EL CORRIDO DEL ETERNO RETORNO

No estoy, me fui a ver a Iron Maiden

No estoy, me fui a ver a Iron Maiden Foto: Cortesía del autor

Una vez un niño me preguntó: “Carlos, por qué te dicen la Bestia”. Por culeros, le respondí. Por qué más. Y pues ya saben ustedes, entre familia hay que apoyarse, por eso fui al GNPene a ver a Iron Maiden. Los padres del 666. The Number of the Beast. Sacrificio. Celebrémoslo esta noche.

Todavía no me reponía de los estragos de la velada anterior. Pero así es la vida del cronista. No le queda a uno de otra que encomendarse a su dios. Y continuar con la chamba. Aunque eso conlleve que haya que ayudarse con un poco de periflais. Son los riesgos que entraña el oficio. Ni modo, se tiene uno que sacrificar. Como se sacrificó el mismo Bruce Dickinson. Recuerden que hace doce años fue diagnosticado con cáncer de garganta. Fue el resultado de esa honorable práctica conocida como “tomar agua del pozo”. Por suerte, la libró. Y gracias a ello estaba en México lindo y qué ritmo con Run For Your Lives World Tour, su gira mundial número 25. Qué aguante, uno cuando ya ha ido como a tres ferias del libro se quiere morir.

Algo me pasa últimamente. Todo se me olvida (hablando de, tengo que ir por mi bicicleta al taller, ya tiene allí cuatro días). No sé si es culpa de la edad, del alcohol, de una deficiencia de ácido fólico, o de todas las anteriores juntas. Sin embargo, milagrosamente, siempre me acuerdo de lo que pasa en los conciertos. No importa lo arreglado que ande. Atribuyo tal superpoder a mi labor de cronista. Tiene que salir uno de la experiencia con material que llevar a la página. Los días se me confunden. A veces no consigo recordar qué tarde comí en los tacos, en los caldos o en la cantina. Pero tengo tatuado en la memoria cada uno de los incontables pasos que tuve que dar desde que me bajé del metro hasta alcanzar el filtro del GNPene. Creo que ni siquiera los peregrinos del Camino de Santiago andan tanto.

DE LO QUE TAMPOCO ME HE OLVIDADO es del bendito año de 1992, cuando salió Fear of the Dark. Mi vida parecía un capítulo de Los Años Maravillosos. Me había mudado a una nueva colonia. Lejos de mi amado centro. De toda la palomilla con la que había compartido mi infancia. Y por supuesto que también había una Winnie Cooper, del subdesarrollo si tú quieres. A la que ya no podía ver todos los días. Pero lo que en realidad cambió mi paso por la secundaria fue el descubrimiento del disco. Que yo me compré en caset. Era la época en que la ciudad se comenzaba a expandir hacia los márgenes. No tenía vecinos de mi edad. Apenas si había casas habitadas. Vivía en la última calle de la colonia. A unos metros había una barda de ladrillo y detrás las vías del tren. Aquel casete fue mi única compañía durante los dos años que pasé en el exilio. Junto con otros, por supuesto. Pero “Fear of the Dark”, la canción, cobró un significado especial. Se convirtió en el himno de mi alienación. Y no fui el único al que le pegó con tubo. Todos mis compañeros de salón estaban obsesionados con La Doncella de Hierro.

Ya lo sé, soy una pinche contradicción con patas. Me caga que llueva en los conciertos. Nunca me quiero mojar. Pero aquella noche lo que más deseaba es que el cielo se quebrara. Que el aguacero me empapara. Sin embargo, al parecer Tláloc tenía otros planes. Algo muy raro, porque mientras gran parte del país se inundaba por la lluvia, en la Ciudad Godínez el cielo se estaba haciendo del rogar. Ya sabes, el arma cargada, pero hasta ahí. Y por qué no quiero que llueva, se preguntarán. No soy de los que se agripan con una chispeadita. No soy tan delicado. Pero con la humedad se hace grumos el periflais.

Me perdí casi a todo Anthrax, el telonero, sólo alcancé las dos últimas rolas. Pero ya estaba bien instalado cuando salió Iron Maiden al escenario. Ay, güey, me dije pelando los ojos al máximo. La ficción y la realidad se me confundieron. Ya no podía distinguir entre Steve Harris y Dave Murray y Eddie the Head. A ver, espérenme, me dije. Y me dio otro periflais para despertar. Me tallé los ojos. Y en efecto, ya me era imposible distinguir a los músicos de la mascota. Pinches momias en las que están convertidos. Pero bueno, mientras toquen chingón, qué importa si no se inyecten bótox en la jeta.

EN AQUEL 92 JAMÁS ME IMAGINÉ lo que veían mis ojos ahora, a un Iron Maiden entero. Arrojándonos como cartas marcadas sus malditotes mejores éxitos. Vaya setlist que se poncharon. Pura levadura. Echaron toda la carne al asador desde el principio, pero fue con “Chilakillers” cuando el olor a metalero en su jugo y sin bañar se hizo más potente. Jijo e su, me dije, ahora sí estoy oficialmente en un concierto de Maiden. Yo volteaba al cielo, pero el prodigio no se producía. Mejor que mejor, me dije. No quiero ni imaginar cómo va a oler este congal. La noche anterior supuestamente se iba a caer el cielo, y al final estuvo más seco que yo en una cruda de bacacho.

EN AQUEL 92 JAMÁS ME IMAGINÉ LO QUE VEÍAN MIS OJOS AHORA, A UN IRON MAIDEN ENTERO. ARROJÁNDONOS COMO CARTAS MARCADAS SUS MALDITOTES MEJORES ÉXITOS

Varias rolas después se dejaron caer con The Number of The Beast. Y el GNPene se vino debajo de tanto “no mames”, “ey ey ey ey” y “Bruce hazme un hijo”. Las llamaradas de fuego surgieron del mismo infierno y le quemaron las greñas tiesas a los metaleros que estaban pegados a la valla. A partir de ahí todo fue putazo tras putazo: “2 Minutes to Midnight”, “Run to the Hills”, “The Trooper”. Entonces salió el verdadero Eddie The Head. A blandir un hacha como lo haría un cholo de Neza con un cuchillo. El ambiente estaba cabronzote, y eso que se quedaron cortos con los efectos especiales. Pero fue gracias a eso que la música se situó en primerísimo plano y junto con la voz de Dickinson fueron el auténtico espectáculo. Más grande que cualquier artificio visual.

Y luego sucedió, fue como si Dios supiera que aquello era una multitudinaria reunión de mugrosos, comenzó a llover. Y para cuando sonó “Fear of the Dark” arreció. La sensación que me invadió fue la de una verdadera purificación. No quiero exagerar, pero creo que sí me lavó algunos pecados. Pero otra cosa sucedió también, desde la tierra, o quizá de más abajo, desde las mismísimas entrañas del infierno comenzó a subir un olor repugnante. Era la peste a metalero mojado. Pero ya estábamos todos poseídos. Ya no importaba. Todos, como el ejército de mugrosos que éramos, estábamos concentrados levantando el puño y coreando “Fear of the Dark” mientras la lluvia nos pegaba en la jeta. A lo que yo vine fue esto, me dije. Y volteando al cielo agradecí al dios de los cronistas por cumplirme mis deseos. Prometo no bañarme en tres días.

Espero que alguien esté grabando esto, pensé. Para mañana revivir el momento en YouTube: “Fear of the daaaaaaaaaaark”.