Aceleración, algoritmo y dinero

Aceleración, algoritmo y dinero
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Te lo dije, cabrón, que el de Frank Ocean sería de los mejores discos de esta época. Es un cambio de paradigma, casi como cuando cayó el Muro de Berlín...

Es el texto de un correo electrónico escrito por un exnovio, con el que desperdiciábamos el tiempo con mezcal, pachecos de mota y poppers, desgranando el primer disco de Frank Ocean cuando salió del horno, allá por el 2012, fantaseando con la inmadurez de estancarnos en los treinta y tantos hasta la muerte. No sabía mucho de él, desde que asumió su rol como Sugar Daddy, presagiando un poco la moda que hoy impera en algunos hipócritas submundos gay, sugestionados, dicen los ponzoñosos y una que otra inventada envidiosa, por las primeras letras de Lana del Rey. Después del sinuoso fiasco que siguió a su debut en vivo en el icónico Saturday Night Live, Lana del Rey —uno de los fenómenos musicales más interesantes de la década pasada— se propuso limpiar su nombre mediante una ortodoxa lucha por ser tomada en serio. Quiso mostrar que merece un lugar en el espectro indie, por méritos independientes a su belleza, feminidad de glamur deliberadamente decadente y avatares de redes sociales. Fue una alegoría que, sin buscarlo, marcó el pulso reincidente de la década: la impaciencia por demostrar, así sea superficialmente, cualquier posicionamiento.

Nada nuevo en la industria musical. Ya lo decía el crítico musical Lester Bangs en 1971: “Lo que debes hacer, si quieres tener éxito a lo grande, es buscar un modo de que se te asocie en la mente del público con sus compasiones y su sentido de ‘comunidad’, es decir, debes dejar claro que eres uno de ellos”. Vaya que Lana del Rey tuvo éxito. Sus discos se convirtieron en emisarios de una generación que buscaba forjar vínculos comunitarios, después de crecer en paralelo a la aceleradísima evolución de la conectividad. Y una estimulante forma de lograrlo fue mediante las denuncias lanzadas en redes sociales. Desde entonces, Lana del Rey ha sabido librar su lucha con talento y apetito de legitimidad, de una muy específica. Ha funcionado. Lo que a su vez construyó el respeto de los críticos. Hoy es, sin la menor duda, una artista seria. Tanto, que se ha vuelto de las consentidas en los soundtracks de películas aspirantes a un Óscar, donde su cursilería, supuestamente autodestructiva, se aprecia más que escuchando discos completos. Lana del Rey era más divertida cuando los indies la repudiaban, pues era capaz de burlarse de sí misma y sobre eso construía una alucinación vocal. Su disco Ultraviolence del 2014 tenía un poco de esa ironía. Hoy se pelea con las Drag Queens que la imitan, como le ocurrió a la draga Charlie Hides. Me comenta en entrevista Julián Woodside, quien estudia la evolución de la música y su impacto en las audiencias:

Esta década sin duda ha sonado a apertura: una canción de K-pop puede incluir en pocos minutos algo de electrónica, metal, dubstep y pop. Un artista mainstream puede ofrecer muchos estilos en un mismo disco, mientras que infinidad de videos y blogs desmenuzan las fórmulas tanto de lo pop como lo under, por lo que ya depende de cada artista si se casa, a conciencia, con un estilo musical y rechaza otro, si apuesta por lo retro, etcétera.

"Quizás la obsesión de Lana del Rey por ser reconocida como indie tenga que ver con que no es tan interesante, más allá de su estética encandilada por nostalgias infundadas".

Quizás la obsesión de Lana del Rey por ser reconocida como indie tenga que ver con el hecho de que, al final, su música no es tan interesante, más allá de la trampa de su estética encandilada por nostalgias infundadas, en especial, por crueldad sensualista arropada en los guiones de Mad Men.

