En las crisis, el error más común es confundir ruido con señal; y en las guerras, lo es todavía más. La propaganda y la rumorología, la ansiedad por ganar la nota y las noticias falsas nos ponen en un estado de alerta innecesario.
El caso más reciente es el de Irán. Sin restar importancia a la situación, Irán y Estados Unidos han operado —durante años— en una zona intermedia: no hay guerra abierta, pero tampoco paz. En ese sentido, la novedad es la densidad de indicadores simultáneos.
Un modo sobrio de leer la crisis es por capas de datos. La primera analizaría las señales logísticas: rutas aéreas alteradas, alertas consulares que recomiendan abandonar la zona, primas de riesgo y fletes encarecidos, el estrecho de Ormuz en modo maniobra. Se trata de variables poco ideológicas y difíciles de falsificar: cuando las aseguradoras se ponen nerviosas, suelen tener motivos.

Rozones
La segunda capa sería la militar, pues implica costos y movimientos más allá del discurso. En semanas recientes vimos incidentes cinéticos limitados —un dron derribado cerca de un portaaviones— y ejercicios que cierran temporalmente tramos del estrecho. A eso se suma un reforzamiento aéreo acelerado de Estados Unidos en la región. Nada de esto prueba un ataque inminente, pero sí eleva la probabilidad de un ataque preventivo o de un choque por escalada: primero incidente, luego represalia, después respuesta proporcional.
La tercera capa es narrativa. El ayatolá amenaza con hundir el portaaviones y después invoca el Corán para justificar una regla de reciprocidad: ataca como te ataquen. Este lenguaje no es teológico, sino de derecho político. Busca presentar cualquier golpe como autodefensa y no agresión. Es el libreto que se escribe antes de que suene el primer disparo.
En paralelo, ocurre lo más preocupante: el silencio informativo sobre violaciones a derechos humanos en Irán: muertos en protestas, represión de mujeres, cortes de internet, detenciones. La violencia interna continúa, pero el apagón digital y la agenda nuclear la han vuelto menos visible y menos costosa para el régimen.
Y, mientras la oposición interna es estrangulada, la política del exilio busca llenar el vacío. En Alemania, Reza Pahlavi —hijo del sha depuesto— fue recibido en Múnich como si encarnara una alternativa nacional: multitudes en la calle, banderas pre-1979, pancartas que lo nombraban rey y un clima de coronación simbólica alrededor de su presencia, en el marco de la Conferencia de Seguridad.
Si la ONU tiene un papel hoy, es principalmente técnico —verificación nuclear— y normativo —Derechos Humanos—, con un Consejo de Seguridad trabado por las grandes potencias. En ese vacío, la crisis se decide por capas de datos verificables: seguros, fletes, cierres, despliegues. Y por una pregunta ética difícil de contestar: mientras los Estados gestionan riesgos estratégicos, ¿quién paga el precio cotidiano? Los ciudadanos iraníes. El silencio no es neutro, es parte del dispositivo de control.

