¡La literatura mexicana como identidad!

Claudia Guillén

Así como cuando los hijos escalan a la adolescencia sufren varios cambios y se arropan de rebeldía como una segunda piel, también existen muchos momentos, en la historia universal y nacional, que fueron cruciales para generar nuevas formas de pensamiento y de recepción del mundo contemporáneo. Dejando atrás la estructura “paterna” para lograr entrar a la “mayoría de edad”, a partir de expresar sus necesidades y, así, integrarlas en su presente.

Sabemos que podemos tomar ejemplos: políticos, sociológicos y de diversa índole para ilustrar lo antes dicho. Sin embargo, en esta ocasión retomaré el tema de la “literatura como identidad”, partiendo del pequeño esbozo que hice de ella la semana pasada.

Así como mencionaba a Manuel Altamirano como uno de los elocuentes difusores de la identidad mexicana liberal. Y de Miclós como el cronista de principios de siglo. Así como de Federico Gamboa, quien tuvo uno de los primeros best seller con su novela Santa, todos ellos autores de finales del siglo XIX e inicios del XX.

Seguiré valiéndome del orden cronológico para trasladarnos a finales de la primera década del siglo XX, cuando se gesta el movimiento Ateneo de la Juventud. Quienes lo conformaban eran partícipes de diversos debates en torno a la educación en nuestro país. Y años más tarde, estos miembros serían fundamentales para la cultura mexicana y en particular la literatura.

Destacan, sin duda: Isidro Fabela, Nemesio García Naranjo, Pedro Henríquez Ureña, Alfonso Reyes, Julio Torri y José Vasconcelos, tan sólo por mencionar a algunos.

El siglo siguió avanzando y, como sabemos, se dio la Revolución Mexicana, que generó, en términos de narrativa, una nueva forma de enunciar el género periodístico. Al final de la Revolución se dieron ejercicios literarios, por demás afortunados, que se referían a ella y todo lo que la rodeaba. Así: autores como Martín Luis Guzmán con La sombra del caudillo o bien Mariano Azuela con Los de Abajo, o Rodolfo Usigli con la obra de teatro El gesticulador, dieron voz a quienes participaron en este conflicto armado, con obras de ficción que permanecen como referente ineludible de nuestras letras nacionales.

Ya con la conciencia plena de su identidad como mexicanos, un grupo de jóvenes ensayaban vanguardias (movimientos de ruptura) y se unieron para manifestarlas. En los años veinte Manuel Maples Arce funda el movimiento estridentista, al que se unen Arqueles Vela, Germán List Arzubide, Salvador Gallardo, Germán Cueto, Fermín Revueltas, Ramón Alva de la Canal, Luis Quintanilla y Leopoldo Méndez, entre otros. La idea era llevar a cabo un mestizaje entre el futurismo y el dadaísmo para exaltar a la sociedad que se estaba conformando después de la Revolución. Para ellos la clase obrera representaba su mayor interés, como se puede leer en los diversos manifiestos que publicaron.

En los años treinta se da otro movimiento de gran importancia. Me refiero al grupo de Los contemporáneos, que integró a escritores como Salvador Novo, José Gorostiza, Jorge Cuesta y Xavier Villaurrutia, entre otros. Ellos, también establecen una forma de ruptura con la tradición revolucionaria y nacionalista, para echar mano de otras estéticas provenientes de Europa y así replantear el discurso literario y periodístico e ir alimentando la fisionomía de la identidad nacional.

Los ecos de la Revolución reverberan en la escritura de autores como Juan Rulfo, Elena Garro, Juan de la Cabada, José Revueltas, quienes revisan el contexto del México rural y, refuerzan, la cultura nacionalista. Al tiempo aparecen autores, como Francisco Rojas González, que fijan su punto de vista en la cotidianidad de los pueblos indígenas para así narrar la lógica indigenista.

Octavio Paz, quien se interesó por los problemas de identidad a través de su obra El laberinto de la soledad, sin dejar a un lado su gran legado poético. Es, sin duda alguna, uno de los mayores representantes de nuestra literatura y un referente imprescindible para quienes hemos nacido en este país. En 2014, se celebraron los 100 años de nacimiento y para quien quiera acercarse a su obra la encontrará, con mucha facilidad, pues con esta efeméride sacaron al mercado reediciones de sus obras tanto ensayísticas como poéticas.

Los autores de medio siglo se dan ya en el contexto de la Universidad Nacional Autónoma de México, funge como el centro de reunión de estos autores. Ellos representan a las nuevas generaciones por y a través de las aulas, y en ellas se van desojando las estéticas de la inmensa mayoría: Carlos Fuentes, Dolores Castro, Rosario Castellanos, Jaime Sabines, Emilio Carballido, Dolores Castro y Luis Spota.

Me detengo un momento para insistir que lo que una servidora intenta hacer con este texto es dar, apenas, una pincelada de la fisonomía de la tradición literaria mexicana y cómo ésta depende de su contexto, y al hacerlo dota de una identidad al país. Seguramente existen grandes ausencias, no obstante, me pareció importante hacer este ejercicio para que ustedes, si gustan, se vayan acercando a ellos y verán cómo uno los llevará a otro, y a otro, semejante a una suerte de fila de fichas de dominó.

En los años sesentas y setentas se da una literatura en donde los contextos de la modernidad y del cambio en la segunda mitad del siglo XX son los escenarios de sus relatos: José Emilio Pacheco,

Carlos Monsiváis, Sergio Pitol, Elena Poniatwoska, Salvador Elizondo, José Emilio Pacheco, Carlos Monsiváis, Inés Arredondo y tantos más.

Con este corto recorrido nos podemos dar cuenta que, sí, la literatura sí es una forma de identidad, puesto que el escritor es un observador de su realidad y de la memoria histórica de ésta. ¿Ustedes qué opinan?

Nos vemos el otro sábado, si ustedes gustan.

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Javier Solórzano Zinser │ *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón