Todos los imperios a lo largo de la historia de la humanidad han caído; algunos han durado más tiempo que otros. Desde las arenas de Mesopotamia hasta las colinas de Roma y las estepas de los mongoles, todos han tenido un ciclo de ascenso, apogeo y caída, lo que parece ser una ley inexorable del desarrollo de las naciones.
Existen patrones comunes en la caída de los grandes imperios, tales como la sobreextensión militar, el endeudamiento insostenible, la polarización social, la pérdida de las virtudes cívicas y el debilitamiento de las instituciones, aunado a la presencia de líderes decadentes. Roma no cayó en un solo día: fueron décadas, e incluso siglos, de desmoronamiento de sus élites, las cuales priorizaron el beneficio personal sobre el bien común, hasta que su expansión se estancó y su ejército se convirtió en una banda de mercenarios al servicio del mejor postor.
En el contexto actual, Estados Unidos ha sido, por casi cien años, un imperio del mundo moderno. Sin embargo, en los últimos años ha mostrado claros signos de deterioro y hoy, en pleno año 2026, el debate sobre su posible declive ha dejado de ser una teoría académica para convertirse en una preocupación real de la geopolítica internacional. Bajo la administración de Donald Trump, las grietas estructurales de la potencia estadounidense se han hecho más evidentes, dando la impresión de que el llamado “siglo americano” ha llegado a su fin.

ROZONES
Más allá de las cuestiones geopolíticas, el riesgo más crítico es el interno. La historia ha demostrado que un imperio dividido contra sí mismo no puede prevalecer. La polarización extrema ha socavado la confianza del ciudadano estadounidense en sus instituciones, recordando la etapa final de la República romana y sus constantes guerras civiles. A ello se suma la debilidad de su economía y el crecimiento acelerado de su principal rival, China, que paulatinamente eclipsa el resplandor americano.
La caída de un imperio no implica necesariamente su desaparición, sino la pérdida de su capacidad para dictar el rumbo del mundo. El aislacionismo trumpiano es un síntoma del principio del fin del imperio: no se puede liderar desde el ostracismo. Su distanciamiento de la OTAN deja un vacío que, tarde o temprano, alguien ocupará. Seguramente se producirá un reacomodo geopolítico, lo que evidencia la limitada visión de Trump para pensar más allá de sus propios intereses inmediatos y no considerar las consecuencias a largo plazo.
Si Estados Unidos continúa sacrificando su capital diplomático y su cohesión social en favor de un nacionalismo de corto plazo, el año 2026 podría ser recordado como el momento en que la antorcha de la hegemonía cambió de manos. Mientras Estados Unidos se aísla, China aprovecha para ocupar todos los espacios posibles de influencia económica y política, transformando esa presencia en hegemonía diplomática y normativa. El primer paso ya lo dio Canadá al buscar un acercamiento con China. Sólo resta observar la caída del imperio y analizar cómo México puede aprovechar ese escenario sin ser arrastrado al abismo.

