María José Cuevas, en entrevista

Anuario: “Juan Gabriel es muy nuestro, pero también es de todos”

DE BELLAS DE NOCHE a La dama del silencio, su cámara muestra a los íconos de la cultura popular; el desafío de reconstruir al Divo de Juárez desde miles de archivos caseros confirma al documental mexicano en primera línea

MARÍA JOSÉ CUEVAS, durante una sesión fotográfica
MARÍA JOSÉ CUEVAS, durante una sesión fotográfica Foto: Hisako Tanaka

No hubo un plan ni una vocación temprana por el cine. El camino de la directora María José Cuevas hacia el documental comenzó con una crisis personal, una cámara doméstica y una intuición que terminó por convertirla en una de las realizadoras más sólidas del género en México. En entrevista exclusiva para La Razón, la cineasta reconstruye su trayectoria desde sus primeros ensayos audiovisuales hasta el fenómeno mundial que significó la serie documental de Juan Gabriel, Debo, puedo y quiero, un proyecto que redefinió su carrera y amplió el lugar del cine de no ficción ante audiencias masivas.

  • EL Dato: LA SERIE Juan Gabriel: Debo, puedo y quiero fue la más vista en México en la plataforma, y entró al top 10 global de series de habla no inglesa en Netflix.

TU LLEGADA AL DOCUMENTAL NO RESPONDE A UNA FORMACIÓN ACADÉMICA TRADICIONAL. ¿CÓMO SE CONSTRUYE ESA VOCACIÓN DESDE LA INTUICIÓN Y NO DESDE EL PLAN?

Fue un poco un accidente, nada más por curiosa, porque yo no estudié cine, sino diseño gráfico, y en algún momento, a los 17 años tuve una crisis de “¿esto es lo que quiero hacer el resto de mi vida?”. En ese momento decidí inscribirme en un taller de video experimental impartido por mi hermana, Ximena Cuevas. Recuerdo que fue ahí cuando recibí una cámara. Era 2003, no existía lo inmediato como ahora y con esa camarita empecé a filmar todo, sin saber realmente qué estaba haciendo.

LA SERIE SOBRE JUAN GABRIEL MARCÓ UN PUNTO DE QUIEBRE EN TU CARRERA. ¿DESDE DÓNDE DECIDISTE MIRAR A UNA FIGURA TAN CONOCIDA Y MITIFICADA?

Netflix me hizo una pregunta muy directa: “¿Qué es para ti Juan Gabriel?”. A partir de ahí comenzó un proceso que fue de lo íntimo a lo colectivo. Juan Gabriel es muy nuestro, pero también es de todos. El mayor reto era construir un retrato profundo de un artista que ya no estaba vivo, sin repetir el relato conocido ni quedarse en la superficie del ídolo.

EL USO CASI ABSOLUTO DEL ARCHIVO FUE UNA DECISIÓN NARRATIVA POCO COMÚN. ¿CUÁNDO ENTENDISTE QUE AHÍ ESTABA EL VERDADERO CORAZÓN DEL PROYECTO?

Cuando me dijeron que había una bodega repleta de material inédito: VHS, Super 8, Betacam, Hi8. Era un tesoro, miles de videos caseros. Al revisarlos, entendí que ahí estaba la clave del documental. Creo que no hay nada más honesto que un video casero. Ahí descubrí al Alberto Aguilera que no veíamos en el escenario. Se decidió contar la historia casi exclusivamente desde los archivos, ya que incluir entrevistas actuales rompería la experiencia. Era como espiar su vida real y viajar en el tiempo.

En ese proceso también descubrí hasta qué punto Juan Gabriel fue consciente de su propia dimensión histórica.

En muchos de los videos se le ve dando instrucciones al camarógrafo, corrigiendo encuadres, decidiendo cuándo grabar y cuándo no. Era un controlador, pero también era un visionario. Yo estoy convencida de que guardó todo ese material porque sabía que algún día se iba a contar su historia.

