ANTROPOCENO

¿Terminaremos siendo el estado 51?

Bernardo Bolaños. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón
Bernardo Bolaños. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: larazondemexico

El excanciller francés Dominique de Villepin ha dicho: “¡Ya no podemos contar con Estados Unidos, a menos que nos convirtamos en su estado 51!”. La enfant terrible de los medios mexicanos, Viridiana Ríos, escribió por su parte, en una controvertida columna en Milenio, que: “El reto para Sheinbaum es mantener una colaboración estratégicamente diseñada para aumentar la dependencia que Estados Unidos tiene de México, al tiempo en que reduce la que nosotros tenemos de EU”. Las propuestas de ambos parecen ir en sentidos opuestos ¿quién tiene razón?

La frase de Villepin nace del desencanto francés. Buena parte de Europa acaba de descubrir que la alianza atlántica no es un matrimonio entre iguales, sino una relación jerárquica. “Estado 51” no es una broma: es la manera elegante de decir que, sin autonomía estratégica, no hay garantía alguna de protección. Ucrania es el recordatorio más brutal.

Viridiana Ríos parte de un diagnóstico distinto y, en apariencia, optimista. Para ella, el hecho de que Estados Unidos actúe por utilidad (recursos, mercados y cadenas de valor) abre una ventana de oportunidad para México. A diferencia de Venezuela o Ucrania, México no es una ficha sacrificable en el tablero: es un engrane central de la economía estadounidense. Golpear a México sería pegarse un tiro en el pie. La apuesta, propone, no es la confrontación heroica sino la interdependencia calculada.

La diferencia entre ambas posturas es normal. Villepin habla desde la experiencia de potencias que descubrieron que eran prescindibles, Ríos desde la realidad de un país latinoamericano que se ha vuelto indispensable para Estados Unidos. Francia teme convertirse en satélite; México ya lo ha sido. Miedos distintos.

La pregunta clave es si aumentar la dependencia de Estados Unidos hacia México puede realmente reducir la vulnerabilidad mexicana. Y conviene abandonar la ingenuidad. Interdependencia no es simetría. Que Estados Unidos dependa más de México no significa que México deje de depender de Estados Unidos. Significa, en el mejor de los casos, que el costo de presionarlo aumenta. No desaparece.

Canadá es un ejemplo amargo: aliado, parte del mismo bloque cultural y aun así ha sido vapuleado con aranceles. Ucrania se alineó, resistió… y está cerca de ser desmembrada.

¿México tiene la ventaja de su centralidad manufacturera en la estrategia de reindustrialización estadounidense y de sustitución de China? Eso nos da margen de maniobra, pero supone una intimidad creciente.

Que Estados Unidos se vuelva más dependiente y México más autónomo, requeriría capacidades mexicanas propias (tecnología, mercado interno, diversificación comercial y poder político). Vale la pena intentarlo.

La verdadera pregunta no es si México corre el riesgo de acabar siendo el estado 51 (ni Estados Unidos, ni nosotros queremos ese final y, además, somos culturas muy diferentes). Es si seguiremos siendo para ellos únicamente maquila, vigilantes y resort. Esa respuesta no está en Washington, sino en la política industrial, tecnológica y social que México sea capaz de construir en casa.

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