No es que muera de amor,
muero de ti ,amor, de amor de ti…
Jaime Sabines

Doña Layda, al buen entendedor…
Se acerca el día en el cual el amor, o lo más parecido a él, o aquello que brote bajo su sombra, se conmemora. Para algunos, el 14 de febrero es ridículo: un mero pretexto comercial al servicio del consumismo y una plataforma más del capitalismo. Sin embargo, existe una inmensa mayoría de optimistas que gustan de festejar este y otros días en los que hay un derroche de alegría y sensualidad. En estas fechas, lo que más ronda en la cabeza es qué decir y cómo decirlo, y en ese sentido nada sigue siendo más sorprendente que nuestra poesía. La poesía mexicana posee un poder único y auténtico que no ha pasado desapercibido en el mundo, porque nadie concibe el amor como los mexicanos; nadie ama como nosotros, y tampoco nadie puede comprender que nuestra manera de amar y de sentir es el resultado de un proceso cultural. A lo largo de nuestra historia, el amor ha sido uno de los grandes motores de la poesía mexicana. A través de sus versos, los poetas han explorado no solo la pasión y el deseo, sino también la ausencia, la espera, la entrega y el dolor que inevitablemente acompañan al sentimiento amoroso. En México, el amor poético no suele idealizarse de manera ingenua; más bien aparece como una fuerza intensa, contradictoria y profundamente humana.
Uno de los nombres imprescindibles es Sor Juana Inés de la Cruz, cuya poesía amorosa desafía las normas de su tiempo. En sus sonetos, el amor se vive como un conflicto entre razón y emoción, cuerpo y espíritu. Sor Juana escribe desde la lucidez, consciente de que amar implica perder el control, y aun así acepta ese riesgo. Su célebre idea de “querer sin querer” refleja una visión del amor intelectual y apasionada a la vez. En el siglo XX, Ramón López Velarde transforma el amor en una experiencia íntima y nostálgica. En poemas como los dedicados a Fuensanta, el amor se mezcla con la memoria, la religión y el deseo contenido. Octavio Paz, por su parte, concibe el amor como una revelación. En obras como Piedra de sol, el encuentro amoroso es un instante fuera del tiempo, un momento en el que dos personas se reconocen y el mundo se detiene. Para Paz, amar es romper la soledad esencial del ser humano, aunque sea de manera fugaz. No se puede hablar de poesía amorosa mexicana sin mencionar a Jaime Sabines, quizá el poeta que mejor ha retratado el amor cotidiano. Sus poemas hablan del deseo, la dependencia emocional, el miedo a perder y la necesidad del otro con un lenguaje directo y honesto. Sabines despoja al amor de adornos y lo muestra crudo, real, a veces desesperado, pero siempre auténtico.
Finalmente, Rosario Castellanos ofrece una mirada crítica y profunda sobre el amor, especialmente desde la experiencia femenina. En sus poemas, el amor aparece atravesado por el silencio, la desigualdad y la búsqueda de identidad. Castellanos no renuncia al amor, pero lo cuestiona, lo analiza y lo confronta con la realidad social y personal.
En conjunto, la poesía mexicana demuestra que el amor no es una sola cosa: es deseo y pérdida, gozo y herida, esperanza y memoria. Nuestros poetas, hombres y mujeres, han sabido convertir esa experiencia universal en palabras que siguen resonando porque hablan desde lo más íntimo del ser humano. El amor, en la poesía mexicana, no promete la eternidad, pero sí la verdad. Y esa verdad es la que buscamos, la que debemos encontrar y repartir en estos días en los que el amor y la pasión habrán de desgajarse en nuestras manos.

