BAJO SOSPECHA

La nueva guerra

Bibiana Belsasso. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.<br>
Bibiana Belsasso. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: La Razón de México

La mañana del pasado sábado amanecimos con la noticia de que se había llevado a cabo un ataque conjunto de Estados Unidos e Israel contra Irán. No fue un operativo más, ni un intercambio aislado de misiles como los que hemos visto en años recientes. Fue un ataque histórico, de esos que marcan un antes y un después en la geopolítica mundial.

En una operación masiva llamada “Operación Furia Épica”, se incluyeron bombardeos y misiles sobre instalaciones militares, comandos estratégicos y posiciones del liderazgo iraní en Teherán y otras ciudades del país. La ofensiva fue coordinada, quirúrgica y con un objetivo claro: desmantelar las capacidades militares del régimen iraní y golpear el corazón del poder político.

Las primeras explosiones se sintieron aproximadamente a las 9:45 hora de Irán, cuando fuerzas israelíes y estadounidenses lanzaron ataques sincronizados con armas de precisión y misiles, buscando destruir centros de mando, sistemas de defensa y posiciones estratégicas de la Guardia Revolucionaria.

En medio de esos ataques fue impactado el complejo donde vivía y trabajaba el líder supremo iraní, el ayatola Alí Jamenei, de 86 años. Horas después, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, confirmó públicamente que Jamenei había muerto en esos bombardeos coordinados con Israel. La confirmación oficial por parte de medios estatales iraníes se produjo poco después, generando un enorme impacto político y simbólico dentro de Irán y en todo Medio Oriente.

Estamos hablando de la caída del hombre que gobernó Irán desde 1989, la figura más poderosa del régimen islámico, el jefe real de las Fuerzas Armadas, de la Guardia Revolucionaria, del Poder Judicial y de la política exterior. La muerte de Jamenei no es un hecho menor. Es un evento histórico que cambia el equilibrio de poder en la región.

ORDEN MUNDIAL

Columna de humo tras una explosión en Teherán, Irán, el pasado 28 de febrero.
Columna de humo tras una explosión en Teherán, Irán, el pasado 28 de febrero. ı Foto: AP

La reacción de Irán fue inmediata y contundente. A pocas horas de los ataques, contraatacaron. Las fuerzas armadas iraníes lanzaron misiles balísticos y drones contra varios objetivos de Estados Unidos e Israel en el Medio Oriente, incluyendo bases militares estadounidenses en países del Golfo como Bahrein, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos y Qatar, además de posiciones israelíes.

Irán disparó contra la base aérea de Al-Udeid en Qatar; contra la base aérea de Ali Al-Salem en Kuwait; contra la base aérea de Al-Dhafra en Emiratos Árabes Unidos y contra el cuartel general de la V Flota estadounidense en Bahrein.

De acuerdo con datos oficiales, más de 137 misiles y 209 drones han caído en Emiratos Árabes Unidos; en Qatar se habla de 66 misiles y en Bahrein 45 misiles y nueve drones, todos como parte de la ofensiva iraní.

El Ministerio de Defensa de Emiratos Árabes Unidos informó que restos de algunos misiles cayeron en un vecindario residencial de Abu Dhabi, lo que dejó una persona muerta y daños materiales, aunque señalaron que lograron interceptar varios proyectiles lanzados desde Irán.Además de la respuesta militar, el Gobierno iraní prometió represalias continuas y denunció los ataques como una violación del derecho internacional.

Las autoridades ordenaron evacuar ciudades, cerraron escuelas y universidades, y se vivió un ambiente de pánico y evacuaciones masivas entre la población civil, que buscó refugio mientras las alertas aéreas continuaban.

En poco menos de una hora de haber comenzado los ataques, el presidente Donald Trump envió un mensaje desde su residencia en Mar-a-Lago, Florida, donde confirmó que Estados Unidos respaldaba y era parte del ataque encabezado por el ejército de Israel.

Dijo: “Nuestro objetivo es defender al pueblo estadounidense, eliminando las amenazas inminentes del régimen iraní, un grupo despiadado de gente muy dura y terrible. Sus actividades amenazantes ponen en peligro directo a Estados Unidos, a nuestras tropas, a nuestras bases en el extranjero y a nuestros aliados en todo el mundo”.

Planteó que Irán ha sido una amenaza inminente para Estados Unidos desde la Revolución Islámica de 1979, que está cerca de desarrollar misiles balísticos intercontinentales capaces de alcanzar territorio estadounidense, pese a que esa afirmación no ha sido respaldada por evaluaciones públicas de inteligencia estadounidense. También sostuvo que Irán estaba al borde de desarrollar un arma nuclear, aunque en junio de 2025 aseguró que esas capacidades habían sido “aniquiladas”.

Trump incluso se dirigió a los ciudadanos iraníes y les aseguró que la libertad estaba cerca.

Enseguida, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, emitió un mensaje en el que reiteró que Irán representaba un peligro existencial y que, por ello, había tomado la decisión de emprender la ofensiva. Señaló que el ataque podría “crear las condiciones para que el valiente pueblo iraní tome su destino en sus propias manos”. Luego de 12 horas de ataques mutuos, con un preliminar de un centenar de decesos tanto en Irán como en otras zonas de Medio Oriente, se confirmó oficialmente la muerte del ayatola Alí Jamenei.

Jamenei fue líder supremo desde 1989 y durante décadas consolidó un sistema autoritario. Reprimió protestas internas mediante la Guardia Revolucionaria y fuerzas de seguridad que detenían, golpeaban y encarcelaban a opositores, activistas y periodistas. Autorizó juicios severos y ejecuciones. Limitó libertades civiles y respaldó a grupos armados en la región.

Jamenei también apoyó a milicias aliadas como Hezbolá, organización chiita libanesa creada en los años ochenta, respaldada y financiada por Irán, considerada grupo terrorista por varios países, con un importante arsenal de misiles y confrontación directa con Israel.

Tras la muerte de Jamenei, Trump escribió en su red social Truth Social: “Jamenei, una de las personas más malvadas de la Historia, ha muerto”.

Mientras tanto, Irán declaró 40 días de luto nacional. En una reunión de emergencia del Consejo de Seguridad de la ONU, acusó a Washington y Tel Aviv de violar el derecho internacional y cometer crímenes de guerra por la muerte de cientos de civiles, incluidos más de 100 niños en la escuela de Minab, al sur de Irán. Rusia y China condenaron los ataques.

El secretario general de la ONU, António Guterres, advirtió que la acción militar corría el riesgo de desencadenar consecuencias incontrolables en la región. La enemistad entre Irán y Estados Unidos no es nueva. Se remonta a 1953, cuando la CIA participó en el golpe contra el primer ministro Mossadegh. Se profundizó en 1979 con la Revolución Islámica y la crisis de los rehenes en la embajada estadounidense. Se agudizó con el acuerdo nuclear iniciado en 2015 y la posterior ruptura bajo el primer mandato de Trump.

Internamente, Irán vivía una crisis creciente. Protestas masivas desde enero exigían la salida del régimen, impulsadas por la crisis económica y por el hartazgo frente a la policía de la moral que impone el uso obligatorio del hiyab a las mujeres.

Este ataque no es un episodio aislado. Es un punto de quiebre histórico. Es la primera vez que un líder supremo iraní muere en una ofensiva extranjera directa. Es un golpe que cambia el mapa de poder en Medio Oriente.

Sin duda, esto no es el final, es apenas el comienzo de una ofensiva que puede redefinir la región, alterar los mercados energéticos, reconfigurar alianzas globales y abrir una nueva etapa de confrontación directa entre potencias.

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