Volviendo al exnovio: ni me acuerdo por qué terminamos. No niego que experimenté nostálgicos calambres al ver de nuevo su nombre en la bandeja de entrada. Aunque hubiera esperado más insinuaciones porno que reflexiones discográficas. Por alguna extraña razón, la década que recién terminó (o está a punto de terminar para los supersticiosos de la aritmética del calendario) nos empujó a plantearnos exámenes de conciencia melcochosos y cursis. Estimuló reflexiones existencialistas, propósitos más desmesurados que otros años y cartas de despedida, como si un inminente apocalipsis estuviera al otro lado del cerro. Tales sentimientos tuvieron impacto en la selección de los mejores discos de la década.

CON LA BRAGUETA bien pinche abultada, le respondí que no debía tomarlo como una sorpresa atómica. De hecho, era bastante predecible que un disco como Blonde fuera seleccionado por la Pitchfork, voceros ñoños de la corrección política, como el mejor disco de la segunda década del nuevo milenio. Negro y abiertamente homosexual, Frank Ocean es un rapero que saltó a la fama cuando su disco debut, Channel Orange, salió al mercado con la bendición del machista Snoop Dog (aunque ya en su etapa feligresa de tolerancia mariguana), lo que le hizo ganarse el reflector de la industria, hambrienta de marketing social.

Lo cierto es que lo de Frank Ocean es un R&B raperizado bajo el influjo de Atlanta. Es decir que como buen gay huye del minimalismo frío, rencoroso y evidentemente machista del hiphop (a diferencia de su pasado como miembro closetero del crew de Odd Future, donde militaban entre otros Tyler The Cretor, vinculados de algún modo al gangsta rap de Los Ángeles), para darle rienda suelta a las sensibilidades melodramáticas que nos caracterizan a los putos. Como yo retorciéndome cuando recibí el correo del exnovio. En cualquier caso, Channel Orange es tremendamente superior a Blonde, que salió cuatro años más tarde y sin la sensual experimentación a base de sampleos afeminados de funk, heredados de Prince, otro machote en tacones, como sucedió en su LP debut, sin duda uno de los mejores de la década.

[caption id="attachment_1099751" align="alignnone" width="696"] Kanye West, My Beautiful Dark Twisted Fantasy.[/caption]

EL CONSUMISTA TRIUNFO DE LAS MINORÍAS

Me atreví a la impertinencia de hablar del exnovio porque parto del hecho de que toda lista de discos se reduce a una chaqueta subjetiva.

Sin embargo, Frank Ocean encabezando los mejores discos de la década en Pitchfork, los mismos que colocaron álbumes de hiphop deslavado soberanamente para el consumo blanco (a excepción de Run the Jewels y que alcanzó a las redacciones mexicanas, críticos que antes idolatraban a Ximena Sariñana de pronto ya eran fanáticos de Kendrick Lamar, como si en su adolescencia se la hubieran jalado con Nas, cosa que desde luego no pasó), decía, ponerlo como de los mejores del año es una muestra del rumbo exhibicionista que tomó la música en la década de 2010. Esos años fueron acaparados por la ideología progresista que pateó el desmadre, reduciéndolo a una especie de vicio anticuado, y motivada por cierta autopercepción liberal, alejada de cualquier infalibilidad y esclavizada patológicamente a la adicción por las apariencias digitales, con mucho filtro de Instagram y una insoportable superioridad moral.

Rolling Stone se dejó llevar por lo mismo, escogiendo My Beautiful Dark Twisted Fantasy, del mejor conocido como esposo de la Kardashian mayor, Kanye West, lanzado en 2010, como el mejor disco de la década. Cuando los discos de West no eran ganadores en algunos de los diez años pasados, las primeras casillas de Rolling Stone fueron ocupadas por trancazos de mainstream femenino a lo Adele, Taylor Swift, Lorde o de plano Lady Gaga, el primer icono gay que hizo de la tolerancia y la inclusión un discurso descaradamente lucrativo, basado sólo en la gratificación de la superficie, que gastó mares de saliva y efectos especiales para decirnos que lo importante era nuestro interior diferente. Pero lo hacía con monstruosos disfraces más grandes y pesados que su propia estructura ósea, porque el interior de Gaga debe ser insuficiente como para quedarse sólo con su voz y su nariz defectuosa, según ella misma la describe.

