Con la premisa de que el miedo más profundo no se ve, sino que se siente, el actor Tomás Goros se sumerge en una de las propuestas escénicas más inquietantes del momento: El gato negro, adaptación del clásico de Edgar Allan Poe que apuesta por un formato inmersivo para confrontar al público con su propia oscuridad.
La puesta, que se presenta este 10 de abril en el Teatro Las Torres, en Naucalpan, México, rompe con la estructura tradicional del teatro: aquí no hay grandes escenografías ni efectos visuales espectaculares. En cambio, la experiencia se construye desde la penumbra, el sonido, los olores y la sugestión, obligando al espectador a activar sentidos que, como señala el propio actor, hoy parecen olvidados.
“El hecho de que tú te sientes en una sala completamente oscura y te empiecen a contar un relato, hace que la experiencia sea única… cada quién va a ver ese gato negro de una manera distinta”, explicó Tomás Goros a La Razón, convencido de que la mente del espectador es el verdadero escenario de esta historia.

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Lejos del terror convencional —al que califica de “fácil, inmediato y lleno de monstruos obvios”—, el actor apuesta por el horror psicológico, ese que, dice, “vive en nuestras creencias”. Por ello, considera que Poe sigue más vigente que nunca: “Es el maestro del terror porque no te asusta con caras, sino con lo que pasa dentro de ti”.
En esta versión dirigida por Monika Tovar, Goros encarna a un hombre al borde de la locura, atrapado entre la culpa, la paranoia y una supuesta posesión. Un personaje que, más que narrar una historia, arrastra al espectador a una experiencia emocional intensa y perturbadora.
“Estamos hablando de un ser desquiciado, paranoico, que asegura estar poseído… que sabe que no es un sueño. Lo único que quiere al contarlo es pelear su alma”, detalló el actor, quien reconoce que el proceso ha sido uno de los mayores retos de su carrera.
Y es que, a diferencia de otros montajes, aquí el histrión no es el centro del espectáculo. “Yo no soy la estrella. La estrella es la experiencia, el relato, el gato negro. Yo soy una herramienta al servicio de lo que el público va a vivir”, sentenció.
El desafío no sólo es técnico, sino profundamente emocional. Tomás Goros reveló que el trabajo actoral ha implicado desmontar métodos tradicionales y enfrentarse a una narrativa distinta. “No se puede trabajar el personaje como en el teatro convencional… aquí tienes que servirle a la experiencia para que sea aterradora, satisfactoria, que realmente le pase algo al espectador”, afirmó.
Pero más allá del miedo, la obra lanza una pregunta incómoda que conecta directamente con el público: ¿qué tan lejos está de ese personaje que parece consumido por la locura?
“No es verdad que todos hemos pensado en hacer algo malo?… hay una tendencia en nosotros a transgredir la ley por el simple hecho de hacerlo. Ese lado oscuro existe en ti, pero no lo quieres admitir. Yo sí, porque estoy loco”, lanzó el actor, en uno de los momentos más inquietantes del montaje.
Así, El gato negro no sólo busca provocar sobresaltos, sino generar una reflexión sobre la naturaleza humana, la culpa y ese impulso oculto que habita en todos. Una experiencia que, más que verse, se siente y se queda bajo la piel.
Con funciones que podrían extenderse a otros escenarios del país, Tomás Goros confía en que el montaje conectará con un público ávido de propuestas distintas. “Nos gusta sentir miedo, pero más allá de eso, experimentar un alma en pena, reconocernos en ella”, afirmó.
Porque, como advierte la obra, hay historias que no sólo se cuentan… se viven.
