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CORTESANAS DE VENECIA

El siglo XIV fue una época muy especial para las féminas de la ciudad de la laguna; en efecto, en ningún otro periodo, exceptuando quizá la Antigüedad, habían podido gozar las mujeres de una vida tan independiente e incluso de cierta reputación comerciando con su cuerpo como lo hicieron entonces. Los documentos venecianos de aquel tiempo contemplan tanto a las simples prostitutas como a las cortesanas como uno de los factores económicos de la ciudad. Sin embargo, sólo estas últimas podían llegar a ser consideradas onesta meretrix, prostitutas honradas. Su mismo nombre, derivado del masculino cortegiano o miembro de la corte, refleja su elevada posición social, en contraposición con el estado de las puttana o prostitutas pobres. Las cortesanas no formaban parte de la buena sociedad, pero tampoco sufrían las grandes penurias de la época. Las mujeres jóvenes y hermosas que conseguían tener uno o varios amantes fijos que costeaban su alojamiento, manutención y vestuario y les pasaban una asignación mensual, vivían con cierto desahogo, y en algunos casos incluso podían permitirse algunos lujos que no hubieran estado a su alcance en ningún otro tipo de circunstancias. Ganaban tanto como las altas jerarquías eclesiásticas o un capitán de barco experto y el doble que cualquier artesano, de modo que no había ninguna profesión que ofreciera a una mujer tantas oportunidades financieras como ésta.

Marion Kaminski, “Las cortesanas de Venecia: ¿esplendor o miseria?”, Venecia, Könemann, trad. del alemán Marta Castañé, 2005.

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CALMA EN LA TORMENTA

La mano de Chloé, tibia y confiada, reposaba en la de Colin. Ella le miraba; susojos claros, un poco asombrados, tranquilizaban a Colin. Debajo de laplataforma, por toda la alcoba, preocupaciones y cuidados se amontonaban, buscando encarnizadamente sofocarse los unos a los otros. Chloé sentía una fuerza opaca dentro de su cuerpo, en su tórax una presencia de signo contrario, contra la que no sabía luchar; tosía de vez en cuando para hacer huir al enemigo, agarrado en lo profundo de su carne. Le parecía que, si respiraba hondo, se entregaría viva a la rabia ciega del adversario, a su insidiosa malignidad. Su pecho se elevaba apenas y el contacto de las sábanas estiradas sobre sus largas piernas desnudas infundían calma a sus movimientos.

Junto a ella, con la espalda un poco encorvada, Colin la miraba. La noche se aproximaba, se iba formando en capas concéntricas alrededor del pequeño núcleo luminoso de la lámpara encendida a la cabecera de la cama, apresada en la pared, encerrada en una placa redonda de cristal esmerilado. […]

Allí donde los ríos se arrojan al mar se forma una barra difícil de franquear y grandes remolinos coronados de espuma donde bailan los restos de los náufragos. Entre la noche que reinaba fuera y la lucecita de la lámpara los recuerdos fluían en la oscuridad, chocaban con la claridad y, ya sumergidos, ya a flote, mostraban sus vientres blancos y sus espaldas plateadas.

Boris Vian, La espuma de los días, trad. Juan Manuel Verdegal, Cátedra, 2004.

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MODIANO ADOLESCENTE

Recuerdo la fuerte impresión que experimenté después de mi fuga de enero de 1960, más intensa que ninguna otra que hubiera experimentado antes. Era el vértigo de cortar, de un golpe, todos los lazos: ruptura drástica y voluntaria con la disciplina que nos imponen el internado, los profesores, los compañeros de clase. A partir de ese momento, ya no tenemos nada que ver con todo ello; se produce una ruptura con nuestros padres, que no han sabido querernos y de quienes, nos decimos, no podemos esperar ninguna ayuda; sentimiento de rebelión y de soledad llevado a la incandescencia y que nos corta el aliento y nos deja un estado de ingravidez. Una de las raras ocasiones de mi vida en que fui verdaderamente yo mismo y seguí mi propia senda.

