La ilusión duró hasta el último aliento. México cayó 3-2 ante Inglaterra en un partido de esos que aprietan el pecho, de los que hacen creer, una y otra vez, que la historia puede cambiar.
En el Monumento a la Revolución, plaza histórica que albergó a miles de aficionados que siguieron cada jugada bajo la lluvia, cada gol del tricolor fue un estallido de esperanza y cada embate inglés un golpe que, por momentos, parecía definitivo, pero nunca suficiente para apagar la fe del pueblo mexicano.
- El Dato: La plaza de la República se convirtió en una de las sedes principales de los festivales futboleros de la afición en la Ciudad de México para la Copa Mundial 2026.
La calle lucía repleta desde antes del silbatazo inicial. La tormenta no espantó a nadie, bajo impermeables de todos los colores, paraguas improvisados y banderas convertidas en refugio contra el agua, la afición permaneció firme frente a las pantallas gigantes.

Se soñó
La lluvia caía sin descanso, pero las cornetas, las trompetas y los cánticos sonaban todavía más fuerte, como si el ánimo pudiera imponerse al clima.
- 1 millón 350 mil personas fueron a lo largo de Reforma
Cada ataque de México se vivía de pie, mientras cada avance de Inglaterra hacía que muchas personas se llevaran las manos al rostro sin despegar la vista de las pantallas. Había quienes se mordían las uñas, quienes apretaban los puños y quienes, simplemente, cerraban los ojos unos segundos para esperar que el desenlace fuera distinto.
Cuando el árbitro señaló el penal, la tensión recorrió el lugar. “¡No quiero ver!”, gritó más de un aficionado mientras se cubría el rostro con las manos o volteaba hacia otro lado. Otros permanecieron inmóviles, con la mirada fija en la pantalla y el corazón suspendido por unos instantes. Fueron segundos interminables que parecieron detener el tiempo.
Cuando Inglaterra tomó ventaja, el Monumento a la Revolución guardó silencio apenas unos segundos. Después volvió el grito, volvió el aliento y regresó el inagotable “¡Sí se puede!”, convencidos de que el equipo todavía tenía una oportunidad para vencerlos. La expulsión de un jugador inglés terminó por reavivar la esperanza. Con un hombre más sobre la cancha, cada recuperación de balón, cada ataque y cada aproximación al arco rival era celebrada como si el empate estuviera a la vuelta de la esquina.
Nadie se movía de su lugar. Nadie dejaba de creer. Por un momento, miles de aficionados sintieron que el partido todavía podía cambiar de dueño.
La lluvia dio tregua por momentos, pero continuó empapando playeras, banderas y penachos, pero ya nadie parecía notarlo. Con el reloj consumiendo los últimos minutos, la ansiedad terminó por apoderarse del lugar.
Cuando llegaron los minutos de compensación, la esperanza volvió a encenderse. El “¡México, México!” Y el “¡sí se puede, sí se puede!” retumbaron con más fuerza que la lluvia en las gargantas.
Nadie quería aceptar que el tiempo se agotaba, porque mientras el árbitro no marcara el final, para miles de personas reunidas bajo el aguacero todavía era posible creer en la victoria del tricolor.
El silbatazo final cayó como un balde de agua fría, más pesado, incluso, que la tormenta que acompañó toda la tarde. Terminó el partido, terminó el sueño.
Las manos terminaron donde habían estado durante buena parte del encuentro: sobre el rostro. Muchos permanecieron inmóviles, con la vista clavada en las pantallas, como si rogaran que apareciera un minuto más, una última oportunidad o un giro inesperado.
Pero no ocurrió. El marcador permaneció intacto y, con él, la certeza de que el anhelado título se había escapado.
Poco a poco comenzaron a vaciarse los alrededores del Monumento a la Revolución. Las banderas tricolores, todavía húmedas por la lluvia, dejaron de ondear con la misma fuerza.
Las playeras verdes se diluían entre pasos lentos. Algunos aficionados salían con el rostro desencajado; otros guardaban un silencio difícil de romper. Había decepción, había tristeza y también esa resignación tan conocida por el aficionado mexicano.
Como si alguien hubiera elegido la banda sonora perfecta para la despedida, un mariachi comenzó a interpretar “No te aferres a un imposible”. Los acordes se mezclaban con los últimos cánticos, con las cornetas ya apagadas y con una multitud que abandonaba el lugar mientras miraba, de vez en cuando, las pantallas, todavía incrédula por el desenlace.
Durante casi tres semanas, desde que comenzó el torneo el 11 de junio, la afición se permitió soñar. Soñó con romper la historia, con levantar un título, con demostrar que esta vez podía ser diferente. Por unas horas, bajo la lluvia, entre espuma, trompetas, cervezas e impermeables, ese sueño pareció posible.
Pero el futbol, otra vez, terminó por aterrizar a todos en la realidad. Una realidad conocida, dolorosa, en la que México compite, emociona, ilusiona... pero vuelve a quedarse a las puertas.
El sueño terminó con un 3-2 que duele más por lo cerca que pareció estar la hazaña que por el marcador mismo.
La fiesta quedó atrás. La lluvia continuó mientras la multitud se dispersaba. Y con ella también se fue esa ilusión colectiva que, por unas semanas, logró hacer olvidar la rutina, las preocupaciones y el peso de la realidad cotidiana.
El Monumento a la Revolución, sede de nuestra historia, nuevamente fue testigo de cómo un país entero despertó de un sueño que, una vez más, terminó demasiado pronto.

CSP reconoce al Tri: “¡Ánimo! A veces se gana y otras se aprende”