Considero que el archivo no sólo documenta una carrera, sino la construcción consciente de un personaje que entendió el poder de la imagen antes de la era digital. Entre más conocíamos a Alberto, más entendimos de dónde venía la grandeza de Juan Gabriel, todo lo que tuvo que pasar para que hoy cantemos sus canciones. En ese tránsito, el mito se humaniza: aparecen la disciplina obsesiva, la fragilidad, el deseo de controlarlo todo y, al mismo tiempo, una necesidad profunda de amor por el público.

EL IMPACTO DEL ESTRENO FUE MASIVO Y GLOBAL. ¿CÓMO PROCESAS QUE UN DOCUMENTAL MEXICANO SE CONVIERTA EN UN FENÓMENO DE ESA MAGNITUD?

No me lo esperaba. Cuando hicimos el primer corte, superaba las cinco horas de todo el material y pensamos que nos iban a correr (risas), pero entendieron que ahí estaba la historia, y por eso se decidió hacer una miniserie documental de cuatro episodios.

Al estreno se incluyó una proyección del último concierto que realizó en el Palacio de Bellas Artes con tomas inéditas; fue un suceso que se hizo en el Zócalo capitalino, donde se reunieron más de 170 mil asistentes. Llegar a ver a toda esa gente cantando, llorando y celebrando frente a una pantalla fue la confirmación de lo que Juan Gabriel significa culturalmente para este país.

Incluso para Netflix, fue el lanzamiento más grande en su historia de un documental, y que aparte es mexicano y es sobre un personaje de este país. Es algo muy poderoso.

EN TU PRIMER DOCUMENTAL, BELLAS DE NOCHE, ES UN PROYECTO QUE TAMBIÉN DIALOGA CON LA MEMORIA Y LA DIGNIDAD. ¿DESDE DÓNDE NACIÓ ESA MIRADA?

El interés por las vedettes tenía una raíz personal. Mi papá, José Luis Cuevas, me llevaba al Teatro Blanquita desde muy niña. Incluso prefería ver a Lyn May que a Mickey Mouse (risas). El proyecto se detonó cuando conocí a la Princesa Yamal; ella fue la vedette que estuvo vinculada al robo del Museo de Antropología de 1985.

Nos hicimos amiguísimas y empecé a filmarla con una camarita en encuentros en su casa. Así nació Bellas de noche. El proceso me tomó diez años. Estuve con ella y otras vedettes (Wanda Seux, Olga Breeskin y Rosy Mendoza) sin prisa, viendo cómo se reinventaban.

EL ÉXITO DEL DOCUMENTAL FUE INESPERADO. ¿QUÉ DEJÓ, MÁS ALLÁ DE LAS CIFRAS DE AUDIENCIA?

¡Imagínate!, durante dos años fue el documental más visto en salas cinematográficas, yo no venía del cine, no tenía esas expectativas. Creo que lo más bonito fue devolverles el reflector a aquellas mujeres que estaban olvidadas, pero con la dignidad que se merecían.

Durante años sentí que no sabía si lo que había hecho en el documental era suficiente, me dio un poco el síndrome del impostor.

EN TU PRIMER DOCUMENTAL PARA NETFLIX, LA DAMA DEL SILENCIO, ENFRENTASTE EL HORROR DESDE OTRO LUGAR. ¿CÓMO SE DEFINE UNA POSTURA ÉTICA FRENTE A HISTORIAS TAN DOLOROSAS?

Me interesó porque no quería hacer un true crime desde el morbo. Para mí, el momento más fuerte ocurrió en Santa Martha Acatitla; cuando crucé mirada con Juana Barraza (la mataviejitas) sentí que estaba viendo a una celebridad, pero al momento de filmarla, me di cuenta que me mentía. Días después conocí al hijo de una de las víctimas; ahí vi el dolor de frente. Han pasado 18 años y esa persona sigue quebrándose. Fue ahí cuando entendí que la cámara no podía estar del lado equivocado de la historia, glorificando a una criminal.

¿QUÉ LUGAR OCUPA HOY EL DOCUMENTAL EN TU VIDA?

Durante muchos años se pensó que el documental era aburrido o sólo para festivales. Hoy convive con las grandes series y películas; también es una decisión vital. Yo sólo puedo hacer proyectos de los que me enamoro. Un documental te exige dos o tres años de vida. He pensado en ficción, pero no estoy convencida. Amo estar cara a cara con personas reales.