En Cannes, Francia
RECIENTEMENTE, en el Festival de Cannes, el director Rodrigo Sorogoyen estrenó El ser querido, filme con el que aspira a la Palma de Oro. En la primera secuencia presenta a un hombre en una mesa para dos que espera en medio del bullicio de un restaurante en Madrid.
El plano medio de Esteban Martínez (Javier Bardem) nos lo muestra inquieto, nervioso; como temiendo que su invitado no llegue. Esta breve pausa nos adelanta que este encuentro lleva una fuerte carga emocional. El segundo comensal finalmente llega. Es Emilia (Victoria Luengo), una guapa joven. El diálogo que sigue es irritantemente banal.

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- 18 minutos dura la primera secuencia del filme
El director y coguionista Rodrigo Sorogoyen logra en esta primera secuencia comunicar la inmensidad de lo que los personajes en realidad no se están diciendo, con la maestría con la que lo haría un gran cineasta como Raúl Ruiz. Pronto se nos revela que las naderías que intercambian son resultado de su nerviosismo y falta de familiaridad entre ellos; y segundo, porque el lenguaje no puede abarcar la inmensidad del dolor, la culpa, las preguntas sin respuesta de las décadas que han pasado desde que la relación padre-hija se quebró.
Durante la comida, nos vamos enterando de que Esteban es un director de cine consagrado que lleva años radicando en Estados Unidos, pero ha vuelto a España para iniciar un nuevo rodaje. Además, le asegura a su hija que también quiere estar más cerca de ella. Emilia, a quien cada vez le cuesta más disimular su rencor, sospecha de sus motivos. Él le dice finalmente que le quiere dar el estelar de su próximo filme. A sus casi 30 años, la muchacha no ha conseguido despegar en su carrera de actriz.
Acepta el protagónico que le ofreció Esteban, a pesar de que no tiene, ni de lejos, las credenciales para llevar el peso de la producción. Desierto se va a rodar en Fuerteventura, una de las siete Islas Canarias. La “película dentro de la película” funcionará como espejo temático de la relación entre Esteban y Emilia. Agobiado por la culpa, ignora las pocas voces que se atreven a decirle que su hija no tiene el talento para sacar adelante el papel.
Como un espejo de la primera secuencia, el rodaje está lleno de circunstancias que significan algo muy diferente de lo que en apariencia está ocurriendo. Frustrado por la altanería de Emilia y la grosera forma en que lo evade, Esteban le grita a los otros actores, lo que no se atreve a exigirle a ella. El ser querido es uno de los mejores ejemplos del subgénero de “cine dentro del cine”. Lo mejor es que lo hace, como el diálogo inicial, sin aludir directamente a la inmensidad de significados que subyace en detalles aparentemente insignificantes. En una secuencia climática, Esteban dirige su ira hacia los demás —desplazando la que, en realidad, siente hacia la altanería de su hija—.
Ésa es quizá la mejor instancia de lo que Rodrigo Saragoyen sugiere que ofrecen el cine y el arte, en general: la posibilidad no sólo de cotejar, de tener un testigo imparcial que sirva para deslindar culpa, sino de —lo más importante— resarcir viejas heridas, redimirnos; en resumen, de repetir lo que nos salió mal la primera vez. Algo que, tristemente, no ofrece la vida real.

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