Es una sintomática casualidad que los discos de Kanye West, casado con la ultrafamosa Kim Kardashian (cuyo talento es vender la autoexplotación de su narcisismo hiperconsumista como modelo de realización personal, frente a las cámaras del reality show más famoso del mundo), sean elevados al nivel de los mejores de la década. Con sus voluptuosas nalgas, las Kardashian aplastaron la lógica más elemental del discurso feminista y aun así inspiran el optimismo de miles de seguidores que ansían respirar como ellas. Basta ver a docenas de drags que adoptan el apellido Kardashian en sus nombres artísticos. Es comprensible que Pitchfork, Rolling Stone e incluso Spin y New Musical Express del Reino Unido quisieran promover una imagen fraternal en contrapeso a los ponientes de derecha estimulados por la era Trump. En el fondo sólo engordaron un legado que consiste en emancipar el culto al narcisismo en video, toda vez que el actual presidente de Estados Unidos proviene, precisamente, de la cultura de los reality shows y ha hecho de Twitter su departamento de comunicación social, mucho más efectivo y certero que el personal de la Casa Blanca. Al igual que las Kardashians,  se ha apoderado así de la cultura pop y mediática de los últimos años.

"Es una sintomática casualidad que los discos de Kanye West, casado con Kim Kardashian,  sean elevados al nivel de los mejores de la década. Con sus nalgas, las Kardashian APLASTARON la lógica más elemental del discurso feminista".

Es semejante a lo sucedido con el Lemonade de Beyoncé —lanzado en 2016—: una multimillonaria, exintegrante del combo de pop cuasi prefabricado Destiny’s Child, que descubre la intersección del feminismo negro como quien prueba los quelites por primera vez. La crítica se volcó a halagarla sin pizca de sospecha, cuando Mathangi Maya Arulpragasam, mejor conocida como M.I.A., abordó esas mismas intersecciones en los tres discos que sacó en la década pasada, con los mismos sampleos de hiphop complaciente, pero eso sí, con letras de coqueteo terrorista. Con todo y que M.I.A. es medianona al momento de escribir rimas de hiphop, a su lado lo que hace Beyoncé parece feminismo de Wikipedia, me dice Lu Serrano, locutora radial y especialista en rock hecho por mujeres:

La capitalización de un fenómeno social y cultural tan poderoso y urgente como los feminismos es natural en un sistema como el nuestro. El feminismo es cooptado como etiqueta por quien busca capitalización antes que representación, reflexión y conversación. Que la música esté hecha por mujeres no significa que sea feminista, desde luego. Son caminos muy distintos. Lo que tampoco es decir que toda iniciativa que se bautice como feminista sea siempre oportunista. Por ejemplo, las iniciativas de festivales feministas donde el cartel está conformado en su mayoría por mujeres y personas no binarias, y las leyes de cupo femenino en festivales como el que recién pasó en Argentina, no son oportunismo feminista, sino acciones colectivas de organización desde los feminismos que buscan remediar la abrumadora monotemática masculina que sólo refleja a una parte de la población del mundo.

Pensé que M.I.A sería de las más mencionadas en los discos de la década, pero fue opacada por la línea editorial de Beyoncé, en la que se encuentran Solange o Lizzo, un funky de mensaje progresista e inofensivo.

