Nos la hemos pasado dándole más importancia a lo que pasa con la delincuencia organizada que a los ciudadanos que se ven afectados por ella.
Con la muerte de El Mencho se vino a confirmar que las autoridades se esmeran al máximo en informar sobre el destino de los narcotraficantes, por encima de lo que pasa con mucha gente que termina involucrada por los hechos de violencia producto del abatimiento del líder del CJNG.
El funeral y entierro de Nemesio Oseguera confirmaron que la autoridad está más atenta a lo que pasa en torno a personajes de esta índole, que lo que vivieron los habitantes de Guadalajara y de muchos otros municipios durante varios días y, sobre todo, en el multicitado domingo.

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Muy poca atención han tenido los ciudadanos que vivieron el domingo de horror. No solamente quienes a lo largo de todo el día tuvieron que encerrarse en sus casas, sino a quienes los despojaron de sus automóviles y camiones para quemarlos, o aquellos que se vieron afectados en sus lugares de trabajo.
Nada se ha dicho de la empleada del Oxxo que salió corriendo de la tienda en medio del fuego. Fueron dramáticas las escenas de cómo le gritaban que se tirara al piso para poder apagar el fuego en su ropa.
No hubo un solo comentario sobre ello. Pareciera que lo único que importaba era la muerte del delincuente, al que cuidaron hasta en su funeral, y no de todo lo que provocó no solamente ese día con su muerte sino a lo largo de décadas.
No es la primera vez que esto sucede. Otro ejemplo reciente es que a lo largo de más de año y medio de enfrentamientos entre Chapitos y Mayitos, ha resultado más importante hablar de lo que pasa entre ellos que lo que le afecta en la vida cotidiana a miles, a veces hasta millones, de habitantes.
De alguna manera lo que se acaba haciendo es normalizar la violencia. Pensar que como la gente vive cotidianamente estos procesos se termina acostumbrando, o algo parecido, pareciera que la autoridad lo pasó por alto.
No solamente hablamos de lo reciente. Es una constante a lo largo de muchos años, en donde lo que buscan los gobiernos es mostrarle a la sociedad todo lo que hacen para detener a líderes del narcotráfico, pasando a segundo plano todo lo que han provocado a lo largo de muchos años entre los ciudadanos. Pareciera que los ciudadanos terminan por importar menos que los propios narcotraficantes.
No se repara en que la gente no solamente puede vivir la pérdida de familiares y amigos, se pierden equilibrios de la vida y en muchas ocasiones también bienes materiales que pueden ser el sustento de la vida de las familias.
Existe también un factor de desamparo. La gente se queda aislada y no se siente protegida por el Estado. Más bien, prevalece el temor, pero sobre todo, un sentido de orfandad porque en el entorno en que vive la gente puede quedarse absolutamente sin nada, y ante esto, lo único que crece es el enojo, la inconformidad, la impotencia, la impunidad y un profundo dolor.
Terminan por dejar a los habitantes solos, quienes saben que son ellos quienes tienen que resolver sus “problemas”, nadie les va a ayudar.
Esta insensibilidad tuvo un momento lamentable en el pasado sexenio. Para López Obrador todo lo que tenía que ver con colectivos, ONG y madres buscadoras era algo menor. No recibió a ningún colectivo, pero sí recibió a las madres de la Plaza de Mayo, quienes, paradójicamente, hablaron de la importancia de que haya comunicación entre el Gobierno y los colectivos.
En muchas partes del país los ciudadanos están abrumados. Por donde se muevan corren riesgos, sobre todo en comunidades dominadas por el narcotráfico. Apoyar al ciudadano y hacerlo sentir seguro en todos los sentidos, es la razón de la gobernabilidad y el deber del Estado.
RESQUICIOS.
Con Trump sobre advertencia no hay engaño. En medio de la guerra contra Irán, del ataque a Venezuela, de las amenazas a Europa, ayer recordó que está listo para atacar al narcotráfico y que Cuba es su siguiente parada.

