CONTRAQUERENCIA

Impasse electoral

Eduardo Nateras<br>*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.<br>
Eduardo Nateras*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: larazondemexico

El gran tema en la agenda política nacional en lo que va del año es la reforma electoral, el último gran pendiente del espíritu reformador del anterior presidente e inmediatamente heredado como prioridad por la actual Presidenta, convertida en la ejecutora.

Sin embargo, las semanas transcurrieron y lo que, en un inicio, parecía un simple retraso en la agenda legislativa, poco a poco dejó entrever que, en realidad, la reforma no contaba con el apoyo necesario, ya no digamos de la ciudadanía, especialistas y la oposición, sino al interior de la coalición gobernante misma.

Es así que, en los diversos foros de especialistas en materia electoral celebrados hasta antes de ayer, se las vieron negras para poder realizar un análisis lo más riguroso posible, sin contar con otro insumo de trabajo más que una presentación de ocho diapositivas expuesta en una mañanera. Y, aunque desde el oficialismo se hiciera mofa de estos foros por, aparentemente, hacer conjeturas sobre las rodillas, la realidad es que fue la única alternativa ante un vicio de origen, provocado por el hermetismo del Gobierno por no exponer al escrutinio público de manera oportuna una discusión de tanta envergadura.

Lo que con el pasar de los días quedó de manifiesto, es que la Presidenta y Morena echaron las campanas al vuelo demasiado pronto, sin contemplar que —aunque no lo aparenten­­—, sus partidos aliados están lejos de jugar un papel meramente testimonial, particularmente dentro de la discusión de este tema. Y aunque en su momento, probablemente, únicamente los hayan visto como el vehículo ideal para lograr una injustificada sobrerrepresentación legislativa en el Congreso, en las últimas semanas han dado prueba contundente sobre el verdadero poder que ostentan dentro de la coalición gobernante, le guste o no a la fracción mayoritaria guinda.

Las y los morenistas —tanto del Poder Ejecutivo como Legislativo— ya se habían olvidado de que el diálogo, la negociación y, sobre todo, el consenso, son elementos fundamentales de cualquier gobierno en democracia. Se malacostumbraron a que bastaba con echar a andar la aplanadora coalicionista para aprobar cuanto les viniera en gana, literalmente, sin cambiarle ni una sola coma a las iniciativas y sin la menor necesidad de voltear a ver a la oposición.

Lo que no calcularon es que sus aliados —ya sin la figura del otrora “mesías”— no iban a estar dispuestos a firmar su propia sentencia de muerte sin obtener nada a cambio. Pero que no nos engañen estos partidos satélites con el falso discurso de ser los últimos paladines salvadores de la democracia que ahora pregonan. Si la reforma electoral como la tenían contemplada no va, es porque simple y llanamente implica que perderán los beneficios de los que, por años, han gozado o, incluso, que podrían desaparecer como instituciones políticas.

Luego de una larguísima espera, finalmente la iniciativa de reforma se turnó ayer a la Cámara de Diputados para su discusión. Las bancadas del Verde y del PT ya han anunciado que no la acompañarán. Y, aunque aparentemente la iniciativa nazca muerta, aún queda mucho por definirse en este crucial tema para nuestra cada vez más frágil democracia. Al tiempo.

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