LA VIDA DE LAS EMOCIONES

Un himno a la vida: Gisèle Pelicot

Valeria Villa<br>*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.<br>
Valeria Villa*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: larazondemexico

“En algún momento, renaces de las cenizas, pero no es posible borrar el pasado, es parte de nosotros”, declara Gisèle Guillou (Pelicot) en las muchas entrevistas que ha concedido, con motivo de la reciente publicación de su libro autobiográfico Un himno a la vida (Lumen, 2026), escrito junto a la periodista Judith Perrignon.

El libro es una saga familiar, en palabras de Gisèle, que cuenta la historia de su vida: su dura infancia por la muerte prematura de su madre, el encuentro con Dominique Pelicot cuando tenia 19 años, su matrimonio, su maternidad, su trabajo y el desmoronamiento de lo que ella creyó durante décadas que era su lugar de seguridad. El horror que vivió es inimaginable para ella misma. La incredulidad fue su primera reacción al descubrirse la verdad: su marido la drogó durante 10 años para que otros hombres, que contactó en un chat room de la red Coco, llamado “Sin que ella sepa”, (Without her knowledge) vinieran a violarla. Coco cerró en 2024 y se le ha asociado con más de 23 mil crímenes en Francia: tráfico de drogas, violencia sexual, ataques homofóbicos, pedofilia, prostitución de menores y asesinato.

Son más de 50 hombres, acusados junto con su marido, de violencia sexual. El rango de edades iba de los 26 a los 74 años, algunos fueron descritos por sus abogados como víctimas de abuso, otros como adictos. Algunos venían de familias estándar, otros crecieron en las calles, pero no había un patrón identificable y sí una gran variedad de clases sociales, razas y nivel de educación. Muchos de estos hombres eran guardianes profesionales de la vida pública: enfermeros, bomberos, periodistas, soldados. Dos tercios eran padres y la mayoría vivía a no más de 50 km de la casa de Gisèle. Todos declaran que no tenían la intención de violarla, para intentar evadir el castigo. Ella los ha llamado cobardes.

“La vergüenza tiene que cambiar de bando” ha sido la frase más poderosa que ha dicho Gisèle y que le ha ganado la solidaridad de miles de mujeres en el mundo, que se han sentido reivindicadas por su valentía. Ella decidió que el juicio ocurriría a puertas abiertas para desenmascarar a sus violadores, empezando por su exesposo (quedaron divorciados el día que comenzó el juicio). “Justicia para Gisèle, justicia para todas las mujeres” fue el grito que la acompañó durante el duro proceso judicial y que le dio la fortaleza para sentirse invencible y para no renunciar a su derecho de no quedar definida por los actos aberrantes que Dominique Pelicot orquestó. Se ha dado el permiso de ser feliz, dice.

Gracias a su entereza, la definición legal de violación ha cambiado en Francia, estableciéndose como cualquier acto sexual no consentido.

Gisèle Pelicot ha expresado su acuerdo con el psiquiatra que evaluó a Dominique, diagnosticándolo con una personalidad dividida, escindida, como si fueran dos hombres: “Estaba el lado A y el lado B, yo nunca vi el B hasta que supe la verdad”.

Un himno a la vida ofrece un relato escalofriante y también un testimonio sobre la dignidad. Una historia que podría entenderse sólo desde el horror, se convierte en una sobre la capacidad humana de reconstrucción emocional. Gisèle no escribe desde los deseos de venganza ni desde la victimización, sino desde la conciencia. “No soy lo que me hicieron”, afirma y al hacerlo, desmonta uno de los efectos más devastadores del trauma que es la identificación con el daño. Cuando alguien ha sido violentada de manera sistemática, la mente puede sufrir una confusión y llenarse de culpa, al pensar que debería haberlo sabido, debería haberlo evitado. Pero tal y como Gisèle lo expone, el crimen habla del agresor, no de la víctima. La vergüenza debe cambiar de bando, para que deje de anidar en el cuerpo herido y regresar a quien ejerció la violencia.

No se considera heroína ni ícono, sino sobreviviente, porque sabe que de haber continuado el abuso, tal vez estaría muerta. No habla de olvidar ni de perdonar ni de minimizar o negar el daño, sino de luchar para que la violencia no triunfe ni destruya a todas las generaciones de su familia.

Gisèle Guillou es un ejemplo de que después de la devastación, es posible rehacerse, elegir hablar, no esconderse y tal vez, después, volver a confiar en la vida.

“He decidido vivir, no sólo sobrevivir”.

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