Cualquiera que tenga un teléfono celular sabe la hora exacta. Pero hace medio siglo no era fácil saber con precisión qué hora era. En la radio había una estación, la XEQK, que cada minuto ofrecía “la hora del Observatorio, misma de Haste”. Ésa era la manera que teníamos de ajustar la hora de los relojes mecánicos, porque no había de otros, aún no se inventaban los relojes de cuarzo. Por lo mismo cuando varias personas comparaban la hora de sus relojes lo normal era que no coincidieran.
¿Quién tenía la hora correcta? No había manera de decirlo. A menos, claro, de que uno tuviera un instrumento de mejor calidad que los demás, por ejemplo, un cronómetro oficialmente certificado.
Un cronómetro es un reloj que tiene una variación de -4 a +6 segundos al día. Quien quisiera tener la seguridad hace medio siglo de que la hora marcada por su reloj era la más cercana a la oficial, tenía que poseer un instrumento con esas características. Los cronómetros eran, en aquel entonces, muy caros. Había que tener mucho amor a la exactitud para comprar uno.
Mi padre adquirió su primer cronómetro cuando yo era niño. Usar este instrumento, que promete precisión casi absoluta, exige varias tareas. La más importante es revisar que la variación no salga del rango de un cronómetro oficial. En caso de que sea mayor hay que llevar la máquina al servicio para que se ajuste.
Todas las noches, ya tarde, mi padre prendía su radio de onda corta para captar la señal de la BBC. De acuerdo con el Observatorio de Greenwich, la estación británica daba con absoluta exactitud el inicio de cada hora por medio de tres pitidos: dos cortos y uno largo. Mi padre comparaba la hora de su reloj con la del radio y apuntaba en una tarjeta la variación que su máquina había tenido durante ese día. De esa manera sabía después la desviación que el reloj había tenido en una semana y en un mes. Esta práctica podría parecer tediosa, pero mi padre la llevaba a cabo con la disciplina que se espera del poseedor de un cronómetro.
Tengo varios amigos que, como mi padre, siguen amando los relojes mecánicos. Uno de ellos, Francisco Armand, no sólo los colecciona, sino además conoce su funcionamiento como todo un experto. Puede pasar horas dándome lecciones de relojería. En años recientes yo también he descubierto un amor por la exactitud mecánica, que no tenía cuando era más joven y lo que me seducía, más bien, era la exactitud de los argumentos que me prometía la lógica matemática.
Ahora recuerdo el hábito nocturno de mi padre con mayor empatía, casi con ternura. En un mundo en el que reina la incertidumbre, una pequeña máquina que garantiza un funcionamiento casi perfecto nos hace sentir un poco menos inseguros en medio de las tinieblas.
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