VOCES DE LEVANTE Y OCCIDENTE

La vida en los refugios

Gabriel Morales Sod<br>*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.<br>
Gabriel Morales Sod*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: larazondemexico

La guerra en Israel comenzó hace cuatro días a las ocho de la mañana. Como ya es costumbre en una nación que ha vivido una que otra guerra, todo empezó con una alarma que sonó en todo el país, no para advertir de un inminente misil, sino para despertar a la población anunciando el inicio de los enfrentamientos: días negros por venir.

El mundo vive la guerra con Irán a través de las pantallas. Imágenes insólitas de uno de los ataques aéreos más grandes de la historia y escenas aún más inverosímiles de misiles y drones iraníes explotando por todas partes en el Medio Oriente: Arabia Saudita, los Emiratos, Catar, Omán, Jordania, Bahréin e incluso Azerbaiyán. Un ataque feroz en contra del régimen de los ayatolás y una respuesta enloquecida de Irán, lanzando todo lo que tiene a la mano para tratar de sumergir a la región en el caos total y forzar a Estados Unidos a detenerse.

Nosotros, sin embargo, vivimos la guerra en los refugios. Nuestra casa está en Yaffo, en la parte sur de Tel Aviv, un área mixta de la ciudad, uno de los pocos lugares en Israel donde árabes y judíos no solamente viven unos al lado de los otros, sino verdaderamente en comunidad. Ahora, más que nunca, estos árabes y judíos comparten el mismo destino, el mismo temor e incertidumbre, corriendo a todas horas del día para refugiarse de los misiles iraníes. Tel Aviv, ciudad de innovación y libertades, y motor económico del país, es el blanco principal de Teherán, y nuestra colonia no es la excepción. Sin embargo, a diferencia de otras zonas más ricas o más nuevas de la ciudad, pocos edificios tienen cuartos seguros o refugios antibombas. Así que los vecinos salen de sus casas y se dirigen a los refugios más cercanos.

A cien metros de nuestro departamento, al lado de un estudio de yoga, está nuestro refugio predilecto, en el sótano de un edificio privado. En la entrada, un letrero anuncia en hebreo y en árabe: aquí todos están bienvenidos.

La experiencia adentro del refugio es, de cierta manera, íntima. Cuando suenan los teléfonos avisando de una inminente alarma, tenemos entre cinco y 10 minutos para prepararnos, salir de la casa y comenzar a caminar. Cuando suenan las sirenas, tenemos un par de minutos para entrar en el refugio. Y después, a esperar. Diez, quince, veinte minutos. Veinte o treinta personas en un cuarto de 15 metros cuadrados.

Después de una o dos veces en el refugio, las caras ya son conocidas. Después de 15, familiares, cercanas. A fin de cuentas son vecinos con los que estás compartiendo una experiencia única. Cada uno tiene ya su espacio predilecto en el cuarto y cada uno tiene una historia que evoluciona conforme pasan los días. Los papás, agotados, con un recién nacido; una pareja de chicas jóvenes que traen consigo a sus gatos metidos en cajas; un diseñador de modas con piyamas estrafalarias; hermanos gemelos que, aun después de horas con ellos en el refugio, todavía no puedo distinguir.

Después de una o dos veces, se van perdiendo las formas. Y es que cuando tienes que despertarte a las dos de la mañana y luego a las tres y luego a las cuatro para llegar al refugio, poco piensas en qué piyama vestirás para el espectáculo público. Es una intimidad rara, donde las circunstancias te fuerzan a estar expuesto a la vulnerabilidad de otros y a mostrar la tuya. En esta intimidad no hay árabes ni judíos, sólo vecinos que, en comunidad, cuentan los días para que acabe esta guerra.

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