El éxtasis no dura mucho tiempo, sin embargo. No tiene porvenir. Pronto nuestro impulso es frenado en seco.

La fuga —por lo que parece— constituye una llamada de socorro y a veces una forma de suicidio. Pero al menos se experimenta un breve sentimiento de eternidad. No sólo hemos cortado los lazos con el mundo sino también con el tiempo. Una mañana, el cielo tiene un azul ligero y nada pesa sobre nosotros. Las agujas del jardín de las Tullerías están inmóviles para siempre. Como una hormiga que no acabase nunca de atravesar la mancha de sol.

Patrick Modiano, Dora Bruder, prol. Adolfo García Ortega, trad. Marina Pino, Seix Barral, 2014.

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EL REGRESO DE GIOVANNI DROGO

El paso de un caballo remonta el valle solitario y en el silencio de las gargantas produce un vasto eco; las matas de la cima de los peñascos no se mueven, inmóviles están las hierbecitas amarillas; hasta las nubes pasan por el cielo con especial lentitud. El paso del caballo sube despacio por el camino blanco, es Giovanni Drogo que regresa.

Es él, ahora que se ha acercado se le reconoce perfectamente, y en su cara no se lee ningún especial dolor. No se ha rebelado, pues, no ha solicitado la baja, se ha tragado la injusticia sin rechistar y regresa al puesto de siempre. En el fondo de su alma hay incluso una tímida complacencia por haber evitado bruscos cambios de vida, por poder volver tal cual a sus viejos hábitos. Se hace la ilusión, Drogo, de un glorioso desquite a largo plazo, cree tener aún una inmensidad de tiempo disponible, renuncia así a la lucha menuda por la vida cotidiana. Llegará un día en que todas las cuentas se salden generosamente, piensa.

Dino Buzzati, El desierto de los tártaros, trad. Esther Benítez, Alianza, 2013.

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VOGUELANDIA

Desde los tiempos de Safo nadie había levantado tanto fervor en torno a las mujeres como la plana editorial de Vogue. Prácticamente cada número nos presentan diosas despampanantes que a todas luces se hacen más perfectas, más imponentes, a cada vuelta de hoja. A veces la modelo Vogue salta a través de la página arropada en seda color moca, otras pilota un velero con tajamar de teca por las Antillas Menores, o se empina, con estatura Dior, frente a la torre Eiffel, entre atrevidos Renault que pasan zumbando (mas nunca la atropellan) posando en medio de la calle, con una pierna levantada, la boca abierta, los dientes relucientes, dos gendarmes guiñando los ojos al fondo, todo París enamorado de ella y su traje de cóctel de mousseline de soie.

Gay Talese, Retratos y encuentros, trad. Carlos José Restrepo, Alfaguara, 2010.

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EL MISTERIO DEL CREPÚSCULO

¿Qué es el crepúsculo de primavera? ¿Acaso hemos alcanzado el corazón de las cosas, acaso el camino se detiene aquí? Nos encontramos al final de nuestras palabras que, desde ahora, se hacen oníricas, disparatadas y locas. Sin embargo, es únicamente más allá de las palabras cuando comienza eso que, en esta primavera, es lo más grande y lo más indecible. ¡El misterio del crepúsculo! Es únicamente fuera de las palabras, allí donde nuestra magia ya no actúa, donde se despliega ese elemento inmenso y sombrío. La palabra entonces se descompone, se disuelve, regresa a su etimología, a su oscura raíz. He aquí que oscurece, las palabras se pierden en medio de vagas asociaciones: Aqueronte, Orco, Averno. ¿Sentís el soplo de las profundidades, de los sótanos, de la tumba?

Bruno Schulz, La primavera, trad. Jorge Segovia y Violeta Beck, Maldoror, 2009.

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