Para Karla
Llegamos de la peor manera a escuchar el Réquiem de Mozart al Centro Cultural Universitario: derrapando el coche, corriendo hacia la Sala Neza, con taquicardia y sudando mientras escuchábamos el anuncio de la tercera llamada.
Pasar, en la oscuridad de la expectante sala, de ese switch acelerado al modo fúnebre y conmovedor de la misa de réquiem, es una acrobacia emocional de alto grado de dificultad que no recomiendo. Pero Mozart, con un brevísimo y dulce motete previo al Réquiem (el Ave rerum corpus, K 618), consiguió que la transición fuera sedosa y nos dejó listos, ahora sí, para atender a su célebre oración fúnebre.
Yo llevaba mucho tiempo sin escucharlo, pero sabía que esta ejecución sería necesariamente emocionante y fuerte, pues una muerte súbita y dolorosa nos había golpeado en días anteriores, y la música canaliza mejor que ningún otro medio sentimientos que, sin ella, tal vez quedan bloqueados para siempre. Sin ser una gramática como tal, la música es pura elocuencia, y a veces lo que dice lo dice directamente a los sentidos, sin pasar por el filtro de la razón, poniéndonos a vibrar como un instrumento más de su sinfónica.
Y siempre ha gravitado, entre mozartianos, esa sospecha de que el compositor, enfermo y exhausto, comprometido con otros encargos, alcanzó a ver que la misa de difuntos que preparaba en memoria de Anna von Flamberg (fallecida a los veinte años de edad) era también su propia, inconclusa despedida. En cualquier caso, no tardamos en estar ahí, en el corazón del Introitus y del Kyrie, olvidados de todo y siendo, si se me permite la expresión, una nota más, una nota emocional, de la misa de Mozart.
No importa si uno es un ateo cada vez más radical: el Réquiem es una petición de paz eterna que no requiere de una fe particular. Impresiona, sí, la reconcentración de esa misa en un miedo particular: el que se le tiene al Juicio Final, a la Rendición de Cuentas, a la Comparecencia ante el Todopoderoso que Todo lo Ve, así, con las mayúsculas de la solemnidad y el terror sacro. “Incluso los justos piden misericordia”, se escucha en una de las secuencias, y uno se descubre pensando en su propio desempeño vital, errático y bastante hereje pero también con algunos instantes de ritmo y plenitud, mientras los coros se adentran en el Sanctus, el Benedictus y el Agnus Dei como ayudándonos a tener una buena comparecencia ante la nada.
La muerte de las personas queridas es una pura orfandad para los vivos, que procuran llenar ese vacío de mil maneras y seguir adelante, no sin antes detenerse unos segundos a interpelar su propia oquedad, a despedirse de quien ya no está. La música del Réquiem de Mozart, de la mano de una suave y elegante dirección a cargo de Massimo Quarta, y de las voces de sus solistas (destaco la del tenor Alan Pingarrón), consiguió enfatizar ese momento de interpelación con el vacío pero también reestablecernos del lado de los vivos, de los que cantan, de los que desean (si así es su creencia) un buen viaje a sus difuntos y una paz duradera en el más allá. Es un ritual que nos humaniza y nos pone en perspectiva ante la suntuosidad y potencia de la música y de los coros. Se instala una tristeza, pero también una certeza tan minúscula como grandiosa: la de nuestro propio pulso, que persevera.
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