Julián Woodside afirma que “el espectro de escucha del público en general se ha diversificado, a pesar de que los fundamentalistas repitan neciamente lo contrario, como si estuviéramos en los ochenta”. Y creo que tiene razón. Si algo noté en la década pasada fue la unificación de la crítica musical, desesperada por encumbrar discos que a huevo tuvieran que decir algo, sobre todo acorde a los tiempos de cambio acelerados. Ahí están reseñas lamiéndoles los huevos a los británicos Idles, que si bien su borlote de hardcore suena encabronado y honesto, las letras los hacen parecer odiosos hambreados de aprobación libertaria; la deconstrucción de la masculinidad en sus canciones se parece a los monótonos hilos de Twitter.

Bandas como Pissed Jeans o Hot Snakes, ignoradas por los críticos, cuestionaron su propio machismo con más desfachatez, como una caguama en el refrigerador, accesibles, sin esa predisposición a la culpabilidad de los Idles, que al final son como una variación de los Testigos de Jehová, portadores de un mensaje contra la masculinidad tóxica. Y contra los viejos. Los Idles fueron pioneros al desatar la guerra entre milenials y boomers desde un brutal desprecio por la vejez, asumiendo que nunca rebasarán los treinta años a menos que se suiciden.

Pese a todo, los Idles merecen estar entre los mejores tan sólo por poner el punk hardcore en la inmediatez masiva, en tiempos cuando lo más rudo  que captaban los oídos eran los gritos de los Death Grips, hablando en términos de popularidad festivalera.

[caption id="attachment_1099752" align="alignnone" width="696"] Idles. Fuente: kerrang.com[/caption]

ADMITO QUE ESTOY cayendo en la trampa boomer, pero la maña es un lujo que podemos darnos los chavorrucos. Mañas que nos permiten disfrutar discos como los de Idles, sabiendo que la coherencia musical de la década pasada fue la de concentrarse en las tendencias, sin sacrificar ni una tacha de subversión; el mentado indie, supuesta etiqueta entregada a la independencia tan anhelada por Lana del Rey, pudo zafarse. De hecho, las fantasías de los Sugar Daddies generalizadas tras la romantización de Lana del Rey tienen que ver con la estabilidad económica que satisface caprichos a cambio de sexo —y no tanto con deslizarse en la perversión de un rabo verde, como supuestamente lo narra Lana en sus canciones. Como siempre ha sido la industria en realidad. Woodside añade durante nuestra conversación:

Sí, las disqueras que funcionaban de manera tradicional perdieron relevancia, pero el papel que antes cubrían éstas ahora lo hacen algunas plataformas de streaming, colocadoras, etcétera. Claro, no es imposible que de manera independiente crezcas de formas insospechadas: así pasó con infinidad de artistas de distintos estilos y contextos en México y el mundo. Sin embargo, en la actualidad te apoyas de una u otra manera en otras plataformas y canales globales para tener mayor impacto. Sucede simplemente que se reconfiguraron los papeles y los actores, pero el funcionamiento de la industria sigue siendo similar. Por uno que triunfa y la arma hay nueve que fracasan, se pierden.

El mercado procesó de inmediato las causas progresistas como productos de consumo. Fue una década de altísima conciencia social, proporcional al consumismo desmedido. Fenómenos que cimbraron sobre todo a la mitad occidental del planeta y cuestionaron entidades en apariencia inmutables, propugnados mediante el algoritmo del hashtag: #BlackLivesMatter, #MeToo, #Elvioladorerestu, #OcuppyWallStreet. Se trató de movimientos que alteraron percepciones y arraigos imaginarios, pero que al mismo tiempo y de forma involuntaria hicieron la mitad de la chamba para los estudios de mercado. De cada tuit con causa que promulgamos, algún viejo boomer tomó nota para maquinar una campaña alrededor del oportunista, andrógino y no-binario Sam Smith.

"El mercado procesó de inmediato las causas progresistas como productos de consumo. Fue una década de altísima conciencia social, proporcional al consumismo desmedido. Fenómenos que cimbraron a la mitad occidental del planeta".

