APUNTES DE LA ALDEA GLOBAL

Negociar con el imperio

Lo sorprendente en ese malestar es que dichas negociaciones con Estados Unidos en la izquierda bolivariana no son nuevas. Entre 2013 y 2016 se produjo una negociación parecida entre los gobiernos de Barack Obama y Raúl Castro

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, el martes 6 de enero, en Washington.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, el martes 6 de enero, en Washington. Foto: AP

Es notable en redes bolivarianas el malestar por la negociación con Estados Unidos que conduce el actual gobierno sucesor venezolano de Delcy Rodríguez. Entre diversas medidas, ese gobierno ha firmado un acuerdo petrolero, que abre la posibilidad para que otras empresas, además de Chevron, por ejemplo Exxon Mobil o Conoco Phillips, operen en el país, y que contempla el envío de hasta 50 millones de barriles en los próximos meses.

También se habla de un arreglo prioritario para la importación de bienes estadounidenses desde Venezuela y de una inversión directa de Estados Unidos para mejorar el sistema eléctrico del país. A estas medidas se suma la más reciente liberación de presos políticos, que el gobierno venezolano, infructuosamente, presenta como una “acción unilateral de paz”, como si no formase parte de la negociación en curso. En esto, como en el discurso de intransigencia revolucionaria, el nuevo gobierno venezolano continúa a pie juntillas las prácticas del cubano: por un lado, niega la existencia de presos políticos; por el otro, los excarcela en medio de alguna transacción con actores internacionales.

Lo sorprendente en ese malestar es que dichas negociaciones con Estados Unidos en la izquierda bolivariana no son nuevas. Entre 2013 y 2016 se produjo una negociación parecida entre los gobiernos de Barack Obama y Raúl Castro. Como han estudiado Peter Kornbluh y William LeoGrande, aquellos acuerdos, que condujeron a la reapertura de embajadas, la normalización diplomática y la flexibilización del embargo comercial, estuvieron antecedidos por una larga historia de conversaciones y entendimientos puntuales entre Cuba y Estados Unidos desde la época de Fidel Castro.

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El deshielo obamista no fue bien visto por el gobierno de Nicolás Maduro ni por la corriente bolivariana en diversos países latinoamericanos, incluido México. Tampoco por la línea más inmovilista cubana, como se pudo constatar en el séptimo congreso del Partido Comunista de Cuba en abril de 2016, apenas dos semanas después del viaje de Obama a La Habana. El canciller cubano Bruno Rodríguez, que había participado en esa misma negociación, calificó los discursos de Obama en La Habana como “ataques”.

Otro antecedente de negociación con el imperio en la izquierda latinoamericana es el de Andrés Manuel López Obrador, la Cuarta Transformación y Morena, desde 2018. La prioridad en política exterior del gobierno de AMLO fue la integración de México a América del Norte. El presidente, que no viajaba mucho, viajó tres veces a Estados Unidos y en dos ocasiones visitó la Casa Blanca, primero con Donald Trump y luego con Joe Biden. En tiempos de AMLO, se respaldó la guerra comercial con China, la política migratoria, de seguridad y contra el narcotráfico de México comenzó a coordinarse orgánicamente con Estados Unidos y se firmó el T-MEC, por el cual más de un 80% de la trama comercial del país se concentra en el vecino del norte.

Entonces, ¿cómo entender el malestar bolivariano con la transacción entre Delcy Rodríguez y Donald Trump, después del ataque del 3 de enero a Caracas? Del lado cubano es comprensible, por el duelo por los 32 militares de la isla que perdieron la vida en aquella operación de Estados Unidos. Pero del lado mexicano, argentino o colombiano sólo sería entendible a partir de un desdoblamiento hipócrita: “la revolución, el antimperialismo y el sacrificio están bien para los venezolanos o los cubanos, pero no para nosotros”.

Ese desdoblamiento explica muchas otras cosas, algunas de mayor calado y, por lo visto, permanentes, como la incapacidad de las izquierdas democráticas latinoamericanas para reconocer el autoritarismo de las bolivarianas y gravitar siempre hacia su protección diplomática. No pocas veces esa gravitación desemboca en un trato paternalista, basado en el auxilio o la solidaridad, y no en una relación bilateral entre iguales.

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