulados, gestos perversos, para imaginar las personalidades en ese fragmento de su historia. Me gusta creer que, a veces, logro identificar realidades complejas u ocultas: rencores, incomodidades, mentiras. Estas fotografías viejas funcionan como objetos anclas u objetos testigos, que dan cuenta de vestigios de barrios, costumbres, modas y formas de pensar que ya no existen.

Afirma Benjamin que los verdaderos coleccionistas saben que han emprendido una misión imposible. Pero yo no soy una coleccionista y por lo tanto mi misión no es tan imposible, estoy segura de que un día se integrará a mi colección de ausencia la muñeca ancla de mi infancia, y por fin reconoceré algo mío que miré reflejado en ella hace mucho tiempo.

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