Con cariño para el querido y entrañable Maestro Salvador Sánchez
El 14 de septiembre de 1968 ocurrió uno de los linchamientos más sanguinarios y absurdos del México contemporáneo. Cinco jóvenes —Miguel Flores, Ramón Calvario, Julián González, Roberto Rojano y Jesús Carrillo—, trabajadores de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP) decidieron acampar en las faldas del volcán La Malinche. El mal clima los obligó a pernoctar en el pueblo de San Miguel Canoa, donde fueron confundidos con agitadores políticos. Las arengas de Enrique Meza, cura del lugar, en misa y por los altavoces del pueblo convencieron a la gente de que eran “comunistas dispuestos a robar, violar y atentar contra la fe y las buenas costumbres”.
- EL DATO: La película fue premiada con la Diosa de plata a la Mejor película y a Mejor revelación masculina, otorgada por Periodistas Cinematográficos de México (PECIME).
El resultado fue aterrador: murieron por linchamiento Ramón Calvario, Jesús Carrillo y Lucas García, dueño de la casa donde se hospedaban; mientras que Miguel, Roberto y Julián fueron rescatados casi agonizando siendo, al final, los que contaron la historia que se conoce hasta nuestros días gracias al reportaje del El Diario de Puebla del 18 de septiembre de 1968 y después por la película Canoa: Memoria de un hecho vergonzoso, estrenada el 7 de diciembre de 1975 en la V Muestra del Cine Roble y lanzada comercialmente el 3 de marzo de 1976 en los cines Roble, Dorado 70, Futurama, Polanco, Dolores del Río y Apolo Satélite con una corrida de 12 semanas en el otrora Distrito Federal.
CONMIGO SEGUROS Y CONTENTOS. Tomás Pérez Turrent, egresado del taller de guiones y autores formado a mediados de los años setenta, llevó a cabo la investigación del suceso de San Miguel Canoa dando como resultado un argumento y guion que presenta originalmente a Jorge Fons quien, por circunstancias perdidas en el tiempo, deja pasar siendo Felipe Cazals, quien un año antes había filmado el documental Los que viven donde sopla el viento suave (1973), el que lleva a la pantalla finalmente la historia de Pérez Turrent.
En ese ínterin surgió el sistema de coinversión “de paquete”, impulsado por el realizador José Estrada padre y Rodolfo Echeverría desde el Banco Cinematográfico, que permitió financiar películas complejas con apoyo estatal y sindical. Así se concretó Canoa, con la dirección de Felipe Cazals, el guion de Pérez Turrent, la fotografía de Alex Phillips Jr. y la producción de Conacine y el STPC. Naturalmente que la película contó con todo el apoyo del Estado no sólo porque era producida por el hermano del entonces Presidente Luis Echeverría sino porque buscaba legitimar y consolidar la imagen del Gobierno frente a la sociedad mediante —también— el uso de la industria fílmica tras los acontecimientos de 1968 y 1971: un intento simbólico de “borrón y cuenta nueva”. La filmación se realizó en Santa Rita Atahualpan, localidad similar a Canoa, para evitar conflictos. Aun así, durante el rodaje —que tuvo una duración de cinco semanas— hubo intentos de sabotaje y presiones no sólo de parte de los infiltrados del párroco de San Miguel Canoa sino del cura de Santa Rita.
- EL TIP: El filme estrenado en 1975 ganó el Ariel al Mejor argumento original y un Oso de Plata en el Festival Internacional de Cine de Berlín.
PARECE QUE VA A HABER DIFUNTO MAÑANA. Y aun cuando Cazals negó que la cinta fuera alegoría directa de la matanza de Tlatelolco ocurrida apenas 7 años antes, el paralelismo resulta inevitable. La figura del cura —cuya imagen en pantalla era asombrosamente parecida al mismísimo Gustavo Díaz Ordaz—, que incita a destruir al “enemigo” y luego deslindarse, remite a la lógica del poder que moviliza a la masa para preservar su dominio donde la turba funciona como instrumento: divide, castiga y elimina en nombre de una supuesta defensa moral.
Importante resaltar que el reparto fue impecable: Ernesto Gómez Cruz como Lucas García; Roberto Sosa, Arturo Alegro y Jaime Garza como tres de los jóvenes; Malena Doria como el ama de llaves del cura que usa los altavoces del pueblo para incitar la violencia; Manuel Ojeda como la autoridad que intenta frenar el linchamiento; y Gerardo Vigil como Jesús, la primera víctima. Sin embargo, hay dos interpretaciones que sostienen el eje dramático de la película.
Por un lado, el Maestro Salvador Sánchez que encarna al testigo y que, al hablar directamente con el espectador, contextualiza la tragedia siendo la voz crítica frente a la manipulación y el abuso. Y por el otro Enrique Lucero, quien da vida al párroco siniestro que azuza a la multitud con un discurso envenenado, decidido a no perder el control del pueblo. Entre ambos se articula el mensaje central: el poder que manipula y la sociedad que, cegada por el miedo y la desinformación, ejecuta. Tanto Sánchez como Lucero ofrecen una majestuosa lección de actuación que da como resultado una de las mejores películas del cine mexicano de siempre.
- 115 minutos de duración tiene la película
Y EL PUEBLO YA TRAE SUSTO DESDE ANTES. La película de Cazals permanece como documento fílmico sin fecha de caducidad. Su crudeza provoca angustia porque no es ficción: es memoria. Y su advertencia sigue intacta. Mientras la manipulación de las creencias, el discurso de odio y la desinformación sigan siendo herramientas para dividir y controlar, el riesgo de repetir la historia estará latente. La vigencia de la película es inquietante, más que un relato histórico, es un recordatorio de cómo la fe, el clasismo o el resentimiento pueden ser utilizados para justificar abusos y normalizar la infamia, porque es cuando la frontera entre justicia y linchamiento se diluye.
Canoa puede leerse desde múltiples ángulos, pero todos conducen a la misma conclusión: una representación descarnada de la barbarie humana en la que Cazals recurre a la docuficción para reconstruir el camino hacia la tragedia y mostrar cómo decisiones fortuitas (algo tan banal como echar un volado) y un clima político enrarecido desembocaron en el crimen. Recordemos que el México de 1968 era el de un país donde a la juventud se le miraba con sospecha y la información circulaba con dificultad, sobre todo en comunidades aisladas. En esos entornos, el poder —religioso o político— se concentraba en figuras que manipulaban mediante discursos incendiarios que dividían entre “leales” y “enemigos”. La ignorancia y el miedo resultaban terreno fértil para la violencia.
Recordar Canoa no es hacer un ejercicio de nostalgia cinematográfica, sino un acto de conciencia. Nunca olvidar significa reconocer que la democracia y la convivencia se sostienen en la educación, la información y la responsabilidad colectiva. Lo contrario abre la puerta a que la multitud, una vez más, sea convertida en arma.


