Manuel Perló ha publicado un estudio muy sólido e interesante sobre Ernesto P. Uruchurtu y la ciudad que él gobernó de 1952 a 1966. El libro, editado en dos volúmenes por la UNAM, combina una biografía del personaje, una historia política de la Ciudad de México en la segunda mitad del siglo XX y una historia de sus procesos urbanos en ese mismo periodo.
Uruchurtu fue un hombre de claroscuros. Administrador eficaz, pero también gobernante autoritario. Hizo lo que pudo para detener el crecimiento urbano descontrolado del DDF, se opuso a la construcción de nuevos fraccionamientos, embelleció la ciudad con parques y fuentes, construyó vialidades, edificó las unidades habitacionales más grandes y ambiciosas que jamás se han construido en el país, inauguró numerosos mercados e instalaciones deportivas, combatió el ambulantaje, limpió la plancha del Zócalo, y se preocupó por ordenar las finanzas de la ciudad (por eso se opuso a la construcción del Metro, que suponía un costo gigantesco y requería de un subsidio permanente). Por otra parte, se le criticó mucho que tomara medidas en contra de la vida nocturna de la capital; que cerrara teatros, cabarets, centros nocturnos. Durante su gobierno también se impuso una cruzada moralizadora que limitó libertades individuales y —digámoslo así— volvió a la ciudad más aburrida. De eso se quejaron mucho los jóvenes que querían salir de fiesta, pero entre otros sectores de la población, esas medidas fueron encomiadas. Quizá la crítica más dura que podría hacérsele desde nuestros días es que gobernó a la ciudad de una manera vertical, diríase, virreinal.
En torno a la figura de Uruchurtu siempre hubo interrogantes incómodas. Nunca se casó o, al menos, no lo hizo públicamente, y esa soltería sospechosa seguramente influyó para el que Ruiz Cortines no lo escogiera como el candidato del PRI en la elección presidencial de 1958. Sin embargo, López Mateos lo reeligió en el cargo y, durante su sexenio, Uruchurtu siguió trabajando con el mismo vigor y ofreciendo los mismos resultados positivos. La ciudad de México se convirtió en el muestrario más espectacular de los logros del sexenio de López Mateos, que no fueron pocos, y el presidente quedó complacido con la eficiencia de su regente: el Museo de Antropología, la Unidad Habitacional Tlatelolco, la Unidad Independencia, la Unidad San Juan de Aragón, hablan por sí solos. De todos modos, resultó asombroso que Díaz Ordaz volviera a ratificar a Uruchurtu en su cargo. Según Perló, eso se debió a la presión de López Mateos, que confiaba en la capacidad de Uruchurtu para garantizar que la capital fuera la sede de los Juegos Olímpicos de 1968. El apoyo de algunos sectores del empresariado y de la Iglesia católica también fueron determinantes. La segunda ratificación convirtió a Uruchurtu en una especie de pequeño Don Porfirio de la capital, por lo menos, por la cantidad de años que estuvo al frente de ella. Sin embargo, no se puede decir que haya sido un cacique capitalino, porque su poder dependía directamente del Presidente en turno, que podía removerlo en cualquier momento. Eso fue precisamente lo que sucedió en 1966 cuando Gustavo Díaz Ordaz lo quitó del cargo y nombró a Corona del Rosal en su lugar. El detonador de la salida de Uruchurtu fue la violenta operación de desalojo de los colonos irregulares de la colonia Ajusco, colindante con Santa Úrsula. Esa medida fue la excusa que encontró Díaz Ordaz para defenestrar al poderoso regente que ya le resultaba incómodo.
La ciudad de México no se entiende sin el mandato de Uruchurtu. Las obras más grandes, más majestuosas que se han hecho en la urbe se realizaron bajo su gestión. A sesenta años de distancia de su remoción, podría decirse que ningún otro gobernante de la ciudad ha tenido el mismo impacto. Por lo mismo, la comparación con el emblemático Haussmann no es del todo disparatada. La ciudad de México sigue siendo, ahora en 2026, la ciudad de Uruchurtu. Gracias al estupendo libro de Manuel Perló podemos tener una idea objetiva de su trabajo al frente de la regencia del DDF. Todos los que ahora vivimos en la Ciudad de México aprenderemos mucho sobre la historia de nuestra urbe con la lectura de este libro, que yo recomiendo.