La diversidad sexual fue también otra de las causas que más ganancias millonarias generó en la década pasada, en especial aquella adscrita a la etiqueta queer. De nuevo, la crítica celebró los discos de Arca o del mismo Sam Smith porque sus letras desafían el predominio heteropatriarcal, aunque también suenan a mensajes subliminales para comprar un chingo de chácharas sin género pero inútiles. Troye Sivian fue de los batos queers con frescos tracks de sintetizadores pop, pero desesperantemente inepto para profesar su convicción queer con minimalismo.

Me llama la atención cómo la música LGBTTTI que elogió la crítica en la década pasada en general no contemplaba la precariedad económica en sus canciones. Sus tragedias frente al patriarcado, sobre todo de los tipos afeminados como el mismo Sivian, eran problematizadas desde una economía resuelta, vestidos más esponjados que Cenicienta en cocaína y aún más costosos tacones, diseñados por firmas lujosas. Quienes lo hicieron, como el totémico Bob Mould —con quien el rock alternativo está endeudado desde sus tiempos seminales al frente de Hüsker Dü, en los años ochenta—, fueron tan bien calificados como inadvertidos. Por ejemplo, el video “The Descent”, del álbum Silver Age del 2012, abre con la escena de Mould, abiertamente homosexual, en traje y corbata, que guarda sus cosas en una caja de cartón tras ser despedido de un corporativo. Sin ser actor profesional, Mould encarna angustiantes facciones que nos recuerdan, entre melódicos riffs de guitarra, las altas posibilidades de que mañana perdamos nuestros empleos. No obstante, la crítica musical especializada en nichos gay ignoraron los discos que Bob Mould lanzó en los últimos diez años, de reputada consistencia, y prefirió enaltecer los dramas mundanos relacionados con el sobrepeso de Sam Smith. Lo mismo ocurrió con la indispensable banda de punk Against Me! Su disco del 2014, Transgender Dysphoria Blues relataba el complejo proceso de transición sexogenital de su vocalista, hoy Laura Jane Grace, alejada por completo de la frivolidad estereotipada bajo reflectores como la de Kim Petras. Mykki Blanco y Perfume Genius también fueron cantantes trans, no-binarios, que aterrizaron sus canciones al nivel del pavimento más rufián, ignorados por el mainstream.

LOS DISCOS SELECCIONADOS parecen no tanto reflejar la realidad, sino la velocidad ideológica con la que ésta se manifiesta: moda y relaciones personales ataviadas en la inmediatez de las redes sociales, emociones controladas por el Whatsapp.

LA DÉCADA DEL REGUETÓN

En cuanto a América Latina y sobre todo México, si bien hubo lanzamientos de rock de calidad indiscutible, como el Soy Piedra de Belafonte, orgulloso habitante del Peñón de los Baños del México chilango, o La síntesis O’ Konor, del grupo argentino Él mató a un policía motorizado, el panorama castellano merece su propio texto. Sin embargo, si algo superó cualquier expectativa de mejores o peores discos fue el reguetón, que dominó como género la pista de baile a nivel mundial, despertando fanáticos y no pocos detractores que lo condenan casi como la peste bubónica del siglo XXI, pero que no deja indiferente a nadie. Enfocado exclusivamente en la fiesta con caderas, el reguetón tiene su propio discurso anclado en párrafos que sólo tienen sentido y ritmo en la sensibilidad latina.

Concluye Julián Woodside en nuestra plática:

Es el género de mayor impacto social, crecimiento, escucha y venta. Al punto que los rockeros y los poperos hoy día se definen prácticamente en función de su rechazo al reguetón, más que por logros propios. Y no ha dejado de ser el estilo musical incómodo, criticado (a niveles de hueva, la neta) por vulgar, sexual, etcétera, mientras que por sus propios medios ha logrado penetrar diversos contextos del mundo y se ha reconfigurado de distintas maneras. Entonces, ¿por qué ha sido ésta su década? Porque a pesar de lo que infinidad de gente crea, se ha reinventado en distintos contextos, algo que muchos otros estilos no han hecho.