Hay una belleza desasosegante en cada viñeta de las secuencias de la película Cosmos, encuadradas por la clásica relación de aspecto de los 35 milímetros, con toda la intención de proyectar una abrumadora sensación de rezago y magnificar la luz con el blanco y negro convirtiéndole en mustio vehículo para evidenciar una visión agrietada de la realidad en la provincia mexicana que pareciera haberse congelado en el tiempo.
En el calmo transitar del indígena maya de 62 años interpretado por el no actor Andrés Catzin —lo cual aporta una sorpresiva y seductora autenticidad—, quien, cuando su vivienda está a punto de ceder ante el embate urbano, comienza a relacionarse con una mujer intelectual ya mayor y enferma; surgen como un susurro las disertaciones sobre la herida que deja el nacimiento mismo, convirtiendo la vida en una cicatriz.
Las acciones que van de alimentar a unas cuantas gallinas en una casona derruida y las caminatas por caminos terregosos, al cuidado de plantas en los jardines de una vieja hacienda y las charlas casuales al interior de ella, son pequeñas y simples pero delineadas con minucia poética, y envueltas por silencios que hablan sobre la orfandad inherente de la condición humana y los caminos a los que conduce el hacer conciencia de estar solo consigo mismo.

¿Por qué ver Amélie y los secretos de la lluvia, filme que compite por un Oscar?

Es ahí que entra en juego el trabajo de la veterana actriz Ángela Molina —Bajo las piernas (2002), Memoria de mis putas tristes (2011)—, quien nunca coquetea con el dramatismo y hace de la fragilidad su mayor fortaleza en el papel de esta mujer en el umbral de la muerte, y detonar preguntas que al resonar en la serenidad de quien se convierte en su gran compañero para la despedida, apuntan a la espiritualidad indígena y su cosmovisión sin caer en los costumbrismos.
Cosmos, del director suizo Germinal Roaux —Left foot tight foot, Fortuna (2018)—, es un rezo fílmico profundo, una elegía que prefiere la sutileza de la melancólica, a regodearse en su natural impulso de lamento, y desde lo mundano hablar sobre la existencia y la eternidad. Se trata de una coproducción Suiza-Francia-México filmada en Yucatán, y que tuvo su paso por el Festival Internacional de Guanajuato llega a la cartelera. Ya se puede ver en la cartelera mexicana.

