ACORDES INTERNACIONALES

Expediente Irán: Inicio, represalia y fatwa

Valeria López Vela. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón
Valeria López Vela. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: larazondemexico

En las crisis, el error más común es confundir ruido con señal; y en las guerras, lo es todavía más. Expediente Irán será un registro cotidiano de esa distinción: leer la secuencia operativa, separar propaganda de indicadores y mirar el conflicto por capas —militar, política, religiosa y económica— sin perder de vista una pregunta simple: ¿qué está intentando conseguir cada actor, más allá del golpe del día?

En estas primeras 48 horas, la arquitectura del choque ya quedó trazada: una operación conjunta de EU e Israel que decapita liderazgo y degrada capacidades; una respuesta iraní que no se limita al frente israelí y se extiende al dispositivo regional que aloja activos estadounidenses; y, por encima de todo, un giro discursivo que apunta al largo plazo. No sólo por lo que se bombardea, sino por lo que se sugiere: Washington y Jerusalén han enmarcado los ataques como creación de condiciones para que los iraníes tomen su destino, una fórmula que, sin declararlo, roza la hipótesis de cambio de régimen.

La respuesta iraní no se hizo esperar. Misiles con impactos en zonas civiles de Tel Aviv, Jerusalén y Beit Shemesh, así como lanzamientos hacia varias capitales del Golfo —Kuwait, Doha, Abu Dhabi, Manama— en 48 horas, parecen una fuga hacia adelante. Pero si uno aparta el ruido —la enumeración de ciudades, la espectacularidad de los mapas— aparece la señal: Irán intenta encarecer el dispositivo regional de Estados Unidos, demostrar que ninguna plataforma aliada es invulnerable y convertir la presencia militar extranjera en un costo político para los gobiernos que la alojan. En vez de una guerra frontal, es una guerra de fricción: saturar defensas e inquietar economías.

Tras la confirmación de la eliminación del ayatolá Alí Jamenei, la prioridad se volvió la consolidación interna: cerrar filas antes de que el vacío de mando se convierta en grieta. En ese contexto, el lenguaje religioso funciona como pegamento de élites y como línea de continuidad: la autoridad política no murió; su poder se transfirió a un deber religioso —el llamado a la fatwa, vengarlo.

Aparece, así, una externalización de la violencia —un crowdsourcing de la represalia—: si la venganza es de todos, entonces no es necesario controlarla completamente, pues la amenaza se vuelve deliberadamente ambigua: desde milicias aliadas hasta actores sueltos. Ésa es la clave de la disuasión por incertidumbre; por ello, la fatwa no es un plan operativo sino un multiplicador de incertidumbre que amplía el menú de riesgos para EU, Israel y sus aliados —bases, rutas, infraestructura e, incluso, ataques fuera del teatro. Pero conviene comprender su alcance real que no alcanza a todo el Islam, sino sobre todo quienes reconocen esa autoridad religiosa.

Con el conflicto en marcha, la dimensión económica absorbió los efectos de la guerra. El petróleo acumuló un alza de doble dígito, mientras que las primas de seguro marítimo para cruzar el Estrecho de Ormuz se han encarecido hasta 50 por ciento en cuestión de días. La arquitectura financiera del sistema internacional ha internalizado el riesgo bélico en los costos estructurales del comercio global.

Señales vs. ruido. Mientras tanto, las redes se llenan de noticias falsas y rumores que conviene aclarar y olvidar. Entre otros ejemplos, no murieron 50 niñas en un kinder en Teherán después de un bombardeo. Tampoco huyó de Tel Aviv el Primer Ministro Benjamin Netanyahu. Y el ministro de Defensa israelí, Israel Katz, sigue al mando. La propaganda y las noticias falsas son armas de guerra potenciadas por las redes.

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