Ayer volvió a casa el último rehén tomado por Hamas el 7 de octubre: no con vida, sino como cuerpo recuperado tras más de dos años de cautiverio. Se llamaba Ran Gvili. Lo encontraron donde la tristeza intenta descansar: en un cementerio del norte de Gaza.
La operación fue a gran escala, apoyada en inteligencia, y el trabajo posterior fue inimaginable: equipos forenses —con especialistas dentales— revisaron alrededor de 250 cuerpos hasta dar con él. Ese cierre, que llega tarde y duele distinto, también deja otra imagen fija: la red de túneles que Hamas construyó como infraestructura de guerra. No es un detalle técnico; es una huella más de arquitectura de la desaparición. Y ahí está el punto ético que hay que enfocar: la violencia de Hamas no sólo mata, también busca borrar. Por eso encontrar, identificar y nombrar no es un trámite, también es resistir al intento de convertir a una persona en un dato y la verdad en escombros.
Además, el calendario nos obliga a mirar hacia atrás: 27 de enero, Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto, aniversario de la liberación de Auschwitz en 1945. Dos escenas, un mismo examen moral. El secuestro y el exterminio no son lo mismo, pero comparten la misma lógica: la deshumanización.

¿Cambios en el Interoceánico?
Recordar no es un gesto piadoso, sino una obligación ética. No es no olvidar como quien guarda una foto en un cajón, sino sostener la verdad contra el desgaste, contra la propaganda, contra la tentación de relativizar o, peor aún, “contextualizar”. La memoria es una forma de justicia: nombra a las víctimas, identifica a los perpetradores, y niega al crimen su última victoria, que es el silencio.
Por eso el Holocausto no pertenece al museo, sino a la vida pública. Fue posible por una maquinaria de Estado y por una suma de complicidades pequeñas: el burócrata que sella, el vecino que mira a otro lado, el empresario que se beneficia…
Hoy, cuando resurgen el antisemitismo, la negación y la distorsión —a veces amplificadas por tecnología que fabrica falsedades con apariencia de prueba—, la obligación de recordar es también la obligación de educar.
En México tendemos a pedir “pasar página” frente a cualquier horror. Es una defensa, pero también una forma de impunidad. La ética pública exige lo contrario: reconocer, documentar, llorar con nombre y apellido.
Educar no es predicar; es entrenar el juicio. Enseñar a distinguir entre crítica y odio, entre política y exterminio, entre conflicto y licencia para borrar al otro. Enseñar que los seres humanos no se vuelven “daños colaterales” sin que antes alguien los convierte en cifra.
La vuelta del último rehén —aunque sea en silencio— nos recuerda algo básico: la dignidad humana no se negocia ni en el infierno. Se protege y se honra siempre. Y cuando falla, el deber no es pasar página, sino escribirla bien: con verdad, con duelo y con límites éticos claros.

