La industria fílmica internacional está de luto: Béla Tarr, uno de los directores más influyentes y radicales del cine de autor europeo, falleció ayer a los 70 años tras una larga enfermedad, informó su agencia, en nombre de la familia del director. Tarr, nacido el 21 de julio de 1955 en Pécs, Hungría, transformó el séptimo arte contemporáneo con su estilo contemplativo, marcado por planos secuencia infinitos, blanco y negro austero y una visión de la condición humana a la vez poética y desoladora.
A lo largo de cuatro décadas, dirigió una filmografía selecta, pero profundamente influyente. Obras como Sátántangó (Tango satánico, 1994), que dura más de siete horas, Las armonías de Werckmeister (2000) y El caballo de Turín (2011) definieron un lenguaje visual único que se apartó de los ritmos narrativos convencionales.

- El Dato: Béla Tarr dirigió 9 largometrajes a lo largo de su carrera, la cual abarcó casi cuatro décadas. Su última película fue El caballo de Turín.
Su trabajo con el novelista László Krasznahorkai, con quien adaptó varias de sus historias más densas, consolidó la reputación de Tarr como un cineasta profundo y exigente. Más allá de la duración de sus películas, críticos y cineastas destacaban la manera en que el director hacía visible el paso del tiempo en cada fotograma que presentaba.
“Béla Tarr era el cineasta obsesivo por excelencia. Toda su obra está marcada por una obsesión formal y temática que lo llevó a construir películas extremas, densas y profundamente personales. Yo descubrí su cine en el Festival de Berlín, nunca en la competencia oficial, siempre en espacios dedicados al cine joven y de vanguardia. Desde ahí quedaba claro que no era un director para el circuito comercial, sino para algo más expresivo”, comentó a La Razón el crítico de cine, Jorge Ayala Blanco.
“Películas como Sátántangó o Armonías de Werckmeister crean mundos cerrados, austeros, donde los personajes viven en una agonía perpetua, luchando consigo mismos y con una realidad que parece no existir del todo”, resaltó Ayala Blanco. “Béla Tarr impuso el plano secuencia como una forma radical de narrar. No era un recurso estético gratuito, era una manera de obligarte a entrar en el tiempo y en la mente de sus personajes, haciéndolo un cineasta irrepetible”, añadió.

“Aunque nunca se estrenó de manera normal en México, su cine se veía en muestras y festivales, en los años 90, cuando ese tipo de cine realmente te abría la mirada hacia otras formas de entender el lenguaje cinematográfico. Su decisión de filmar siempre en blanco y negro era deliberada, ya que le daba irrealidad, alejaba a sus películas del realismo y las colocaba en un territorio mental y casi abstracto”, destacó el crítico de cine.
La noticia de su muerte generó reacciones entre figuras de la industria cinematográfica. El director portugués Pedro Costa, cuya obra ha sido comparada con la de Tarr, declaró: “Perder a Béla es perder una brújula moral del cine moderno. Su manera de ver el mundo no tenía parangón”.
La obra de Tarr no sólo influyó en directores de arte y ensayo, sino que su estilo de largos planos y ritmo meditativo permeó el trabajo de nombres como Gus Van Sant o Jim Jarmusch, quienes citaron su impacto en entrevistas y retrospectivas de la obra del húngaro.
Además de su carrera como realizador, Tarr dedicó sus últimos años a la enseñanza y la formación cinematográfica, impulsando proyectos como la escuela internacional de cine film.factory en Sarajevo, donde compartió su visión con jóvenes cineastas de todo el mundo.

Su influencia se siente tanto en cinéfilos como en académicos del cine: su obra ha sido objeto de análisis en festivales, retrospectivas y cursos alrededor del planeta. Su manera de usar el tiempo, el silencio y la composición visual redefinió lo que el cine podía ser y hacer.
Tan singular era su estilo que reflexionó en varias ocasiones sobre la labor de hacer cine, insistiendo en que no se trataba sólo de narrar historias, sino de capturar la vida en su esencia más pura.
SUS CINTAS
- La condena : 1988. Su primera colaboración con el novelista László Krasznahorkai, que lo da a conocer internacionalmente.
- Sátántangó: 1994. Una cinta de culto por su trama apocalíptica, con más de siete horas de duración.
- Armonías de Werckmeister: 2000. Tiene un estilo visual innovador, con una atmósfera de desasosiego.

